Serpiente dorada

Entre el estrépito de los mechones rubios

encontré una serpiente dorada.

Lucía unos pendientes jázaros

y conocía las palabras hundidas de los atlantes.

En los atardeceres viejos

inventaba números

y decía que las frutas

le sabían a planeta.

Me regaló la semilla elástica

de su ojo izquierdo

antes de perderse nuevamente

en el bullicio soleado de la cabeza.