Bajo el sol de los muertos

Me acerqué a Bajo el sol de los muertos de Roberto A. Cabrera (ATTK editores) en un estado de casi total inocencia. No conocía al autor, aunque sí sabía que la editorial estaba radicada en Canarias. Casi libre de prejuicios, por tanto, comencé a caminar junto al profesor Elías C. en lo que al principio se me antojó un viaje parsimonioso, hasta que me asaltaron las frases concisas, las imágenes fuertes, atrevidas, las metáforas, el drama, en definitiva, de un hombre cuya esencia se resume magníficamente casi al principio de la novela:

Schopenhauer, recuerda haber leído Elías C., menciona un dibujo de Tischbein en el que aparece un hombre sin camisa frente a una chimenea. El hogar ilumina una habitación vacía. La sombra del sujeto comienza a sus pies y se alarga sobre toda la estancia. El propio Tischbein describe al hombre como un perfecto fracasado que se alegra de poder proyectar una sombra tan grande. El comentario, cáustico, despiadado, le parecía al profesor Elías C. destinado no a otro que a sí mismo.

El autor nos hace acompañar a Elías en un viaje externo e interno. El viaje externo consiste en un paseo del profesor, repleto de descripciones paisajísticas, mientras que el viaje interno nos lleva desde la infancia hasta la edad adulta del protagonista. La narración se desarrolla en varios niveles. Se utilizan diversos estilos y distintas personas narrativas. De forma fragmentaria, a saltos entre un mundo y otro, un tiempo y otro, asistiremos a la tragedia de Elías a través de sus lecturas, sus apuntes, sus memorias, las cartas escritas al amigo, Ricardo, y a un supuesto amor, unas sesiones de psicoterapia y los cuadernos de Laura Febles, la obra literaria inconclusa de Elías C. Bajo el sol de los muertos posee una hechura intrincada, compleja e inmensamente rica: un caos ordenado, semejante al propio fluir del pensamiento.

Uno de los aspectos sin duda mejor trabajados de la novela es el drama familiar que vive el pequeño Elías y cuyo epicentro lo constituye una madre querida y monstruosa, autoritaria y partidista. Se trata de una chantajista experta que somete a su voluntad al marido y al hijo y cuyas iras recaen siempre sobre la hija, objetivo predilecto de su vileza. Se da cuenta con profundidad de la relación con la hermana maltratada, a la que desprecia y a la que nunca socorre, y con un padre confidente que es a la vez víctima y verdugo, al convertirse en el consentidor del abuso. El retrato de la madre, que de pequeño lo adulaba y lo exhibía con orgullo, y contra la que intenta rebelarse al llegar a la adolescencia, es formidable.

La tacañería materna es genuina. La tacañería no es ahorro. No es administración prudente. Es el signo de una mezquindad extrema. Pero el niño que acaricia el cuero cabelludo de la madre no percibe la tacañería. Le falta la distancia necesaria. Le ciega la proximidad. Le ciegan los dedos enredados en los cabellos. El niño rasca el cuero cabelludo (porque así lo pide ahora la madre y debe obedecerla) y siente que una caspa grasienta se le acumula en las uñas. No sabe que la tacañería de la madre es el compendio de sus vicios. No sabe que esa tacañería es la expresión de un egoísmo que es un amor excluyente y absoluto. La madre sólo puede o sabe amarse a sí misma. Y fuera del amor desmedido de sí misma, todo en ella es raquítico, miserable, minúsculo, castrante. El niño no lo sabe. No es posible admitir la bajeza de una madre. No es posible para un niño reconocer lo vil e innoble en una madre. Y el niño rasca el cuero cabelludo en silencio. El niño porfía en las caricias. Sus dedos recorren una cabeza que no existe.

La novela trata numerosos temas. El sexo constituye también un elemento central. Este se descubre en la infancia y florece en la adolescencia, y es fuente de culpa, de suciedad, de placer, de rebelión, de libertad. Asimismo, la narración está plagada de reflexiones sobre el arte, la música, los artistas que lo son y los que lo pretenden, la religión, la política, la homosexualidad, el suicidio. El autor nos muestra la literatura como necesidad y dolor. Pasaremos de la arrogancia de un niño obsesionado con el Demian de Hermann Hesse, un niño que se atrevió a creerse especial, a la angustia de un adulto que se sabe roto, lleno de rencor, un adulto que se compadece y se desprecia a sí mismo. Elías se siente fracasado y quiere renunciar de una vez por todas porque nada, ni en la vida ni en la literatura, tiene sentido.

Al fin y al cabo, se dijo, si definitivamente enmudezco y clausuro mis cuadernos, tendré este jardín. Y entre indecisiones que lo iban malhumorando se aproximó a la puerta. Mientras dejaba el maletín a sus pies y buscaba la llave, admitió, como si necesitara de ese reconocimiento, que había llegado al fin. Y añadió: si es que puede decirse eso, si cabe afirmar, en propiedad, que se llega a algún sitio. El profesor hurgaba con la llave en la cerradura. Se oía decir confusamente que todo fin es la ocasión de un nuevo comienzo. Y eso, se reprochó de pronto, no es más que una tontería. Porque no ha habido ningún comienzo. Porque no se llega nunca a nada. A ningún sitio.

