Palabras de hombre muerto en “El mollete literario”

En la edición de enero de 2014 de la publicación mexicana El mollete literario, en la sección “Terapia de grupo” dirigida por Freddy Secudino aparece mi microcuento “Palabras de hombre muerto”, que les presento a continuación. Pueden descargarse el número de la revista pinchando a continuación en El mollete literario.

Palabras de hombre muerto

A Marta ya le habían dicho que el vecino de arriba era raro. Tenía miedo a la muerte. A una muerte lenta, silenciosa, anónima. Vivía solo desde hacía mucho. No recibía visitas. Temía morir y que nadie encontrase su cadáver. Por eso cada día, en intervalos de unos treinta minutos, su vecino dejaba caer un pedazo de papel en el que escribía, con caligrafía de caléndula, una palabra. A Marta, al principio, la enternecía esta costumbre. Le hacía gracia. Pronto se percató de que jamás repetía una palabra. Así, caían elefantes, engranajes, café, caballeros, granadas, amor, polvo, él, magdalena, rata, moco, filantropía, licenciados, suave, primoroso, sastre, gata, enano, chinos, oraciones. Marta vivía sumida en un torrente de celulosa, en una desesperada lluvia de palabrería. Obviamente, resultaba molesto tener que barrer cada día los nazis y los musulmanes, los ahogados y las cerezas, los pájaros y los océanos y las diecisiete variedades de arbustos, las doce tribus de Israel todas esparcidas y arrugadas en su patio. Una vez encontró un petirrojo bajo su almohada y otra un dedo en la sopa. Del cabello se había sacudido galimatías, laberintos y lagartos. Empezaba a estar harta.

Entonces percibió algo, un oscuro retorcerse en la caligrafía de su vecino, que ya no era de caléndula, sino de enredadera. Había notado, también, cierta alteración en la temática. Ahora no paraba de recoger del patio huesos, cavernas, nudos. Con su letra de musgo, sus trazos mohosos, comenzó a escribir sangre, hígado, podrido, agujero. La frecuencia comenzó a disminuir. Los papelitos caían cada hora, cada atardecer, cada semana. Marta recordará siempre la última palabra que recogió. “Gracias”.

 

Olvido selectivo

Juan padecía de eso que hemos venido a llamar un olvido selectivo. Sin embargo, no sabemos si por falta de imaginación o si por alguna deformidad del cerebro, Juan no era realmente capaz de olvidar todo lo que quería. Solo le fue dada, por decirlo de alguna manera, la facultad de olvidar todos los miércoles de su vida. No pudo darnos ninguna información valiosa sobre por qué, de entre todos los días de la semana, de entre todas las posibilidades, había olvidado, precisamente, los miércoles. Por supuesto, no era capaz de decirnos si algo espantoso había sucedido un miércoles o si había algún miércoles en el que le hubiera pasado algo bueno, algún miércoles de su vida que no quisiera olvidar. Pero lo que verdaderamente nos interesaba, lo que nos hacía pasar las noches en vela era qué haría Juan ahora que sabía que iba a olvidar todos los miércoles. No quisimos darle nada a entender, para no condicionarlo. Simplemente nos dispusimos a vigilarle, a perseguirlo con una tenacidad científica. Instalamos algunas cámaras en su casa; Alfredo apostaba el coche cerca de su apartamento. Tenemos cientos de vídeos, recopilados a lo largo de años. Siempre lo mismo. Juan se sentaba en su sofá, casi a oscuras, y acariciaba a su gato. A veces encendía la televisión.

Sagaz

Admitámoslo. Hay demasiados escritores infestando nuestro planeta. Demasiada gente escribiendo. Por este motivo, Hilario decidió especializarse en una palabra. Concretamente, en la palabra “sagaz”. No “sagacidadnisagaces”. La única palabra que podía escribir era “sagaz”. ¡Y cómo la escribía! En el contexto adecuado, en el momento justo, su palabra “sagaz” abría un universo de nuevas e inimaginadas significaciones. En Sagaz, su autobiografía,  explica detalladamente el complicado proceso que suponía crear una obra de envergadura a través de una única palabra. A su vez, expone dichos métodos empleando exclusivamente la palabra “sagaz”. En su segunda novela, SaGaz, somos testigos de algunas técnicas que podrían calificarse como surrealistas. Hilario comienza a experimentar con la forma de la palabra “sagaz”. Así, mediante variaciones de tamaño, fuente o color, Hilario nos da cuenta de la conmovedora historia de un vate japonés atrapado en un refugio antiaéreo durante los bombardeos alemanes sobre la ciudad de Coventry (Gran Bretaña) en el año 1940. Ha pasado ya a los anales de la literatura el hermosísimo fragmento del capítulo VI,  “sAGaz”, que reproducimos a continuación:

