Librélulas

He resultado ganadora del concurso de microrrelatos de la Librería Todo Libro, que celebra sus veinte años. Pueden pasarse por la librería si andan por Burgos (España), o por este enlace si quieren conocerla y leer allí mi microcuento. También pueden leerlo a continuación.

 

Librélulas

 

Las librélulas son criaturas generalmente pequeñas, transparentes en su centro y blanquecinas en las extremidades. Habitan las librerías y se alimentan de Literatura. Algunas solo comen palabras, lo cual puede resultar beneficioso, especialmente si prefieren los adjetivos. Otras se tragan páginas enteras o devoran personajes con una avidez perturbadora. Es sabido entre los libreros que muchas obras anónimas no son más que el estrago de librélulas come-autores. Se han reportado casos de librélulas que alcanzan los dos metros debido a una dieta decimonónica. Los libreros desesperan porque no saben cómo eliminarlas. Intentan confundirlas con copias del Ulises o empacharlas con Proust. Lo cierto es se están convirtiendo en un problema, sobre todo las que sienten predilección por los fi

Entomofilia

He resultado finalista en el XIII certamen internacional de microcuento fantástico de la revista miNatura, con el microrrelato “Entomofilia”. Pueden descargarse la revista pinchando aquí y visitar la página web aquí. También pueden leerlo a continuación.

Entomofilia

Al principio no me fijé en ella. No era una mujer que llamase la atención. Tras su incorporación, insistió en encargarse de traer el café para todos en la oficina. Empecé a reparar en ella cuando Alberto me dijo que no paraba de mirarme. Ella no me gustaba. Era demasiado bajita y me desagradaban sus trajes de flores. Preferí no hacerle caso para no darle esperanzas. Pensaba que había pillado la indirecta. Entonces fue cuando comencé a sentir un cosquilleo en el estómago. No quise admitir que se trataba de algo especial, pero el cosquilleo se convirtió en un revoloteo frenético. Solo me ocurría cuando ella estaba cerca. Y, sin embargo, seguía sin atraerme. El revoloteo era ya doloroso. Tenía que averiguar qué era lo que me estaba pasando con esa mujer. La seguí hasta su casa una noche. Me abalancé sobre ella cuando abrió la puerta de su apartamento. La tenía agarrada por las muñecas encima de la barra de la cocina. Las paredes de su casa estaban cubiertas por unos inmensos terrarios repletos de gusanos de seda, crisálidas y mariposas.

—Me los metiste en el café —le dije.

Ella estiró el cuello y me besó. Noté cómo algo daba piruetas en mi interior y ascendía por mi esófago. Ella se retiró. Estaba sonriendo. Abrió la boca y vi una mariposa azul posada en su lengua. Agitó las alas y voló hasta mi nariz. Escuché un crujir de cristales y un ensordecedor aleteo. La habitación se transformó en un torbellino de colores. Era como si me hiriesen la piel con caricias.

Contra la gravedad

Mi microcuento “Contra la gravedad” ha sido seleccionado para formar parte de la revista El abreviadero, de La pulga editorial.  Échenle un vistazo a la revista, todos los microcuentos finalistas están bastante bien. El mío pueden leerlo a continuación.

Contra la gravedad

Por fin, después de treinta años, Elías había conseguido desarrollar el antídoto contra la gravedad. Esa gravedad odiosa, asfixiante, que lo había oprimido durante toda su vida. Sin pensarlo, se inyectó el antídoto. Al principio fue solo la risa, constante, rumorosa, que sustituyó a la respiración. Poco a poco, dejaron de importarle las probetas, las noticias, las facturas. Sus pies se elevaban ocho centímetros del suelo cuando se volvió indiferente al llanto de Elena. Al cabo de tres meses flotaba sin control y había olvidado los puñetazos de su padre. Se elevaba felizmente. Fue al dejar la atmósfera cuando se dio cuenta de que no había inventado un antídoto contra la muerte, pero no le importó.

