Aquí una reseña de mi libro de poemas “Memoria que arde”, en la revista Dragaria, realizada por Montse Fillol. Pueden consultarla aquí.

Soy y vengo

Soy de gritos

y de noches inertes,

del olvido de una madre llorosa,

de la ausencia furiosa

de un padre desgraciado;

soy y vengo

de un abuelo enfermo y cariñoso,

de una casa donde la muerte

dormía en la cama;

soy

de historias de hambre y venganza,

vengo

de hombres morenos

que sesteaban y morían

bajo el sol,

de mujeres anchas

repletas de dichos y pucheros;

soy

un destello

entre dos noches eternas

y una memoria que arde

en el corazón del vacío.

No me dejes

No me dejes.

No puedo vivir

sin el roce

de tus caricias porosas.

Sin tu aleteo frágil.

Sin tu perfume

de bosque caído,

de estantería sucia,

de termita.

Qué haré.

Cuando me abandonen

tus palabras,

tu aliento de tinta.

Qué letanías

rellenarán mis noches.

No sabré

qué soñar.

Sin ti

solo me queda

un eco blanco

en el cráneo.

No me dejes.

No puedo vivir

sin el roce

de tus caricias porosas.

Sin tu aleteo frágil.

Sin tu perfume

de bosque caído,

de estantería sucia,

de termita.

Qué haré.

Cuando me abandonen

tus palabras,

tu aliento de tinta.

Qué letanías

rellenarán mis noches.

No sabré

qué soñar.

Sin ti

solo me queda

un eco blanco

en el cráneo.

No me dejes…

Decían

Decían

que podía leer

las arrugas de los pétalos,

que en secreto

se afilaba los pezones,

que tenía el corazón

apretado como una manzana.

Decían

que se frotaba las axilas

con melaza y pan de otoño,

que solo comía

fotografías y huevos,

que se cortaba el cabello

con trozos de espejo gris.

Yo,

cuando la conocí,

solo me fijé

en las flores rojas

sobre sus muñecas.

Lista de la compra

Lista de la compra:

 

Dos cartones de leche

tersa y pálida,

una lechuga espesa

que ondee al viento,

dos melones erguidos,

virginales y dulces,

un par de aceitunas

que no me abandonen,

dos tiras encendidas

de pimiento enamorado,

medio kilo de carne picada,

redonda y palpitante,

todo el pan caliente

que sea capaz de llevarme,

veinte paquetes bondadosos

de pañuelos suaves.

Serpiente dorada

Entre el estrépito de los mechones rubios

encontré una serpiente dorada.

Lucía unos pendientes jázaros

y conocía las palabras hundidas de los atlantes.

En los atardeceres viejos

inventaba números

y decía que las frutas

le sabían a planeta.

Me regaló la semilla elástica

de su ojo izquierdo

antes de perderse nuevamente

en el bullicio soleado de la cabeza.

Se ahogarán…

Se ahogarán tus hijos

en la luz viscosa

de mi luna craquelada.

Los hijos de tus hijos

tendrán la sangre blanca

y no conocerán los relojes.

Te besará los tobillos

una nube de crótalos.

Tu único cielo

será una panza de avispa

y te estallará la piel

con un estruendo de langostas.

El agua que bebas

se volverá sudor de moscas

y solo comerás

tu propia carne.

Un ardor de estrella quemará la oscuridad

durante cuarenta días

y yo perviviré

con mi hambre de cocodrilo

y mis palabras galácticas

y tú serás

un pedazo de olvido pútrido entre mis dientes.

Piel de tambor

Amor,

me pones la piel de tambor

cuando me tumbas y ronroneas

bum bum bombón bum bum.

Siento hambre de hombre y de sombra,

de tus bembas de bombón.

Bum bum bombón bum bum.

Tus manos umbrosas me cimbrean,

me camban, me comban, me abomban.

Bum bum bombón bum bum.

El borboteo de tu saliva

se me derrama en las orejas.

Bum bum bombón bum bum.

Cae bramando la tromba de tus dedos

hacia el timbre entre mis muslos.

Bum bum bombón bum bum.

Encumbro tarumba tu nombre,

se escapa el ámbar de mi cuerpo.

Bum bum bombón bum bum.