Bajo el sol de los muertos de Roberto A. Cabrera es una novela repleta de referencias, bien escrita, bien estructurada y que puede presumir de una profunda comprensión de la naturaleza y las relaciones humanas. Es una de esas novelas que dejan rastro.

Recomiendo su lectura (yo la compré en Amazon, además, por un precio muy razonable) sin un ápice de remordimiento.

Bajo el sol de los muertos

“La carretera”, de Cormac McCarthy

Esta novela, elucubrada por la mente del estadounidense Cormac McCarthy, fue publicada en 2006. En 2007 recibió el premio Pulitzer de literatura y en 2009 fue adaptada al cine. La dirigió John Hillcoat y la protagonizaron Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee.

La novela está ambientada en un mundo postapocalíptico. La Tierra ha sido devastada misteriosamente y solo quedan polvo y ceniza. Un padre y su hijo intentan sobrevivir en la carretera.

El propio título resulta ya revelador. “La carretera” hace referencia al camino, metáfora habitual de la vida del hombre. Por otro lado, la carretera, como la vida, implica un punto de salida y un lugar de llegada: una meta, un propósito. En el caso de este padre y su hijo, adonde se dirigen es hacia el mar. Es difícil evitar la comparación con las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique.

“Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir”.

Nuestros protagonistas inician su viaje desde la perspectiva de su vida pasada. A sus espaldas dejan un mundo que ya no existe: una tierra fértil, un cielo azul, un hogar feliz. La carretera es el discurrir de sus vidas, su constante empeño por vivir en un mundo árido y desolador. El mar es su destino final. En un mundo que se está muriendo, el mar funciona como un atisbo leve de esperanza. Es el falso motivo por el que siguen la ruta de la carretera. Y digo falso porque ninguno de los dos espera realmente que el mar sea la solución a sus desdichas.

Son muchos los libros que tratan el tema del fin del mundo. Precisamente hace un mes, el 21 de diciembre de 2012, se auguraba un nuevo cataclismo. El fin del mundo se ha vaticinado en numerosas ocasiones a lo largo de la historia y ha preocupado a todas las civilizaciones. Podemos inferir, por tanto, que se trata de un asunto verdaderamente importante para la humanidad o, en todo caso, que al menos es un buen tema para un libro.

El fin del mundo posee diversas manifestaciones, desde la ira de los dioses a una invasión alienígena. En este caso, un mal desconocido asola la tierra. Los árboles se pudren, los cultivos se vuelven infértiles, los ríos se secan y el fuego lo convierte todo en ceniza. El apocalipsis de Cormac McCarthy es frío, gris y silencioso. El planeta ha muerto y está pudriéndose, disolviéndose en cenizas.

En el mundo que nos presenta el autor la esperanza no es posible. Nada volverá a ser como era. No hay ninguna posibilidad de que la humanidad ni el planeta se recuperen. Ya no quedan plantas ni animales. Sobreviven gracias a los restos de la civilización, comiendo conservas y vistiendo harapos. Los peligros que les acechan en la carretera son numerosos. Tendrán que huir no solamente de las lluvias, el frío y los repentinos incendios y derrumbamientos de árboles, sino que también deberán esconderse de los otros supervivientes.

Siempre sale a relucir en las ambientaciones postapocalípticas la cuestión del comportamiento de las personas en una situación extrema. ¿Se unen o intentan destruirse? El padre, queriendo que resulte más fácil para su hijo, divide a los hombres en buenos y malos. Le asegura que ellos son los buenos, lo cual puede justificar en su momento tanto el daño que ellos puedan hacer a otros como el daño que otros quieran infligirles. Repitiendo sus palabras, ellos son “los que llevan el fuego”, los que mantienen viva la esencia de la humanidad. Esto no puede dejar de recordarnos al mito de Prometeo.

Por otra parte, el hecho de que los protagonistas sean un padre y su hijo resulta también significativo. Se traduce en la necesidad de continuar con el linaje. La única esperanza plausible que puede albergar el padre, la única luz al final del túnel es su hijo. Seguramente, de no ser por él el padre no habría podido continuar y se habría rendido. De ahí su necesidad de protegerlo. Intenta también preservar su inocencia a lo largo de gran parte del libro, aunque finalmente se ve obligado a hacer concesiones. En la novela, el personaje del hijo sufrirá cambios importantes. El hijo representa la inocencia y la bondad. Sin embargo, irá abandonando su antigua concepción del mundo a medida que se enfrenta a ciertas adversidades.

Una diferencia importante entre ambos es que mientras al padre solo le queda pasado, el hijo solamente dispone de futuro. El padre sufre con los recuerdos de su vida anterior: el cielo azul, las flores, la comida, su mujer. El chico casi no guarda recuerdos sobre cómo era el mundo antes. Es algo imaginado, recreado a través de las palabras de su padre pero que no significa nada. Sus recuerdos son los de un mundo que se muere. ¿Qué es más triste? ¿Saber que la felicidad no podrá repetirse o no haberla conocido nunca?

El estilo de Cormac McCarthy es crudo, lacónico y devastador. Los diálogos entre padre e hijo son cortos y angustiosos. La novela no resulta densa y mantiene un buen ritmo. Es sorprendente la rapidez con la que se lee, puesto que los personajes pasan la mayor parte del tiempo caminando por la carretera sin que nada realmente suceda. No obstante, es fácil meterse en la piel de los supervivientes. A menudo nos sorprendemos preocupándonos por encontrar una nueva rueda para el carrito o más latas en una casa.

