Hablando de la metaficción en “Niebla” de Miguel de Unamuno

Niebla fue escrita en 1907 y publicada en 1914. “Novela malhumorada”, “nivola” (en palabras de su autor), constituye un claro ejemplo de la corriente de novela antirrealista que es practicada por Baroja (Camino de perfección), Azorín (La voluntad), Valle-Inclán (Sonata de otoño) y el propio Unamuno.

Niebla no es una novela del realismo tradicional, sino lo que se empieza a denominar antinovela y que, en principio rechazada por la crítica, actualmente se practica con prolijidad. Unamuno bautizó a sus novelas como “nivolas” en lo que se imaginó un afán por crear un género nuevo pero que era también un intento de sortear los juicios de los críticos.

El propio Unamuno se expresa de la siguiente manera en su artículo “Historia de Niebla”: “Esta ocurrencia de llamarle nivola (…) fue otra ingenua zorrería para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea. Es decir, que así se llame, pues aquí ser es llamarse. ¿Qué es eso de que ha pasado la época de las novelas? ¿O de los poemas épicos? Mientras vivan las novelas pasadas, vivirá y revivirá la novela. La historia es resoñarla”.

El primer elemento que resulta revelador es el propio título de la nivola. La palabra “niebla” nos sugiere irrealidad, espejismos, humo, laberinto, confusión, ingravidez. Esta novela es un juego de realidades e irrealidades. Por un lado, tenemos la realidad (e irrealidad) de Augusto Pérez, el protagonista, en su vida de personaje de ficción inconsciente o ignorante; también la del mismo Augusto cuando se percata de que es un personaje de ficción; por otro lado, la del Unamuno autor; y la de Unamuno personaje, descubierto o “asaltado” por su creación e inserto dentro de su propia obra.

En esta obra se superponen dos realidades irreales, dos reales irrealidades: la literaria y la supuestamente “real”, la del mundo del que provienen el autor y los lectores en contraste con el mundo al que pertenecen los personajes. Estas realidades se funden en una sola, dejándonos suspensos y envueltos en una negra niebla. Nosotros, como lectores, al leer este libro estamos implicándonos y transmitiéndonos a la realidad de los personajes de ficción, a la realidad de Augusto Pérez. Cuando este se da cuenta de que su existencia es una mentira, de que es irreal o “soñado”, va a ver a Unamuno, su creador, para consultarle sobre su muerte. Concluye que, como no existe, no puede morir, de manera que es inmortal. A lo largo de la historia este personaje está continuamente interrogándose sobre el sentido de la vida, en consonancia con la angustia existencial unamuniana. Finalmente, fuera de sí por el descubrimiento de su “inexistencia”, de su futilidad, se da un empacho y muere. Le escribe a Unamuno un telegrama a modo de venganza, que reza “Se salió usted con la suya. He muerto”.

En el capítulo siguiente, Augusto Pérez se le aparece a Unamuno en un sueño y acaba diciéndole lo siguiente:

“No se sueña dos veces el mismo sueño. Ese que usted vuelva a soñar y crea soy yo será otro. Y ahora, ahora que está usted dormido y soñando y que reconoce usted estarlo y que yo soy un sueño y reconozco serlo, ahora vuelvo a decirle a usted lo que tanto le excitó cuando la otra vez se lo dije: mire usted, mi querido don Miguel, no vaya  ser que sea usted el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto; no vaya a ser que no pase usted de un pretexto para que mi historia y otras historias como la mía corran por el mundo. Y luego, cuando usted se muera del todo, llevemos su alma nosotros. No, no, no se altere usted, que aunque dormido y soñando aún vive. Y ahora, ¡adiós!

Y se disipó en la niebla negra”.

Ya solo de este fragmento podemos extraer numerosas conclusiones.

Por ejemplo, que la experiencia vital o creadora es única. Decía Heráclito que ‘no te puedes bañar dos veces en el mismo río’, igual que uno no se puede leer dos veces el mismo libro ni crear dos veces al mismo personaje.