sagaz

La ondina y el buzo

Al principio, la ondina se divertía ahogando a los jóvenes que se le antojaban hermosos. Una vez que dejaban de respirar, les adornaba las sienes con algas y les llenaba el cuerpo de flores y piedrecitas brillantes. Como no se movían resultaban aburridos y pronto se cansaba de ellos. Así, se veía obligada a renovar su colección con cierta frecuencia. Una noche, atisbó el cuerpo cristalino de un joven sobre el fondo del río. Al aproximarse, pudo comprobar que aún estaba vivo. Mordía un fruto que desprendía burbujas y a la espalda llevaba un caparazón duro y amarillo. Lo conquistó fácilmente. Los primeros días fueron maravillosos. Sin duda, con movimiento todo resultaba mucho más entretenido. Con el tiempo, descubrieron que podían comunicarse a través de los gestos. Durante unas horas no estuvo mal. Resultaba práctico, como mínimo. Luego empezaron las peleas. Era insoportable. Quizás ella insistió con demasiada rudeza en que él dejara de moverse. Su muerte fue un malentendido, en todo caso, pero resultó para bien. Ahora se llevan mucho mejor.

Mi microrrelato “Fidelidad” ha sido publicado en la página de poesía “La bella voz”, coordinada por Freddy Secudino, en el periódico mensual El mollete literario (México). Los animo a descargarse la edición digital pinchando aquí.

 

 

 

Cosmogonía

A Pupu Wachilam Apokteke el polvo de las estrellas le hizo pegar un gran estornudo. Así se crearon las montañas y los mares y todo lo que hay sobre la tierra. Pero Pupu Apokteke detestaba no tener con quien conversar, de modo que decidió construir una criatura que pudiese hablar igual que él. Primero hizo hombres con la madera de los árboles. Mas sus lenguas de palo solo hacían tic-tic, toc-toc. Además, estaban siempre muy tristes porque no podían abrazarse sin comenzar a arder. Por eso, de tanto llorar, sus cuerpos acabaron pudriéndose y abandonaron al dios.

Entonces Pupu Apokteke hizo hombres con las nubes. Mas sus lenguas las deshacía el viento antes de que pudiesen decir palabra. Al final, todos se durmieron porque les parecía que un mundo en el que nada fuese permanente debía de ser un sueño y abandonaron al dios.

Entonces Pupu Apokteke quiso hacer hombres de las sardinas y se horrorizó al comprobar que tenían los ojos vacíos. Sus lenguas de peces solo sabían hacer burbujas y daba miedo contemplar cómo se miraban sin verse en la fría oscuridad del océano. Por ello les quitó la vida y de este modo abandonaron al dios.

Entonces Pupu Apokteke decidió cortarse la lengua y hacer hombres de carne. Mas sus creaciones se giraron orgullosas hacia él y le hablaron con auténticas palabras: “No creas, dios, que tú nos has creado. Hemos sido nosotros quienes te hemos hecho con nuestras palabras. Ahora ya no tienes poder porque te hemos dejado mudo. Vete y no vuelvas a molestarnos”. El dios quiso hablar y deshacer a aquellos seres con palabras terribles, pero se dio cuenta de que ya no tenía lengua. Espantado de sí mismo, pensando que era él la creación de aquellas criaturas temibles, Pupu Apokteke abandonó a los hombres y no volvió nunca más. 