En definitiva, La carretera es una novela dura y patética (“que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía”, como reza el Diccionario de la Real Academia). El fin del mundo, al fin y al cabo, es una reproducción a gran escala de nuestra propia muerte. La desesperación es tal que tanto el padre como el hijo se plantean el suicidio como una salida en sus momentos más bajos. No hay esperanza. ¿Para qué continuar? ¿Por qué querer seguir viviendo en un mundo que va a morir? La respuesta es en realidad sencilla: porque sí. Su voluntad es lo único que los separa de la muerte y el vacío. La vida es una decisión propia.

Quizá sea mi necesidad de autoconsuelo y de buscar un mensaje lo que me lleva a afirmar que La carretera es, en el fondo, una exaltación de la voluntad humana.

La carretera (libro)

Hablando de la metaficción en “Niebla” de Miguel de Unamuno

Niebla fue escrita en 1907 y publicada en 1914. “Novela malhumorada”, “nivola” (en palabras de su autor), constituye un claro ejemplo de la corriente de novela antirrealista que es practicada por Baroja (Camino de perfección), Azorín (La voluntad), Valle-Inclán (Sonata de otoño) y el propio Unamuno.

Niebla no es una novela del realismo tradicional, sino lo que se empieza a denominar antinovela y que, en principio rechazada por la crítica, actualmente se practica con prolijidad. Unamuno bautizó a sus novelas como “nivolas” en lo que se imaginó un afán por crear un género nuevo pero que era también un intento de sortear los juicios de los críticos.

El propio Unamuno se expresa de la siguiente manera en su artículo “Historia de Niebla”: “Esta ocurrencia de llamarle nivola (…) fue otra ingenua zorrería para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea. Es decir, que así se llame, pues aquí ser es llamarse. ¿Qué es eso de que ha pasado la época de las novelas? ¿O de los poemas épicos? Mientras vivan las novelas pasadas, vivirá y revivirá la novela. La historia es resoñarla”.

El primer elemento que resulta revelador es el propio título de la nivola. La palabra “niebla” nos sugiere irrealidad, espejismos, humo, laberinto, confusión, ingravidez. Esta novela es un juego de realidades e irrealidades. Por un lado, tenemos la realidad (e irrealidad) de Augusto Pérez, el protagonista, en su vida de personaje de ficción inconsciente o ignorante; también la del mismo Augusto cuando se percata de que es un personaje de ficción; por otro lado, la del Unamuno autor; y la de Unamuno personaje, descubierto o “asaltado” por su creación e inserto dentro de su propia obra.

En esta obra se superponen dos realidades irreales, dos reales irrealidades: la literaria y la supuestamente “real”, la del mundo del que provienen el autor y los lectores en contraste con el mundo al que pertenecen los personajes. Estas realidades se funden en una sola, dejándonos suspensos y envueltos en una negra niebla. Nosotros, como lectores, al leer este libro estamos implicándonos y transmitiéndonos a la realidad de los personajes de ficción, a la realidad de Augusto Pérez. Cuando este se da cuenta de que su existencia es una mentira, de que es irreal o “soñado”, va a ver a Unamuno, su creador, para consultarle sobre su muerte. Concluye que, como no existe, no puede morir, de manera que es inmortal. A lo largo de la historia este personaje está continuamente interrogándose sobre el sentido de la vida, en consonancia con la angustia existencial unamuniana. Finalmente, fuera de sí por el descubrimiento de su “inexistencia”, de su futilidad, se da un empacho y muere. Le escribe a Unamuno un telegrama a modo de venganza, que reza “Se salió usted con la suya. He muerto”.

En el capítulo siguiente, Augusto Pérez se le aparece a Unamuno en un sueño y acaba diciéndole lo siguiente:

“No se sueña dos veces el mismo sueño. Ese que usted vuelva a soñar y crea soy yo será otro. Y ahora, ahora que está usted dormido y soñando y que reconoce usted estarlo y que yo soy un sueño y reconozco serlo, ahora vuelvo a decirle a usted lo que tanto le excitó cuando la otra vez se lo dije: mire usted, mi querido don Miguel, no vaya  ser que sea usted el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto; no vaya a ser que no pase usted de un pretexto para que mi historia y otras historias como la mía corran por el mundo. Y luego, cuando usted se muera del todo, llevemos su alma nosotros. No, no, no se altere usted, que aunque dormido y soñando aún vive. Y ahora, ¡adiós!

Y se disipó en la niebla negra”.

Ya solo de este fragmento podemos extraer numerosas conclusiones.

Por ejemplo, que la experiencia vital o creadora es única. Decía Heráclito que ‘no te puedes bañar dos veces en el mismo río’, igual que uno no se puede leer dos veces el mismo libro ni crear dos veces al mismo personaje.

