Hoy, día de huelga general

Ya que hoy se ha convocado huelga general y ‘se ha parado el país’, bien podríamos pararnos a pensar.  A estas alturas, supongo que nadie duda de que España no vive precisamente uno de sus mejores momentos. Pero, ¿dónde radica el problema? ¿Por qué estamos pasándolo peor que otros países europeos? ¿Se trata de una crisis económica, política o social? ¿Es que acaso los españoles somos más estúpidos que los alemanes o los franceses? Si somos un poco observadores, podremos comprobar que no es la primera vez que España atraviesa una situación difícil. De hecho, el malestar social ha sido algo bastante común a lo largo de nuestra historia.

Con esta entrada (y es algo que me gustaría dejar claro) no pretendo llegar, la verdad, a muchas conclusiones. Mi intención es más bien abrir interrogantes. Con este objetivo voy a emplear un libro que me ha resultado útil por las muchas preguntas que me han surgido a raíz de su lectura, independientemente de si estoy o no más o menos de acuerdo con algunos de los planteamientos. Se trata de la España invertebrada de José Ortega y Gasset.

En este “ensayo de ensayo” (su autor lo consideraba un mero esbozo) José Ortega y Gasset va a desarrollar una serie de ideas que atienden a la concepción de España como problema.

En este libro, cuya continuación es La rebelión de las masas que se publicará con posterioridad, Ortega no propone una serie de pautas a seguir (puesto que no se trata de eso, sino de saber dónde se halla verdaderamente el problema de nuestra nación). Sin embargo, sí lleva a cabo un análisis riguroso del panorama español. Para abordar este asunto deja muy claro que lo acomete desde la historia, no desde la política, porque es donde se encuentra la ‘perversión espiritual’ de España. 

A continuación, voy a resaltar los puntos que me han parecido más interesantes. Para que resulte menos tedioso, intentaré ser breve. Sin embargo, pueden descargar mi resumen completo de España invertebrada (16 páginas) aquí > Resumen España invertebrada.

Es ya trabajo del lector reflexionar al respecto.

Para qué se crea y cómo se desintegra una nación. El caso de España

Una nación se forma mediante la incorporación histórica de muchas unidades sociales preexistentes en una nueva estructura. Tan esencial es para su mantenimiento la fuerza central como la fuerza de dispersión.

La potencia que verdaderamente “impulsa y nutre” el proceso de unificación es un proyecto, un dogma nacional, una visión de futuro que convenza a los distintos núcleos de dicha sociedad para trabajar todos juntos en pos de la consecución de un objetivo, de una meta vital. Las personas no viven juntas porque sí. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. “No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana.

La unión de España se hizo para extenderse, para lanzar su energía, para crear un Imperio. Mientras había objetivos que lograr, cosas por hacer, España tenía un sentido de ser y existir. No obstante, ha desaparecido el proyecto de nación que España tenía. “No se emprende nada nuevo (…) Toda la actividad que resta se emplea (…) en conservar el pasado”.

Lo único verdadera, sustantivamente, grande que ha hecho España ha sido la colonización española (que no la conquista) de América. Mientras que este proceso fue llevado a cabo por líderes en Inglaterra, en España fue una obra popular.

Según Ortega y Gasset,  “la historia de la decadencia de una nación es la historia de una vasta desintegración”.

El Poder público

La Monarquía y la Iglesia se empeñaron en convertir sus propios destinos en los destinos de la nación. Solo se preocuparon por mantenerse en el Poder y dejaron de emprender y de promover un proyecto de nación, pensando solo en sí mismos. El Poder público se dedica a destrozar la convivencia española, utilizando su poder casi exclusivamente para fines privados. “Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir”.

Síntomas de la desintegración de la nación española

Lo que sucede en España es que tenemos que aprender a “vivir como parte de un todo y no como todos aparte”. Así, los principales puntos de conflicto que señala Ortega son, por un lado, los nacionalismos y por otro, y mucho más importante que este primero, el imperio de las masas. La causa más importante de la desintegración de la nación es precisamente el carácter del pueblo español.

 

El nacionalismo

Considera los nacionalismos relevantes solo porque son una forma de particularismo, pero deshecha como superficiales los discursos políticos de los nacionalistas. Su único valor es simbólico, como expresión convencional y casi siempre incongruente de profundas emociones “inefables y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva”.

El imperio de las masas

Las clases sociales españolas son cerradas e intolerantes las unas con las otras. La ilusión intelectual de creer que las demás clases no existen como plenas realidades sociales o, cuando menos, que no merecen existir, es lo que ha llevado el país a esta situación de la que parece imposible salir.

