Diario de sombras

Natalio Sotomayor llevaba un diario de sombras. A tal diario podría tachárselo quizá de egocéntrico ya que, primordialmente, se trataba de apuntes sobre su propia sombra. Natalio apuntabas los ángulos que tomaba su sombra a diversas horas del día con precisión cartesiana. Sin embargo, sus inquietudes no eran meramente geométricas. También le interesaban la intensidad de la sombra, su color, su transparencia. Experimentaba con luz natural y con luz artificial. Jamás serían idénticas las sombras proyectadas por una farola que las proyectadas por la llama temblorosa de una vela. Asimismo, viajaba a diversos lugares del planeta para comprobar cómo luciría su sombra en el Gran Cañón, el Monte Kilimanjaro, el Mar Negro, la estepa rusa, las ruinas de Pompeya, la National Gallery de Londres. Probaba a expandir su sombra sobre diversas superficies: suelo de mármol, parqué, tierra, arena, agua de río, agua de mar, agua con cloro, rocas, fango, arenas movedizas. Sin duda, no era lo mismo una sombra proyectada contra la pared que una sombra arrojada al suelo. A menudo comparaba su sombra con la sombra de otras personas o con la sombra de objetos. En ocasiones incluso los estudiaba de manera individual. Lo más interesante, sin duda, son sus disertaciones. Por ejemplo, filosofaba sobre si la sombra del hombre era mejor que la de la vaca o qué tenían en común la sombra de la manzana y la sombra del árbol. Se preguntaba cómo habrían sido las sombras de Shakespeare o de Newton. Natalio Sotomayor sentía, además, una fascinación por el fenómeno de las sombras múltiples. Se preguntaba cuál de ella era la verdadera o si todas eran impostoras irredentas del mismo cuerpo. Lo entristecían las sombras cortadas y lo emocionaban profundamente las sombras que se tocaban. Sin embargo, sentía una profunda repugnancia hacia los espectáculos de sombras chinescas: los tachaba de antinaturales.

Intentaré usar palabras

Intentaré usar palabras para que tú entiendas, extranjero. En nuestra tribu (digo tribu por utilizar un término que te resulte familiar, porque no es eso lo que somos) no tenemos nombres. Ningún nombre. Si tuviéramos nombres nos estaríamos limitando y somos contrarios a ponernos límites. Imagina que yo me llamara María. Si me llamara María tendría que elegir entre ser amistosa o huraña, valiente o cobarde, atrevida o vergonzosa, porque el nombre María, como todos los nombres, es un compendio de cosas limitadas. Si me diera ese nombre, extranjero, cuando te hablaran de mí ya no podrías pensar en un hombre, por ejemplo. Te acordarías de tu virgen María, pero no podrías evocar las flores o los delfines. Si me llamaran María o de cualquier otra forma, pensaría que soy una sola persona, y yo soy muchos hombres y pájaros y tierras y collares. Es una manera de decirlo, porque ustedes no pueden sino decir cosas. Cuando los de tu raza se dan nombre a sí mismos, no se dan cuenta de que, además, se están matando. Si yo fuera María algún día tendría que acabarme, porque María es un conjunto limitado. Ese es el secreto de nuestra inmortalidad.

El hombre silla (o el sillombre)

Cada noche de luna llena, Roberto se transformaba en una elegante y comodísima silla. Al principio no comprendía por qué le sucedía esto. Es decir, convertirse en un mueble resultaba lógico, puesto que se dedicaba a la decoración de interiores, su verdadera vocación y única amante. Si hubiera sido aficionado a los perros, podría haberse metamorfoseado en un labrador o en un escarabajo si encontrase algún interés en la entomología. Lo que no entendía era por qué, de entre todos los muebles, se convertía precisamente en una silla. Él siempre tuvo de sí mismo una concepción más intelectual. Podría haber sido una excelente estantería. También era trabajador y organizativo. Un secreter le hubiera venido a la perfección. En sus momentos de mayor soledad incluso podría haber sido un buen mueble bar.

Con el tiempo, decidió sacar provecho a su situación. Se coló en el apartamento de su exuberante vecina y esperó a que los rayos de luna lo transformasen. Ella solía pasar las madrugadas escribiendo frente al ordenador. Y así, cuando las nalgas firmes y tersas de Marta se hundieron contra su superficie, Roberto lo comprendió todo. 

Palabras de hombre muerto en “El mollete literario”

En la edición de enero de 2014 de la publicación mexicana El mollete literario, en la sección “Terapia de grupo” dirigida por Freddy Secudino aparece mi microcuento “Palabras de hombre muerto”, que les presento a continuación. Pueden descargarse el número de la revista pinchando a continuación en El mollete literario.