En el mismo artículo de “Historia de Niebla” Unamuno repite:

“Cuando aquel mi Augusto Pérez (…) se me presentó en sueños creyendo yo haberle finado y pensando, arrepentido, resucitarle, me preguntó si creía yo posible resucitar a Don Quijote, y al contestarle que ¡imposible!: «Pues en el mismo caso estamos todos los demás entes de ficción», me arguyó y al yo replicarle: «¿Y si te vuelvo a soñar? », él: «No se sueñas dos veces el mismo sueño. Ese que usted vuelva a soñar y crea soy yo será otro». ¿Otro? ¡Cómo me ha perseguido y me persigue ese otro! Basta ver mi tragedia El otro. Y en cuanto a la posibilidad de resucitar a Don Quijote, creo haber resucitado al de Cervantes y creo que le resucitan todos los que le contemplan y le oyen. (…) Resucitan al héroe como al Cristo los cristianos (…)”.

Vemos la lectura como una actividad de resurrección. Es un hecho irrepetible y repetible, perecedero e imperecedero, al igual que la vida de Augusto Pérez y que la vida del propio Unamuno. Esto nos pone en consonancia con la idea nietzscheana del eterno retorno (en la que se basa Milan Kundera más tarde para escribir La insoportable levedad del ser), una concepción filosófica del tiempo (postulada en forma escrita por primera vez en occidente gracias al estoicismo) y que planteaba una repetición del mundo en donde este se extinguía para volver a crearse.

La fragilidad y la inexistencia del protagonista es también inherente a su autor, Unamuno. En su aparición última Augusto cuestiona el orden de las cosas y, resentido, hace notar a su creador (en un acto de rebeldía contra la deidad), que también él es mortal y más que él, más que sus creaciones literarias, que tal vez sean los recipientes de su alma cuando pervivan más allá de lo que él podrá. Por tanto, no podemos saber o conocer cuál de las dos realidades es válida. Más bien, finalmente llegamos a la conclusión de que o ninguna lo es, o de que podrían serlo las dos.

Lo que Unamuno busca es sumirnos en esa paradoja, que es la causante de la angustia existencial. En el artículo anteriormente citado, el autor bromea: “¿Ente de ficción? ¿Ente de realidad? De realidad de ficción que es ficción de realidad”.

Augusto y Unamuno comparten esa angustia vital. Llega un momento en el que no sabemos a qué mundo pertenece cada uno, ya que estos se fusionan.  “También de una novela, como de una epopeya o de un drama, se hace un plano; pero luego la novela, la epopeya o el drama se imponen al que se cree su autor. O se le imponen los agonistas, sus supuestas criaturas”. La realidad y la ficción se confunden. El propio Unamuno duda si al final, cuando Augusto desaparece, no será que habrá traspasado al otro mundo, al real, al que en principio él, como autor, pertenecía.

Toda la nivola se articula en torno a esta búsqueda del ser. A través del diálogo, Augusto Pérez se interroga sobre el sentido de la vida. Este monólogo y diálogo interior es lo que finalmente lo lleva a saber la verdad. Unamuno utiliza este diálogo a modo del diálogo platónico, que es una forma de conocimiento o entendimiento.

El lector, que también se convierte en dios, en personaje y en re-creador, es absolutamente cómplice de todo el proceso, lo que es muy característico de la antinovela: el lector-partícipe.

El tema del sueño está claramente presente, en alusión a una de las grandes obras de nuestra literatura, La vida es sueño, de Calderón de la Barca. También Segismundo se pregunta qué es real y qué irreal, quién es él en realidad, quién no es:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción;

que el mayor bien es pequeño

que toda la vida es sueño

y los sueños sueños son”.

Tampoco es casual que en aquel artículo hable de resucitar al Quijote. En la obra de Cervantes también existe una fuerte presencia del conflicto entre realidad e irrealidad. Nuestro hidalgo se vuelve loco por leer libros de caballerías, por querer que la ficción se convierta en realidad, por confundirlas en su afán de idealismo.

Algunos de estos temas Unamuno volverá a tratarlos en otras obras, como por ejemplo en Cómo se hace una novela o en Tres novelas ejemplares y un prólogo. En la primera, el realismo y la novela contemporánea se hacen eco de una auténtica revolución. El personaje es Jugo de la Raza. Este encuentra un manuscrito en una librería de París en donde se le dice que cuando termine de leer la novela se va a morir. El personaje recurre a muchísimos trucos para no terminar de leerlo y hacerlo desaparecer, pero siempre lo encuentra en otra parte. Es una obra de artesanía narrativa. En la segunda, en la que hay una clara referencia a Cervantes, juega con elementos narrativos, metaficticios y metanovelescos, que después explotarán hasta la saciedad otros narradores.

“Coraline”, de Neil Gaiman

Coraline, pobre niña con soledad de araña,
cesa ya tu plática de gatos y ratones,
deja ya de tejer fantasías entre lágrimas,
tus puertas escondidas en tristes caserones.
Tú eres solo tú, no esa otra niña:
aunque duela, descose de una vez tus botones.

Coraline es una de las obras mejor ejecutadas de Neil Gaiman.

Narra una historia de terror que parte desde el punto de vista de una niña de 12 años, Coraline Jones. El hecho de que su protagonista aún no haya abandonado la infancia no lo convierte obligatoriamente en un libro de miedo para niños, aunque por la intención es evidente que está dirigido a un público juvenil. Esto, por supuesto, tampoco quiere decir que un adulto no pueda disfrutar igualmente de su lectura.

