Helena

Helena,

después de hacer el amor

suave,

detenida,

minuciosamente,

después de dejarse entrar,

de dejarse apretar la carne blanda,

apoyaba,

cuidadosa,

la cabeza del amante

sobre sus pechos tibios.

Poco a poco

introducía un pezón

en la boca del hombre que,

instintivamente,

lo chupaba

y succionaba la leche

caliente y amarga

de sus senos.

Helena alimentaba así a sus amantes

hasta que se quedaba vacía.

Sabía que cuando uno de ellos regresaba

no era por nostalgia de su piel

o de sus piernas,

ni por ausencia de sus palabras dulces.

Era por la leche,

caliente y amarga,

que brotaba de sus pechos.