Palabras de hombre muerto

A Marta ya le habían dicho que el vecino de arriba era raro. Tenía miedo a la muerte. A una muerte lenta, silenciosa, anónima. Vivía solo desde hacía mucho. No recibía visitas. Temía morir y que nadie encontrase su cadáver. Por eso cada día, en intervalos de unos treinta minutos, su vecino dejaba caer un pedazo de papel en el que escribía, con caligrafía de caléndula, una palabra. A Marta, al principio, la enternecía esta costumbre. Le hacía gracia. Pronto se percató de que jamás repetía una palabra. Así, caían elefantes, engranajes, café, caballeros, granadas, amor, polvo, él, magdalena, rata, moco, filantropía, licenciados, suave, primoroso, sastre, gata, enano, chinos, oraciones. Marta vivía sumida en un torrente de celulosa, en una desesperada lluvia de palabrería. Obviamente, resultaba molesto tener que barrer cada día los nazis y los musulmanes, los ahogados y las cerezas, los pájaros y los océanos y las diecisiete variedades de arbustos, las doce tribus de Israel todas esparcidas y arrugadas en su patio. Una vez encontró un petirrojo bajo su almohada y otra un dedo en la sopa. Del cabello se había sacudido galimatías, laberintos y lagartos. Empezaba a estar harta.

Entonces percibió algo, un oscuro retorcerse en la caligrafía de su vecino, que ya no era de caléndula, sino de enredadera. Había notado, también, cierta alteración en la temática. Ahora no paraba de recoger del patio huesos, cavernas, nudos. Con su letra de musgo, sus trazos mohosos, comenzó a escribir sangre, hígado, podrido, agujero. La frecuencia comenzó a disminuir. Los papelitos caían cada hora, cada atardecer, cada semana. Marta recordará siempre la última palabra que recogió. “Gracias”.

 

Olvido selectivo

Juan padecía de eso que hemos venido a llamar un olvido selectivo. Sin embargo, no sabemos si por falta de imaginación o si por alguna deformidad del cerebro, Juan no era realmente capaz de olvidar todo lo que quería. Solo le fue dada, por decirlo de alguna manera, la facultad de olvidar todos los miércoles de su vida. No pudo darnos ninguna información valiosa sobre por qué, de entre todos los días de la semana, de entre todas las posibilidades, había olvidado, precisamente, los miércoles. Por supuesto, no era capaz de decirnos si algo espantoso había sucedido un miércoles o si había algún miércoles en el que le hubiera pasado algo bueno, algún miércoles de su vida que no quisiera olvidar. Pero lo que verdaderamente nos interesaba, lo que nos hacía pasar las noches en vela era qué haría Juan ahora que sabía que iba a olvidar todos los miércoles. No quisimos darle nada a entender, para no condicionarlo. Simplemente nos dispusimos a vigilarle, a perseguirlo con una tenacidad científica. Instalamos algunas cámaras en su casa; Alfredo apostaba el coche cerca de su apartamento. Tenemos cientos de vídeos, recopilados a lo largo de años. Siempre lo mismo. Juan se sentaba en su sofá, casi a oscuras, y acariciaba a su gato. A veces encendía la televisión.

Sagaz

Admitámoslo. Hay demasiados escritores infestando nuestro planeta. Demasiada gente escribiendo. Por este motivo, Hilario decidió especializarse en una palabra. Concretamente, en la palabra “sagaz”. No “sagacidadnisagaces”. La única palabra que podía escribir era “sagaz”. ¡Y cómo la escribía! En el contexto adecuado, en el momento justo, su palabra “sagaz” abría un universo de nuevas e inimaginadas significaciones. En Sagaz, su autobiografía,  explica detalladamente el complicado proceso que suponía crear una obra de envergadura a través de una única palabra. A su vez, expone dichos métodos empleando exclusivamente la palabra “sagaz”. En su segunda novela, SaGaz, somos testigos de algunas técnicas que podrían calificarse como surrealistas. Hilario comienza a experimentar con la forma de la palabra “sagaz”. Así, mediante variaciones de tamaño, fuente o color, Hilario nos da cuenta de la conmovedora historia de un vate japonés atrapado en un refugio antiaéreo durante los bombardeos alemanes sobre la ciudad de Coventry (Gran Bretaña) en el año 1940. Ha pasado ya a los anales de la literatura el hermosísimo fragmento del capítulo VI,  “sAGaz”, que reproducimos a continuación:

sagaz

La ondina y el buzo

Al principio, la ondina se divertía ahogando a los jóvenes que se le antojaban hermosos. Una vez que dejaban de respirar, les adornaba las sienes con algas y les llenaba el cuerpo de flores y piedrecitas brillantes. Como no se movían resultaban aburridos y pronto se cansaba de ellos. Así, se veía obligada a renovar su colección con cierta frecuencia. Una noche, atisbó el cuerpo cristalino de un joven sobre el fondo del río. Al aproximarse, pudo comprobar que aún estaba vivo. Mordía un fruto que desprendía burbujas y a la espalda llevaba un caparazón duro y amarillo. Lo conquistó fácilmente. Los primeros días fueron maravillosos. Sin duda, con movimiento todo resultaba mucho más entretenido. Con el tiempo, descubrieron que podían comunicarse a través de los gestos. Durante unas horas no estuvo mal. Resultaba práctico, como mínimo. Luego empezaron las peleas. Era insoportable. Quizás ella insistió con demasiada rudeza en que él dejara de moverse. Su muerte fue un malentendido, en todo caso, pero resultó para bien. Ahora se llevan mucho mejor.