Nuestra heroína es una muchacha diferente (su propio nombre no es nada común), enérgica, curiosa, inquieta y valiente. El punto flaco de Coraline es la tremenda soledad que siente al mudarse a su nueva casa. Allí no tiene amigos aún y sus padres no le prestan atención porque están demasiado ocupados trabajando. La niña se aburre, no tiene con quién jugar, sus padres no le hacen caso, la casa es vieja y rara, como sus nuevos vecinos, y la comida asquerosa. La soledad y la falta de atención, que Coraline interpreta también como falta de afecto, provocan en la niña un deseo de algo mejor, de una vida diferente y emocionante. Lo que necesita y busca Coraline es una aventura.

Esta ansia de emociones se manifiesta en la niña a través de la exploración. Coraline explora la casa y sus alrededores en busca de algo divertido. El espacio va a tener una gran importancia en la novela. El interior de la casa, el jardín y los alrededores son los límites dentro de los que van a desarrollarse los acontecimientos. Estos espacios funcionarán como puntos de inflexión. El pozo, por ejemplo, marcará el final de la historia.

Precisamente durante una de sus exploraciones, Coraline se topa con una vieja puerta de madera en el salón, la única que no se abre. Esto despierta inmediatamente su curiosidad. Abrirla es un reto y comprobar adónde lleva una aventura. No duda en preguntar a su madre sobre la enigmática puerta. Esta saca un manojo de llaves y coge la más “grande, renegrida y oxidada”. La puerta solo da a una pared de ladrillos. La madre de Coraline piensa que seguramente se tapió al dividir la casa en varios apartamentos y le da tan poca importancia que la deja abierta.

La puerta será solamente uno de los muchos símbolos y objetos mágicos que se activarán a lo largo de la historia. Desde siempre, las puertas han transportado a los héroes a mundos lejanos y maravillosos. Eso es justamente lo que le sucede a Coraline, que va a parar a una casa casi exactamente igual a la suya. Algunos cambios en la decoración la advierten del peligro, como el extraño color verde de la pared o el cuadro del niño vestido con ropa antigua, que en la nueva casa “miraba las burbujas como si pensase hacer algo repugnante con ellas”.

Otros objetos mágicos que aparecen serán, además de la puerta, las llaves, los espejos, el pozo, la niebla, la casa nueva, la piedra agujereada, los ratones, las ratas, el gato, la araña. Todos estos ítems están relacionados con las supersticiones y lo sobrenatural.

Los espejos, por ejemplo, sirven como portales para conectar los dos mundos. Son engañosos porque muestran alternativamente lo que es verdad y lo que no. La ‘otra madre’, que curiosamente no se refleja, declara que “no puede uno fiarse de los espejos”.   

La piedra agujereada en el centro es un amuleto habitual. Tradicionalmente, a través de este agujero podía verse el mundo de los espíritus, lo que estaba oculto o aquello que se encontraba fuera del alcance de la vista humana.

Los propios botones que lucen en lugar de ojos los habitantes de la ‘otra casa’ de Coraline nos recuerdan a los muñecos. Por un lado, estas criaturas son las marionetas con las que juega la otra madre y, por otro, los botones sugieren desde el principio que se trata de seres artificiales, “de mentira”. El muñeco del padre de Coraline habla más de la cuenta cuando la otra madre no está presente. Es evidente que ella tiene que controlarlos.

Los ratones se presentan en contraposición a las ratas. Mientras que los primeros llaman a Coraline por su verdadero nombre (no “Caroline”) y le envían mensajes de alerta, las ratas la conducen al mundo de la otra madre. Son sus secuaces.

El gato es un animal misterioso, capaz de cruzar entre los dos mundos. Es quien más parece conocer a la otra madre, a la que odia, y quien ayudará a Coraline a vencerla. En el otro mundo puede comunicarse con ella y se muestra altivo al principio. Asegura que no posee un nombre porque los gatos ya saben quiénes son y no los necesitan. Aunque el gato es símbolo de mal agüero y acompañante de las brujas, en la cultura anglosajona  posee también una connotación positiva. Siempre ha estado ligado al mundo de los sueños y la magia.

La araña será nuestra antagonista. “A Coraline la ponían muy nerviosa las arañas”. La bruja de la historia es sin duda uno de los puntos fuertes del libro. Esta araña-bruja se disfraza de la madre de Coraline para atraparla en su telaraña. Crea para ella un mundo fantástico donde todo es emocionante. Incluso la comida es fabulosa. Sus ‘otros padres’ al fin le prestan atención y se desviven por hacerla feliz. A cambio, solo le piden que se quede con ellos para siempre y que se cosa botones en los ojos. La ‘otra madre’ es un ente antiguo y malvado, que teje su tela, su otro mundo, para atraer a los niños que se sienten solos. Aunque se parece mucho a la madre de Coraline, tiene la piel blanca como el papel, dedos demasiado largos, uñas curvas y afiladas de color rojo, botones como ojos y es más alta y delgada. Coraline le pregunta al gato cuáles son sus intenciones y este le responde lo siguiente: “Supongo que quiere amar algo, algo que no sea ella misma. Es como si le apeteciese comer. Es difícil saber lo que sienten las criaturas así”. La bruja desea que la amen, pero no sabe amar. En ella solo hay instinto de posesión (quizá porque efectivamente confunde amar con comer). Su única debilidad son los juegos y los retos. Desafiarla es la única vía de la que dispone Coraline para escapar de su telaraña.