Diario de sombras

Natalio Sotomayor llevaba un diario de sombras. A tal diario podría tachárselo quizá de egocéntrico ya que, primordialmente, se trataba de apuntes sobre su propia sombra. Natalio apuntabas los ángulos que tomaba su sombra a diversas horas del día con precisión cartesiana. Sin embargo, sus inquietudes no eran meramente geométricas. También le interesaban la intensidad de la sombra, su color, su transparencia. Experimentaba con luz natural y con luz artificial. Jamás serían idénticas las sombras proyectadas por una farola que las proyectadas por la llama temblorosa de una vela. Asimismo, viajaba a diversos lugares del planeta para comprobar cómo luciría su sombra en el Gran Cañón, el Monte Kilimanjaro, el Mar Negro, la estepa rusa, las ruinas de Pompeya, la National Gallery de Londres. Probaba a expandir su sombra sobre diversas superficies: suelo de mármol, parqué, tierra, arena, agua de río, agua de mar, agua con cloro, rocas, fango, arenas movedizas. Sin duda, no era lo mismo una sombra proyectada contra la pared que una sombra arrojada al suelo. A menudo comparaba su sombra con la sombra de otras personas o con la sombra de objetos. En ocasiones incluso los estudiaba de manera individual. Lo más interesante, sin duda, son sus disertaciones. Por ejemplo, filosofaba sobre si la sombra del hombre era mejor que la de la vaca o qué tenían en común la sombra de la manzana y la sombra del árbol. Se preguntaba cómo habrían sido las sombras de Shakespeare o de Newton. Natalio Sotomayor sentía, además, una fascinación por el fenómeno de las sombras múltiples. Se preguntaba cuál de ella era la verdadera o si todas eran impostoras irredentas del mismo cuerpo. Lo entristecían las sombras cortadas y lo emocionaban profundamente las sombras que se tocaban. Sin embargo, sentía una profunda repugnancia hacia los espectáculos de sombras chinescas: los tachaba de antinaturales.

Publicación del microrrelato “Ortografía asesina”

Mi microrrelato “Ortografía asesina” ha sido seleccionado para aparecer en el libro “Antología I Concurso de Relato Policiaco” de Letras con Arte. Dejo por aquí el microcuento:

 

El asecino se encondia donde nadie podria encontrarlo. Avía matado a Yeni, Karlos, Pedro y Sandra y avia zalido hileso. La polisia tenia una sola pista: su mala hortografia.

Intentaré usar palabras

Intentaré usar palabras para que tú entiendas, extranjero. En nuestra tribu (digo tribu por utilizar un término que te resulte familiar, porque no es eso lo que somos) no tenemos nombres. Ningún nombre. Si tuviéramos nombres nos estaríamos limitando y somos contrarios a ponernos límites. Imagina que yo me llamara María. Si me llamara María tendría que elegir entre ser amistosa o huraña, valiente o cobarde, atrevida o vergonzosa, porque el nombre María, como todos los nombres, es un compendio de cosas limitadas. Si me diera ese nombre, extranjero, cuando te hablaran de mí ya no podrías pensar en un hombre, por ejemplo. Te acordarías de tu virgen María, pero no podrías evocar las flores o los delfines. Si me llamaran María o de cualquier otra forma, pensaría que soy una sola persona, y yo soy muchos hombres y pájaros y tierras y collares. Es una manera de decirlo, porque ustedes no pueden sino decir cosas. Cuando los de tu raza se dan nombre a sí mismos, no se dan cuenta de que, además, se están matando. Si yo fuera María algún día tendría que acabarme, porque María es un conjunto limitado. Ese es el secreto de nuestra inmortalidad.

El hombre silla (o el sillombre)

Cada noche de luna llena, Roberto se transformaba en una elegante y comodísima silla. Al principio no comprendía por qué le sucedía esto. Es decir, convertirse en un mueble resultaba lógico, puesto que se dedicaba a la decoración de interiores, su verdadera vocación y única amante. Si hubiera sido aficionado a los perros, podría haberse metamorfoseado en un labrador o en un escarabajo si encontrase algún interés en la entomología. Lo que no entendía era por qué, de entre todos los muebles, se convertía precisamente en una silla. Él siempre tuvo de sí mismo una concepción más intelectual. Podría haber sido una excelente estantería. También era trabajador y organizativo. Un secreter le hubiera venido a la perfección. En sus momentos de mayor soledad incluso podría haber sido un buen mueble bar.