En el mismo artículo de “Historia de Niebla” Unamuno repite:

“Cuando aquel mi Augusto Pérez (…) se me presentó en sueños creyendo yo haberle finado y pensando, arrepentido, resucitarle, me preguntó si creía yo posible resucitar a Don Quijote, y al contestarle que ¡imposible!: «Pues en el mismo caso estamos todos los demás entes de ficción», me arguyó y al yo replicarle: «¿Y si te vuelvo a soñar? », él: «No se sueñas dos veces el mismo sueño. Ese que usted vuelva a soñar y crea soy yo será otro». ¿Otro? ¡Cómo me ha perseguido y me persigue ese otro! Basta ver mi tragedia El otro. Y en cuanto a la posibilidad de resucitar a Don Quijote, creo haber resucitado al de Cervantes y creo que le resucitan todos los que le contemplan y le oyen. (…) Resucitan al héroe como al Cristo los cristianos (…)”.

Vemos la lectura como una actividad de resurrección. Es un hecho irrepetible y repetible, perecedero e imperecedero, al igual que la vida de Augusto Pérez y que la vida del propio Unamuno. Esto nos pone en consonancia con la idea nietzscheana del eterno retorno (en la que se basa Milan Kundera más tarde para escribir La insoportable levedad del ser), una concepción filosófica del tiempo (postulada en forma escrita por primera vez en occidente gracias al estoicismo) y que planteaba una repetición del mundo en donde este se extinguía para volver a crearse.

La fragilidad y la inexistencia del protagonista es también inherente a su autor, Unamuno. En su aparición última Augusto cuestiona el orden de las cosas y, resentido, hace notar a su creador (en un acto de rebeldía contra la deidad), que también él es mortal y más que él, más que sus creaciones literarias, que tal vez sean los recipientes de su alma cuando pervivan más allá de lo que él podrá. Por tanto, no podemos saber o conocer cuál de las dos realidades es válida. Más bien, finalmente llegamos a la conclusión de que o ninguna lo es, o de que podrían serlo las dos.

Lo que Unamuno busca es sumirnos en esa paradoja, que es la causante de la angustia existencial. En el artículo anteriormente citado, el autor bromea: “¿Ente de ficción? ¿Ente de realidad? De realidad de ficción que es ficción de realidad”.

Augusto y Unamuno comparten esa angustia vital. Llega un momento en el que no sabemos a qué mundo pertenece cada uno, ya que estos se fusionan.  “También de una novela, como de una epopeya o de un drama, se hace un plano; pero luego la novela, la epopeya o el drama se imponen al que se cree su autor. O se le imponen los agonistas, sus supuestas criaturas”. La realidad y la ficción se confunden. El propio Unamuno duda si al final, cuando Augusto desaparece, no será que habrá traspasado al otro mundo, al real, al que en principio él, como autor, pertenecía.

Toda la nivola se articula en torno a esta búsqueda del ser. A través del diálogo, Augusto Pérez se interroga sobre el sentido de la vida. Este monólogo y diálogo interior es lo que finalmente lo lleva a saber la verdad. Unamuno utiliza este diálogo a modo del diálogo platónico, que es una forma de conocimiento o entendimiento.

El lector, que también se convierte en dios, en personaje y en re-creador, es absolutamente cómplice de todo el proceso, lo que es muy característico de la antinovela: el lector-partícipe.

El tema del sueño está claramente presente, en alusión a una de las grandes obras de nuestra literatura, La vida es sueño, de Calderón de la Barca. También Segismundo se pregunta qué es real y qué irreal, quién es él en realidad, quién no es:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción;

que el mayor bien es pequeño

que toda la vida es sueño

y los sueños sueños son”.

Tampoco es casual que en aquel artículo hable de resucitar al Quijote. En la obra de Cervantes también existe una fuerte presencia del conflicto entre realidad e irrealidad. Nuestro hidalgo se vuelve loco por leer libros de caballerías, por querer que la ficción se convierta en realidad, por confundirlas en su afán de idealismo.

Algunos de estos temas Unamuno volverá a tratarlos en otras obras, como por ejemplo en Cómo se hace una novela o en Tres novelas ejemplares y un prólogo. En la primera, el realismo y la novela contemporánea se hacen eco de una auténtica revolución. El personaje es Jugo de la Raza. Este encuentra un manuscrito en una librería de París en donde se le dice que cuando termine de leer la novela se va a morir. El personaje recurre a muchísimos trucos para no terminar de leerlo y hacerlo desaparecer, pero siempre lo encuentra en otra parte. Es una obra de artesanía narrativa. En la segunda, en la que hay una clara referencia a Cervantes, juega con elementos narrativos, metaficticios y metanovelescos, que después explotarán hasta la saciedad otros narradores.