Otra de las virtudes del libro es su ritmo, que va in crescendo desde la inquietud al terror. En las primeras páginas asistimos a la premonición del peligro que se manifiesta en pequeños detalles, como la niebla que de pronto rodea la casa. “Coraline (…) proyectaba una gran sombra deforme sobre la alfombra del salón: parecía una mujer flaca y gigantesca”. Los ratones envían a Coraline (no “Caroline”) un mensaje de advertencia, “No cruces la puerta”, y sus vecinas las señoritas Spink y Forcible le auguran un espantoso destino a través de los posos de té. Finalmente, el horror se desata al verse atrapada. Coraline tendrá que ser cada vez más valiente y enfrentar sus miedos y sus errores para recuperar su antigua vida. 

En definitiva, Coraline nos habla de soledad, del deseo de un mundo mejor, de valentía y de amor. La narrativa es ligera y está bien construida. Como suele suceder en sus obras, el mundo que nos presenta Neil Gaiman está plagado de símbolos y objetos mágicos que hacen de esta novela una lectura entretenida y estéticamente interesante.

También puedes leer esta reseña en Hello Friki: http://www.hellofriki.com/literatura/libros/coraline/resenya

“Olvidado rey Gudú”, de Ana María Matute

Son muchos los que piensan que las novelas de fantasía épica están dirigidas obligatoriamente a un público juvenil o que necesariamente hay que esperar de ellas una escasa calidad literaria. Con El señor de los anillos  de J.R.R. Tolkien el género adquirió nuevas fuerzas y con el éxito de la saga Canción de fuego y hielo de George R.R. Martin hemos terminado de comprobar que no se trata de un género dirigido exclusivamente a un público juvenil. En cuanto a calidad literaria, es cierto que frecuentemente las novelas de fantasía épica tienen muchas páginas de sobra o personajes planos. Como todo subgénero, posee sus características, sus tópicos o, según se quiera ver, sus limitaciones. En este sentido, Olvidado rey Gudú es la novela de fantasía épica con mayor calidad literaria que he leído hasta el momento. Por eso, seas fan o no de la fantasía épica, este es un libro que recomendaría leer.

Precisamente, resulta que la autora de este libro es nada menos que Ana María Matute, una de las grandes voces de la literatura española contemporánea. Los premios que ha recibido por sus novelas son tan numerosos como prestigiosos; entre ellos se encuentran el premio Nadal y el premio Planeta.  En 2010 recibió el Premio Cervantes, concedido al grueso de su obra. Poco antes, en marzo de 2009, Ana María Matute depositó en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes la primera edición de Olvidado rey Gudú, libro que la propia autora señala como su favorito. Además, es miembro de la Real Academia de la Lengua Española y se la considera una de las autoras más relevantes de la llamada “generación del 50”. Como escritora de la posguerra, su novelística está ambientada principalmente en la guerra civil y los años posteriores. De la generación del 50 se dice que es eminentemente “realista” y a menudo tratan temas sociales o morales. Por eso resulta tan llamativo el hecho de que Matute señale como su predilecto a una obra ambientada en un periodo histórico indefinido y semejante a la Edad Media, repleto de magia y seres fantásticos.

Olvidado rey Gudú es un libro de fantasía épica, aunque a la crítica le cueste aceptarlo. Está ambientado en una nebulosa y misteriosa Edad Media, hay magia, trasgos, ondinas, hechiceros, guerreros. Narra la historia de un reino, el de Olar, y de una dinastía a través de sus diversas generaciones. Hay conquistas, guerras, complots para hacerse con la corona, maldiciones. Si esto no es un libro de fantasía épica, Gollum se puede quedar con todos mis anillos. La ‘crítica seria’ parece evitar esta denominación, pero hay que aceptar que esta exquisita novela se ajusta a los cánones de un subgénero tan poco valorado por los estándares de “la alta literatura”.

En Olvidado rey Gudú se nos cuenta la historia del Reino de Olar, un reino forjado sobre la ambición, el egoísmo, la brutalidad y algún golpe de suerte. Lo que comenzó siendo un Condado, se vio convertido en reino. Sikrosio, rey de Olar e hijo del Conde Olar, es el fundador de una dinastía cruel y bestial. El reino avanza a trompicones, apoyándose en sucesivas guerras, e irá creciendo y creciendo hasta alcanzar su límite. La historia de Olar y sus reyes es la historia del hombre, de sus virtudes, sus pasiones, sus rencores y sus secretos. Su esplendor lo traerá el rey Volodosio (hijo de Sikrosio), en gran parte gracias a su casamiento con una astuta y desdichada niña sureña, que será conocida como la reina Ardid.

Aunque se nos relatan múltiples historias y los personajes que desfilan por estas páginas son muchos, me atrevo a decir que la protagonista de la novela es, en realidad, la reina Ardid y no su hijo, el rey Gudú. A Ardid la acompañaremos desde su infancia hasta su vejez y no nos equivocaríamos al declarar que es ella el desencadenante de la grandiosidad y de la ruina del reino de Olar. Se trata de un personaje trágico y lleno de matices y claroscuros. Aunque en general simpatizaremos con ella, en muchas ocasiones reprobaremos su comportamiento. A grandes rasgos, los personajes no solo están bien construidos (algunos, por supuesto, están dibujados con más detalle que otros) sino que la mayoría sufrirán cambios en su forma de ser y actuar o estarán torturados por algún tipo de conflicto que son incapaces de resolver o con los que deben intentar convivir.