Hemos llegado a un estado de insolidaridad tal que todos los grupos sociales consideran que las demás clases sociales no tienen derecho a existir por ser parasitarias, esto es, antisociales. Por ejemplo, dice Ortega que los obreros, son (se creen), no una parte de la sociedad, sino el verdadero todo social, el único que tiene derecho a una legítima existencia política. Así, dueños de la realidad pública, nadie puede ni debe impedirles que se apoderen directamente de lo que es suyo: el Poder público. Esto es a lo que se refiere el filósofo con la “acción directa”, mientras que la “acción indirecta” (o parlamentarismo) equivale a pactar con los usurpadores, es decir, con quienes no tienen legítima existencia social.

 

“No queremos luchar: queremos simplemente vencer”.

 

Las clases sociales tampoco quieren luchar, porque consideran que no tienen que hacerlo ya que ellos son el todo y no una parte de la nación. Les basta con proclamar (“con pronunciar”) la opinión de que se trata. En su creencia está que después, en todo el que no sea miserable o perverso, repercutirá la incontrastable verdad. Del mismo modo que los obreros, aquellos generales y coroneles creían que con dar ellos “el grito en un cuartel toda la anchura de España iba a resonar en ecos coincidentes”. Tampoco ellos iban, pues, a luchar, sino a tomar posesión del Poder público.

 

La rebelión de las masas

En España vivimos hoy entregados al imperio de las masas. El verdadero problema es la indocilidad y prepotencia de las masas. Esto se une a la ausencia de un proyecto de Estado y de los aristócratas (“los mejores”) dispuestos a llevar un plan a cabo, así como la incapacidad de las masas para seguirlos.

Según el autor de España invertebrada, debemos partir de un hecho fundamental para comprender el funcionamiento de una sociedad. Este hecho primario social es la organización en dirigidos y directores de un montón humano.

Para el pueblo español, la sospecha de que alguien pretenda entender de algo un poco más que él, le pone fuera de sí. Eso incluye a políticos, artistas o militares. Dice Ortega que este es un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior. En lugar de elevar al bueno, al “mejor”, hay una especie de ensalzamiento del ruin, del bajo, del peor.

Otro de los problemas del pueblo español es que tergiversa estos conceptos de masa y minoría selecta, entendiendo por aquella el conjunto de las clases económicamente inferiores, la plebe, y por esta las clases más elevadas socialmente. Por supuesto, el criterio para distinguir qué individuos deben ejercer esas diferentes funciones no debe estar basado en la sangre, sino en las capacidades que muestren los individuos.

Debería ser el líder quien dirigiera, pero en España es el líder el que debe dejarse dirigir, y esto sucede en todas las facetas de la vida cotidiana española. El odio a los mejores, la escasez de estos es la razón verdadera del gran fiasco hispánico.

España se arrastra invertebrada, no ya en su política, sino, lo que es más hondo y significativo que la política, en la convivencia social misma.

Ortega y Gasset finaliza diciendo que el cambio solo es posible si se reforma, no ya la política, sino algo más profundo, que atiende al propio carácter de la raza hispánica. Esta mejora debe realizarse a través de la voluntad y del imperativo de selección de una élite.

“Fahrenheit 451”: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde.

Ray Bradbury falleció el 5 de junio a los 91 años. En Fahrenheit 451, Bradbury decía que todo hombre debe dejar algo en el mundo: un hijo, un libro, un cuadro… Algo que poseyera un toque personal y único, un sitio al que el alma pudiera regresar después de la muerte. Por eso pienso que la mejor forma de recordar a un escritor como él es hablando de uno de sus libros. En este caso, su novela Fahrenheit 451.

Fahrenheit 451 es la historia de un hombre que vive cercado por su propia ignorancia, la historia de un inconformismo que termina convirtiéndose en rebeldía.

Montag, el protagonista, es bombero. Según la guía, los bomberos se establecieron en 1790 para quemar los libros de influencia inglesa de las colonias. El primer bombero fue Benjamin Franklin. Ya nadie recuerda que en otro tiempo apagaban incendios. Ahora, el cuerpo de bomberos se dedica a quemar las casas en las que encuentran libros. Los hombres que pasean, que charlan, que se detienen, son sospechosos. Un ciudadano normal conduce a 160 kilómetros por hora, trabaja, pasa su tiempo viendo la televisión, canturrea el nuevo anuncio de Dentífrico Denham. Eso es lo que los hace felices. Ser feliz es lo más importante. Pensar es malo. La gente no necesita estar preocupada. En palabras del Capitán Beatty, los bomberos son los Guardianes de la Felicidad.