Con el tiempo, decidió sacar provecho a su situación. Se coló en el apartamento de su exuberante vecina y esperó a que los rayos de luna lo transformasen. Ella solía pasar las madrugadas escribiendo frente al ordenador. Y así, cuando las nalgas firmes y tersas de Marta se hundieron contra su superficie, Roberto lo comprendió todo. 

Dorotea y Teodora

Dorotea y Teodora eran perfectas en su exacta simetría. Ni siquiera el médico pudo decir cuál de las dos fue la primera en nacer. Cuentan que ambas sacaron un pie justo al mismo tiempo. Sus propios padres no eran capaces de diferenciarlas, de manera que siempre se referían a las dos a la vez.

Tal era la similitud que comenzaron a desarrollar una especie de conciencia compartida. No tenían claro cuál de las dos era cada una. A los quince tuvieron un novio llamado Miguel, pero nunca les quedó claro si había sido novio de las dos o solo de una de ellas. Miguel nunca las sacó de dudas. En ocasiones eran presas de un terror irracional a tocarse, por temor a unirse en un único cuerpo siamés. Las inquietaba la forma en que sus movimientos parecían acompasarse. Llegaron a plantearse la hipótesis de que una de las dos hubiera salido del espejo. Era insoportable.

Así pues, como era de esperar, pensaron que lo mejor era asesinar a la otra. Esta idea las asaltó la misma noche. Fue un penoso y largo forcejeo. Finalmente, una de ellas salió victoriosa, libre para ser quien era. Por desgracia, nunca supo si ella era Dorotea o Teodora, de modo que vivió infeliz el resto de sus días, sintiéndose incompleta.  

Palabras de hombre muerto en “El mollete literario”

En la edición de enero de 2014 de la publicación mexicana El mollete literario, en la sección “Terapia de grupo” dirigida por Freddy Secudino aparece mi microcuento “Palabras de hombre muerto”, que les presento a continuación. Pueden descargarse el número de la revista pinchando a continuación en El mollete literario.

Palabras de hombre muerto

A Marta ya le habían dicho que el vecino de arriba era raro. Tenía miedo a la muerte. A una muerte lenta, silenciosa, anónima. Vivía solo desde hacía mucho. No recibía visitas. Temía morir y que nadie encontrase su cadáver. Por eso cada día, en intervalos de unos treinta minutos, su vecino dejaba caer un pedazo de papel en el que escribía, con caligrafía de caléndula, una palabra. A Marta, al principio, la enternecía esta costumbre. Le hacía gracia. Pronto se percató de que jamás repetía una palabra. Así, caían elefantes, engranajes, café, caballeros, granadas, amor, polvo, él, magdalena, rata, moco, filantropía, licenciados, suave, primoroso, sastre, gata, enano, chinos, oraciones. Marta vivía sumida en un torrente de celulosa, en una desesperada lluvia de palabrería. Obviamente, resultaba molesto tener que barrer cada día los nazis y los musulmanes, los ahogados y las cerezas, los pájaros y los océanos y las diecisiete variedades de arbustos, las doce tribus de Israel todas esparcidas y arrugadas en su patio. Una vez encontró un petirrojo bajo su almohada y otra un dedo en la sopa. Del cabello se había sacudido galimatías, laberintos y lagartos. Empezaba a estar harta.

Entonces percibió algo, un oscuro retorcerse en la caligrafía de su vecino, que ya no era de caléndula, sino de enredadera. Había notado, también, cierta alteración en la temática. Ahora no paraba de recoger del patio huesos, cavernas, nudos. Con su letra de musgo, sus trazos mohosos, comenzó a escribir sangre, hígado, podrido, agujero. La frecuencia comenzó a disminuir. Los papelitos caían cada hora, cada atardecer, cada semana. Marta recordará siempre la última palabra que recogió. “Gracias”.