Tenemos, por ejemplo, a Almíbar, hermano del rey Volodosio e hijo de un hada, al que contemplaremos sufrir por un amor no correspondido. También tenemos al Trasgo, una criatura mágica aficionada al vino y al amor de los humanos, lo que hará que le crezca un racimo de uvas en el lugar del corazón. Otra historia triste es la de la Ondina, que acepta un trato para convertirse en humana y poder disfrutar del amor y el sexo con los jóvenes humanos y que comete el mayor error que puede cometer una criatura mágica: enamorarse. Como puede verse, en la novela no escasean las historias de amor trágicas, como las de los príncipes Predilecto y Tontina, pero tampoco está falto de sangre, cabezas cortadas, salvajismo y sinsentido. Todos los reyes de Olar, desde Sikrosio a Gudú, pasando asimismo por los hijos bastardos, serán una muestra magnífica de ímpetu guerrero, ferocidad y barbarie.

De esta manera, en la novela encontremos tanto un estilo exquisito y cuidado para transportarnos a ambientes fantásticos y de cuento de hadas, como un estilo más práctico y descarnado para hablarnos de la guerra y su dureza. Siempre y en todo caso, la manufactura es excelente y en muchos de los pasajes nos acercaremos a una prosa poética bastante elaborada (además de las hermosas imágenes que Ana María Matute consigue transmitirnos a lo largo de la novela).

El espacio será también muy importante. Cada punto cardinal representa un concepto, es la búsqueda de una idea determinada. Sikrosio, el primer rey, vivía ignorante de lo que existía a su alrededor: su mundo era sumamente estrecho. Por eso la conquista es también una forma de conocimiento en Olvidado rey Gudú. El oeste es el mundo conocido. El norte es el mundo mágico. Allí se encuentra el Lago de las Desapariciones. El Sur es la civilización. Los pueblos del Sur contrastan enormemente con el reino de Olar. Es la cuna del refinamiento, la riqueza, el conocimiento y la cultura. El Este es lo desconocido, el territorio inexplorado, el desafío. En las estepas del este habita una terrible horda de salvajes, que despiertan terror en el reino. Otra constante en la dinastía es que todos los reyes de Olar se han sentido fatalmente atraídos hacia el este y sus gentes.

A través de estos apuntes ya se pueden vislumbrar cuáles son los temas principales tratados en la novela. Los dos más destacables, como en toda buena historia contada desde que el hombre es hombre, son el Amor y la Muerte o, lo que es lo mismo, el Olvido. Amor y muerte serán tratados en casi todas sus variantes y matices. Junto al amor, también se tratan el odio, la crueldad y la venganza. En el personaje de Ardid veremos entremezclados amor y odio y finalmente comprobaremos cuál de los dos es más fuerte. Otro binomio de relevancia es el que va a establecerse entre lo conocido y lo desconocido, entre la ignorancia y el descubrimiento. Este ansia de saber, de conquistar, es lo que mueve a los reyes de Olar a iniciar sus guerras. El poder, la brutalidad, la imposición de la fuerza serán igualmente temas recurrentes a lo largo de la novela (en sus historias sobre la guerra civil, Ana María Matute también saca a relucir esta faceta del ser humano). Estos rasgos van a concentrarse principalmente en los reyes y sobre todo en sus detestables parientes, ya sean hijos bastardos o hermanos (como los gemelos Ancio y Cancio, o los hermanastros Sirko y Roedisio). Otro de los temas recurrentes en la autora es el paso de la infancia a la adultez. Esta transición está representada por el personaje de Tontina, una princesa de tan noble abolengo que parece sacada de otro mundo. Cuando es designada para desposarse con el rey Gudú, se muda al reino de Olar junto a su cohorte infantil. Dedica todo su tiempo a juegos tan encantadores como incomprensibles y su entrada en el mundo adulto es repentina y traumática, como sucede con otros personajes de la autora. El paso del tiempo, la vejez, pasado y futuro, Historia, son otros de los temas en los que se hace hincapié.

En definitiva, Olvidado rey Gudú es una novela magnífica y que puede disfrutar cualquier tipo de lector. Quizá las primeras páginas son algo menos cautivadoras, pero las 900 que forman la novela se devoran en un suspiro. Después de todo, como cualquier novela que se precie, nos está hablando de la condición humana y por eso constituye un cuadro tan completo de pasiones y personalidades. Por eso siempre que puedo lo recomiendo, con la esperanza de que mi mensaje no caiga en el olvido.

Mapa del reino de Olar
El reino de Olar. El tan característico mapa de las novelas de fantasía épica.

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“Fahrenheit 451”: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde.

Ray Bradbury falleció el 5 de junio a los 91 años. En Fahrenheit 451, Bradbury decía que todo hombre debe dejar algo en el mundo: un hijo, un libro, un cuadro… Algo que poseyera un toque personal y único, un sitio al que el alma pudiera regresar después de la muerte. Por eso pienso que la mejor forma de recordar a un escritor como él es hablando de uno de sus libros. En este caso, su novela Fahrenheit 451.

Fahrenheit 451 es la historia de un hombre que vive cercado por su propia ignorancia, la historia de un inconformismo que termina convirtiéndose en rebeldía.