Sin duda lo más interesante de Fahrenheit es el planteamiento del autor, sus reflexiones acerca de una sociedad futura muy similar a la nuestra. La prosa está cuidada y el ritmo de la novela es bastante ágil. Algunos puntos flacos podrían ser que varios monólogos de los personajes no son del todo pertinentes, ya que se utilizan a modo de explicación, y que el final resulta un tanto apresurado. No obstante,  lo verdaderamente relevante es la crítica o, más bien, la advertencia que se nos hace acerca del futuro.

En la distopía de Ray Bradbury la sociedad está dominada por la apatía. Nadie quiere saber nada. La mayoría ha renunciado voluntariamente a la Filosofía, la Política, la Literatura. Buscan consuelo en el zumbido constante de las pantallas, en el discurso sin sentido de los presentadores de televisión. Los bombarderos que surcan el cielo no le importan a nadie. Nadie se hace preguntas. Los ciudadanos han elegido el camino más fácil. Sus vidas son cómodas. Sin embargo, no son felices. Los intentos de suicidio son tan comunes que los atienden meros operarios. Los jóvenes buscan diversión en el asesinato. Se trata de una sociedad enferma de banalidad y conformismo.

Fahrenheit nos habla del peligro del triunfo de la mediocridad y la uniformidad. “Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Entonces, todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables”. La mayoría es una animal estúpido y bestial. “¡La terrible tiranía de la mayoría!”. Los pocos hombres sabios son descritos en el libro como una “extravagante minoría que clama en el desierto”. La ciudad representa esa realidad inventada en la que se vive, ese sueño de colores del que solo algunos, como Montag, consiguen despertar.

La tecnología es criticada solo por constituir el medio que permite mantener a los ciudadanos atrapados en esa telaraña de absurdos y trivialidades. El ocio de hombres y mujeres se ha plagado de películas vacías y vulgares, de espectáculos y retransmisiones deportivas. La vida hay que vivirla deprisa, moverse continuamente, de manera que nadie tenga tiempo para pensar. No hay tampoco lugar para el dolor. La muerte no se ve. No se llora por nadie. La única ‘familia’ es la familia que te habla directamente desde la pantalla, mientras permaneces sentado en tu “sala de estar”.

Lo más grave es que a este juego de ilusiones se han prestado todos de buena gana. Beatty, el Capitán de los Bomberos, dice que no hubo ninguna imposición ni censura por parte del Gobierno. A los ciudadanos simplemente hay que “darles la sensación de que piensan”. En el libro, una mujer se jacta de haber votado a un candidato a la presidencia, porque era guapo, mientras que el otro era feo y parecía desarreglado.

El fuego y su simbología van a jugar un papel importante a lo largo de la novela. Se utiliza para destruir, pero también para purificar (“Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio”). El fuego incinera todo lo desagradable: los libros, los cadáveres. Pero también calienta y permite nuevos inicios. Además del número 451, en los uniformes de los bomberos luce la imagen de un fénix, ave mitológica a la que uno de los personajes se refiere de la siguiente manera: “Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer”.

La pregunta fundamental es ¿por qué son los libros odiados? ¿Por qué son una amenaza? ¿Qué hay en ellos que los hace temibles? Los libros intentan unir los distintos aspectos del universo para formar un conjunto con sentido. Nos muestran “los poros de la vida”, sus detalles y claroscuros. Un televisor es ‘real’, inmediato, nos dice lo que debemos pensar sin darnos tiempo a responder. El libro podemos cerrarlo, decirle que espere, replicarle. “Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos”.

La sociedad de Fahrenheit es una sociedad sin cultura, sin historia, sin recuerdos. Una sociedad anestesiada y amnésica. Por eso, cuando la guerra termine con su adormecimiento, serán los hombres-libro los encargados de recordarles quiénes son.

Esta magnífica novela de Ray Bradbury nos impele a descorrer el velo del conformismo, a pensar, a separarnos de la mayoría, a evitar los espejismos de los mass media y a dudar y a hacernos preguntas constantemente. Como reza la cita de Juan Ramón Jiménez inserta al principio del libro: “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”.

De esta manera, si algún día hay una guerra civil y los gobiernos nos atontan con programas de televisión y los libros arden a 451 grados Fahrenheit, estaré preparada. Me transformaré en una mujer libro y siempre llevaré conmigo un pedazo de la novela de Ray Bradbury, por si algún día alguien, en algún lugar, la necesita.

También pueden leer esta reseña en la revista Hello Friki: http://hellofriki.com/literatura/libros/fahrenheit-451/resenya