Tijeras

A César se le cayeron las tijeras. Las puntas lo señalaron y su madre dijo: “es un presagio de muerte”. Él las recogió y no le dio importancia. Poco después, las tijeras volvieron a dar contra el suelo y, de nuevo, las relucientes puntas metálicas lo señalaron como dos dedos fríos. César decidió dejarlas sobre la mesa. Quizá demasiado cerca del borde. En cualquier caso, las tijeras se precipitaron y las puntas, con un giro acrobático, se dirigieron una vez más hacia él. Soltó un bufido. Tomó las tijeras y las lanzó al aire. Una, dos, tres veces. Once, doce, trece. Catorce, por si acaso. Probó a tirarlas desde diferentes posturas: agachado, de puntillas, en cuclillas, de espaldas, de rodillas, haciendo la parsvakosana, la halasana, la vajrasana, la flor de loto, la bananita. Decidió entonces variar la altura: diez centímetros, desde el estante medio, desde el estante alto, subido a la cama, a la mesa, a la escalera, desde el piso de arriba. Tal vez se trataba de él. Le pidió a su mujer que las tirase. Se lo pidió a su madre, a su hermano, a su cuñada, a su jefe, a su dentista, a su peluquero, a Pedro el del gas, al chino Yan, al mendigo de las caracolas. Podría tratarse del lugar. Las lanzó en casa de Manuel, en el parque, en el supermercado, en el aparcamiento, en la suite de aquel hotel, en el lago de Alemania, en la montaña de cuando era pequeño. Se le ocurrió variar el peso, la morfología de las tijeras: consiguió torcerlas un poquito, les ató una piedra, una mariposa, una hoja amarilla, una hoja colorada, un diamante, un rubí, una burbuja. Puede que fuera el estado de ánimo. Lo hizo cuando estaba enfadado como un tomate, agitado como una margarita, sosegado como su padre, triste como una ballena, alegre como el cristal, cansado como un sauce, enérgico como una aguja. Se informó un poco. Les puso música clásica, jazz, blues, country, pop, rock, heavy metal, grunge, flamenco. Las pintó de varios colores: amarillo arena, blanco nube, verde trol, rojo infierno, rosa pezón, azul lesbiana. A punto de rendirse a la evidencia, metió las tijeras en el coche y condujo miles de kilómetros, sin dormir, sin comer, hasta llegar al océano. Una vez allí respiró profundamente y, con la apostura de un atleta griego, lanzó las tijeras muy alto, altísimo, tan alto que las perdió de vista. Se detuvo unos minutos a escuchar el parloteo confuso de las olas y regresó a casa. Estaba dispuesto a recuperar los años malgastados. Veintiocho meses después, durante un paseo junto al hijo al que apenas conocía, un destello metálico brilló súbitamente en el cielo. César apenas tuvo tiempo de mirar antes de caer muerto, con el cráneo atravesado por unas tijeras.

El funeral de Augustus

Yo no quiero ir, pero no puedo hacer nada. Me avergüenza estar en su compañía. Augustus es un hombre detestable. Me lleva en contra de mi voluntad a ver al pobre Franz, que en vida se creyó amigo íntimo de mi monstruoso amo. Yo estoy escondida. A oscuras. No quiere que salga, porque si lo hago podría delatarle. Lo escucho dar el pésame a María, la hermosa y cruel viuda. Otras cosas menos tristes le he oído verter en sus oídos. Luego, Augustus se acerca a un tal Bernard, al que supongo también amigo del difunto Franz. Compungido, Bernard le confiesa a Augustus que Franz habló con él antes de suicidarse. Estaba muy afectado, porque descubrió que María tenía un amante. Él no le creyó. Entonces Franz le mostró la factura de una costosa pipa de espuma de mar, a nombre de María. Franz no fumaba y María no quiso contarle para quién la había comprado. Bernard le pide a Augustus que todo quede entre ellos. Augustus lo promete. Llega hasta mí para asegurarse de que no me he movido y me da unos toquecitos en la oscuridad. No soporto esta situación. Yo lo supe desde el principio. Me siento culpable. Pero, ¿qué podía hacer entonces? ¿Qué puedo hacer ahora?  Augustus es implacable. Cuando no haya testigos, me sacará de su bolsillo, me llenará de tabaco y me chupará sin compasión.

Fidelidad

Adela se tambaleaba constantemente porque se sentía inclinada hacia dos hombres distintos. Los días impares la llevaban a los brazos de A, su amante, por el que sentía devoción. Los días pares la conducían al lecho de Y, su marido, acuciada por el deber marital. Como no quería faltar el respeto a ninguno de los dos en la cama, se prometió que siempre gritaría el nombre de ambos cuando hiciera el amor. Así, cuando sudaba sobre el cuerpo del amante, gritaba AY, AY y cuando temblaba bajo el peso del marido gritaba YA, YA.