Montag, el protagonista, es bombero. Según la guía, los bomberos se establecieron en 1790 para quemar los libros de influencia inglesa de las colonias. El primer bombero fue Benjamin Franklin. Ya nadie recuerda que en otro tiempo apagaban incendios. Ahora, el cuerpo de bomberos se dedica a quemar las casas en las que encuentran libros. Los hombres que pasean, que charlan, que se detienen, son sospechosos. Un ciudadano normal conduce a 160 kilómetros por hora, trabaja, pasa su tiempo viendo la televisión, canturrea el nuevo anuncio de Dentífrico Denham. Eso es lo que los hace felices. Ser feliz es lo más importante. Pensar es malo. La gente no necesita estar preocupada. En palabras del Capitán Beatty, los bomberos son los Guardianes de la Felicidad.

Sin duda lo más interesante de Fahrenheit es el planteamiento del autor, sus reflexiones acerca de una sociedad futura muy similar a la nuestra. La prosa está cuidada y el ritmo de la novela es bastante ágil. Algunos puntos flacos podrían ser que varios monólogos de los personajes no son del todo pertinentes, ya que se utilizan a modo de explicación, y que el final resulta un tanto apresurado. No obstante,  lo verdaderamente relevante es la crítica o, más bien, la advertencia que se nos hace acerca del futuro.

En la distopía de Ray Bradbury la sociedad está dominada por la apatía. Nadie quiere saber nada. La mayoría ha renunciado voluntariamente a la Filosofía, la Política, la Literatura. Buscan consuelo en el zumbido constante de las pantallas, en el discurso sin sentido de los presentadores de televisión. Los bombarderos que surcan el cielo no le importan a nadie. Nadie se hace preguntas. Los ciudadanos han elegido el camino más fácil. Sus vidas son cómodas. Sin embargo, no son felices. Los intentos de suicidio son tan comunes que los atienden meros operarios. Los jóvenes buscan diversión en el asesinato. Se trata de una sociedad enferma de banalidad y conformismo.

Fahrenheit nos habla del peligro del triunfo de la mediocridad y la uniformidad. “Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Entonces, todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables”. La mayoría es una animal estúpido y bestial. “¡La terrible tiranía de la mayoría!”. Los pocos hombres sabios son descritos en el libro como una “extravagante minoría que clama en el desierto”. La ciudad representa esa realidad inventada en la que se vive, ese sueño de colores del que solo algunos, como Montag, consiguen despertar.

La tecnología es criticada solo por constituir el medio que permite mantener a los ciudadanos atrapados en esa telaraña de absurdos y trivialidades. El ocio de hombres y mujeres se ha plagado de películas vacías y vulgares, de espectáculos y retransmisiones deportivas. La vida hay que vivirla deprisa, moverse continuamente, de manera que nadie tenga tiempo para pensar. No hay tampoco lugar para el dolor. La muerte no se ve. No se llora por nadie. La única ‘familia’ es la familia que te habla directamente desde la pantalla, mientras permaneces sentado en tu “sala de estar”.

Lo más grave es que a este juego de ilusiones se han prestado todos de buena gana. Beatty, el Capitán de los Bomberos, dice que no hubo ninguna imposición ni censura por parte del Gobierno. A los ciudadanos simplemente hay que “darles la sensación de que piensan”. En el libro, una mujer se jacta de haber votado a un candidato a la presidencia, porque era guapo, mientras que el otro era feo y parecía desarreglado.

El fuego y su simbología van a jugar un papel importante a lo largo de la novela. Se utiliza para destruir, pero también para purificar (“Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio”). El fuego incinera todo lo desagradable: los libros, los cadáveres. Pero también calienta y permite nuevos inicios. Además del número 451, en los uniformes de los bomberos luce la imagen de un fénix, ave mitológica a la que uno de los personajes se refiere de la siguiente manera: “Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer”.

La pregunta fundamental es ¿por qué son los libros odiados? ¿Por qué son una amenaza? ¿Qué hay en ellos que los hace temibles? Los libros intentan unir los distintos aspectos del universo para formar un conjunto con sentido. Nos muestran “los poros de la vida”, sus detalles y claroscuros. Un televisor es ‘real’, inmediato, nos dice lo que debemos pensar sin darnos tiempo a responder. El libro podemos cerrarlo, decirle que espere, replicarle. “Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos”.

La sociedad de Fahrenheit es una sociedad sin cultura, sin historia, sin recuerdos. Una sociedad anestesiada y amnésica. Por eso, cuando la guerra termine con su adormecimiento, serán los hombres-libro los encargados de recordarles quiénes son.

Esta magnífica novela de Ray Bradbury nos impele a descorrer el velo del conformismo, a pensar, a separarnos de la mayoría, a evitar los espejismos de los mass media y a dudar y a hacernos preguntas constantemente. Como reza la cita de Juan Ramón Jiménez inserta al principio del libro: “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”.

De esta manera, si algún día hay una guerra civil y los gobiernos nos atontan con programas de televisión y los libros arden a 451 grados Fahrenheit, estaré preparada. Me transformaré en una mujer libro y siempre llevaré conmigo un pedazo de la novela de Ray Bradbury, por si algún día alguien, en algún lugar, la necesita.

También pueden leer esta reseña en la revista Hello Friki: http://hellofriki.com/literatura/libros/fahrenheit-451/resenya