Cosas molestas sobre los libros

Me gustan gordos, delgados, grandes, pequeños, viejos y jóvenes. No me importa el color ni la altura. Ni siquiera tengo en cuenta si están o no muy limpios. Es verdad que suelo preferirlos inteligentes y divertidos, pero pasaría las noches en compañía de casi cualquiera. Lo confieso: los libros me gustan muchísimo.

Sin embargo, como en toda relación amorosa, también hay cosas que me molestan de ellos. Arriesgándome a parecer materialista, declaro que lo que más me enrabieta es su precio. Sí, el dinero, that clinking clanking sound. Si solo pudiera leer los libros que compro, andaría por ahí desnuda y desnutrida. Los libros son carísimos y ni siquiera percibo diferencias relevantes entre los distintos formatos, como por ejemplo entre ediciones de bolsillo y tapa dura.

Por suerte para mí, existe una infinidad de alternativas románticas. Las bibliotecas son bastante bucólicas. No hay que descartar el robo o la piratería. Por último, disponemos de librerías de segunda mano. La mayor parte de los libros que poseo los he adquirido de esta manera. Además, me gusta poseerlos, hacerlos míos, no que la biblioteca me los “preste” (así, con arrogancia). Resulta incómodo que encima me pongan límites y se burlen mi capacidad como lectora (“¡Oh! ¿Ha sacado usted este libro de mil páginas? Seguro que podrá leerlo en una semana, como todo el mundo”). Esos son algunos de los motivos por los que prefiero estos libros, sin mencionar la intrínseca emoción de abrir mi ejemplar de segunda mano recién adquirido y encontrar alguna maravilla. Es habitual encontrarse postales, pegatinas, listas de la compra y dedicatorias tales como “De tu tía Pepita que te quiere. Espero que este libro te ayude tanto como a mí y que lo lleves siempre contigo”. La sorpresa también puede ser negativa. Dejé de leer dos páginas de El amante de Lady Chatterley porque estaban cubiertas de un inmenso, verde y seco moco.

Hoy, solo compro un libro cuando o verdaderamente me desespera no tenerlo o, la mayor parte de las veces, cuando considero que el libro es lo suficientemente bonito como para servir de decoración. Como quien compra un jarrón, lo admito.

No obstante, algo que realmente me saca de mis casillas es que el precio de los eBooks continúe siendo tan incomprensible y exasperadamente desorbitado. A veces me pregunto si es que a las editoriales no les interesa que salgan adelante los libros digitales. Es cierto que esto no sucede siempre. Muchas editoriales realizan ofertas competentes con sus libros electrónicos (por poner un ejemplo: 23 Escalones), pero no suele ser el caso, especialmente en lo que respecta a las grandes editoriales.

Desde mi punto de vista, el libro en formato papel acabará quedando desfasado en cuanto dejemos de resistirnos. Por mi parte, no comprendo ese desesperado aferrarse a la celulosa, como si fuéramos cabras en lugar de hombres. El libro digital ofrece numerosas ventajas. El solo hecho de poder guardar lo que subrayo en un documento de texto me ha resultado de lo más útil en muchas ocasiones. Por otro lado, no me refiero únicamente a los usos prácticos, sino también a las posibilidades artísticas. Se me viene a las mientes, por ejemplo, el libro para Ipad. ¿No podríamos hacer libros verdaderamente hermosos?

Para ir terminando, quiero dejar claro que en ningún momento se trata de no pagar. Elaborar un libro conlleva mucho esfuerzo y estoy más que dispuesta a rascarme los bolsillos por un producto bien ejecutado. Siempre que leo un libro descargado de un enlace misterioso, me asalta la duda de si verdaderamente me estaré leyendo La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o la versión de algún tipo retorcido que quiere hacerse pasar por él. Lo que no estoy dispuesta es a pagar precios demasiado altos y menos a sabiendas de que en otros países la gente adquiere libros a precios moderados.

Desde aquí, como si fueran a hacerme caso, hago un llamamiento a las editoriales para que entren en razón. Por favor, quiero un mercado de libro electrónico justo. Y si no lo hacen por mí, háganlo por los árboles.

Denme de leer, que tengo hambre de libro.

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