Tijeras

A César se le cayeron las tijeras. Las puntas lo señalaron y su madre dijo: “es un presagio de muerte”. Él las recogió y no le dio importancia. Poco después, las tijeras volvieron a dar contra el suelo y, de nuevo, las relucientes puntas metálicas lo señalaron como dos dedos fríos. César decidió dejarlas sobre la mesa. Quizá demasiado cerca del borde. En cualquier caso, las tijeras se precipitaron y las puntas, con un giro acrobático, se dirigieron una vez más hacia él. Soltó un bufido. Tomó las tijeras y las lanzó al aire. Una, dos, tres veces. Once, doce, trece. Catorce, por si acaso. Probó a tirarlas desde diferentes posturas: agachado, de puntillas, en cuclillas, de espaldas, de rodillas, haciendo la parsvakosana, la halasana, la vajrasana, la flor de loto, la bananita. Decidió entonces variar la altura: diez centímetros, desde el estante medio, desde el estante alto, subido a la cama, a la mesa, a la escalera, desde el piso de arriba. Tal vez se trataba de él. Le pidió a su mujer que las tirase. Se lo pidió a su madre, a su hermano, a su cuñada, a su jefe, a su dentista, a su peluquero, a Pedro el del gas, al chino Yan, al mendigo de las caracolas. Podría tratarse del lugar. Las lanzó en casa de Manuel, en el parque, en el supermercado, en el aparcamiento, en la suite de aquel hotel, en el lago de Alemania, en la montaña de cuando era pequeño. Se le ocurrió variar el peso, la morfología de las tijeras: consiguió torcerlas un poquito, les ató una piedra, una mariposa, una hoja amarilla, una hoja colorada, un diamante, un rubí, una burbuja. Puede que fuera el estado de ánimo. Lo hizo cuando estaba enfadado como un tomate, agitado como una margarita, sosegado como su padre, triste como una ballena, alegre como el cristal, cansado como un sauce, enérgico como una aguja. Se informó un poco. Les puso música clásica, jazz, blues, country, pop, rock, heavy metal, grunge, flamenco. Las pintó de varios colores: amarillo arena, blanco nube, verde trol, rojo infierno, rosa pezón, azul lesbiana. A punto de rendirse a la evidencia, metió las tijeras en el coche y condujo miles de kilómetros, sin dormir, sin comer, hasta llegar al océano. Una vez allí respiró profundamente y, con la apostura de un atleta griego, lanzó las tijeras muy alto, altísimo, tan alto que las perdió de vista. Se detuvo unos minutos a escuchar el parloteo confuso de las olas y regresó a casa. Estaba dispuesto a recuperar los años malgastados. Veintiocho meses después, durante un paseo junto al hijo al que apenas conocía, un destello metálico brilló súbitamente en el cielo. César apenas tuvo tiempo de mirar antes de caer muerto, con el cráneo atravesado por unas tijeras.

El funeral de Augustus

Yo no quiero ir, pero no puedo hacer nada. Me avergüenza estar en su compañía. Augustus es un hombre detestable. Me lleva en contra de mi voluntad a ver al pobre Franz, que en vida se creyó amigo íntimo de mi monstruoso amo. Yo estoy escondida. A oscuras. No quiere que salga, porque si lo hago podría delatarle. Lo escucho dar el pésame a María, la hermosa y cruel viuda. Otras cosas menos tristes le he oído verter en sus oídos. Luego, Augustus se acerca a un tal Bernard, al que supongo también amigo del difunto Franz. Compungido, Bernard le confiesa a Augustus que Franz habló con él antes de suicidarse. Estaba muy afectado, porque descubrió que María tenía un amante. Él no le creyó. Entonces Franz le mostró la factura de una costosa pipa de espuma de mar, a nombre de María. Franz no fumaba y María no quiso contarle para quién la había comprado. Bernard le pide a Augustus que todo quede entre ellos. Augustus lo promete. Llega hasta mí para asegurarse de que no me he movido y me da unos toquecitos en la oscuridad. No soporto esta situación. Yo lo supe desde el principio. Me siento culpable. Pero, ¿qué podía hacer entonces? ¿Qué puedo hacer ahora?  Augustus es implacable. Cuando no haya testigos, me sacará de su bolsillo, me llenará de tabaco y me chupará sin compasión.

Lola la polípata

Lola era polípata porque sabía hablar español e inglés. Qué orgullosa lo declaraba. Pero si queremos ser exactos, precisos, justos o matemáticos, no sería correcto afirmar que Lola “hablaba dos idiomas”. Lola, más bien, mordía español, pateaba inglés, pegaba erres, escupía conjunciones, bateaba adjetivos, chupeteaba vocales, masticaba preguntas, rumiaba subjuntivos, gateaba los plurales, desquiciaba exclamativas. Lo que hacía Lola, en definitiva, no era estrictamente “hablar”. Cuentan que cuando quiso aprender lo que antes conocíamos como el idioma del amor en Francia se sintió un misterioso temblor y una grieta atravesó las colonias de parte a parte. Los kroizzanets ya no saben igual ni nadie va ya a los bayetes.