“La carretera”, de Cormac McCarthy

Esta novela, elucubrada por la mente del estadounidense Cormac McCarthy, fue publicada en 2006. En 2007 recibió el premio Pulitzer de literatura y en 2009 fue adaptada al cine. La dirigió John Hillcoat y la protagonizaron Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee.

La novela está ambientada en un mundo postapocalíptico. La Tierra ha sido devastada misteriosamente y solo quedan polvo y ceniza. Un padre y su hijo intentan sobrevivir en la carretera.

El propio título resulta ya revelador. “La carretera” hace referencia al camino, metáfora habitual de la vida del hombre. Por otro lado, la carretera, como la vida, implica un punto de salida y un lugar de llegada: una meta, un propósito. En el caso de este padre y su hijo, adonde se dirigen es hacia el mar. Es difícil evitar la comparación con las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique.

“Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir”.

Nuestros protagonistas inician su viaje desde la perspectiva de su vida pasada. A sus espaldas dejan un mundo que ya no existe: una tierra fértil, un cielo azul, un hogar feliz. La carretera es el discurrir de sus vidas, su constante empeño por vivir en un mundo árido y desolador. El mar es su destino final. En un mundo que se está muriendo, el mar funciona como un atisbo leve de esperanza. Es el falso motivo por el que siguen la ruta de la carretera. Y digo falso porque ninguno de los dos espera realmente que el mar sea la solución a sus desdichas.

Son muchos los libros que tratan el tema del fin del mundo. Precisamente hace un mes, el 21 de diciembre de 2012, se auguraba un nuevo cataclismo. El fin del mundo se ha vaticinado en numerosas ocasiones a lo largo de la historia y ha preocupado a todas las civilizaciones. Podemos inferir, por tanto, que se trata de un asunto verdaderamente importante para la humanidad o, en todo caso, que al menos es un buen tema para un libro.

El fin del mundo posee diversas manifestaciones, desde la ira de los dioses a una invasión alienígena. En este caso, un mal desconocido asola la tierra. Los árboles se pudren, los cultivos se vuelven infértiles, los ríos se secan y el fuego lo convierte todo en ceniza. El apocalipsis de Cormac McCarthy es frío, gris y silencioso. El planeta ha muerto y está pudriéndose, disolviéndose en cenizas.

En el mundo que nos presenta el autor la esperanza no es posible. Nada volverá a ser como era. No hay ninguna posibilidad de que la humanidad ni el planeta se recuperen. Ya no quedan plantas ni animales. Sobreviven gracias a los restos de la civilización, comiendo conservas y vistiendo harapos. Los peligros que les acechan en la carretera son numerosos. Tendrán que huir no solamente de las lluvias, el frío y los repentinos incendios y derrumbamientos de árboles, sino que también deberán esconderse de los otros supervivientes.

Siempre sale a relucir en las ambientaciones postapocalípticas la cuestión del comportamiento de las personas en una situación extrema. ¿Se unen o intentan destruirse? El padre, queriendo que resulte más fácil para su hijo, divide a los hombres en buenos y malos. Le asegura que ellos son los buenos, lo cual puede justificar en su momento tanto el daño que ellos puedan hacer a otros como el daño que otros quieran infligirles. Repitiendo sus palabras, ellos son “los que llevan el fuego”, los que mantienen viva la esencia de la humanidad. Esto no puede dejar de recordarnos al mito de Prometeo.

Por otra parte, el hecho de que los protagonistas sean un padre y su hijo resulta también significativo. Se traduce en la necesidad de continuar con el linaje. La única esperanza plausible que puede albergar el padre, la única luz al final del túnel es su hijo. Seguramente, de no ser por él el padre no habría podido continuar y se habría rendido. De ahí su necesidad de protegerlo. Intenta también preservar su inocencia a lo largo de gran parte del libro, aunque finalmente se ve obligado a hacer concesiones. En la novela, el personaje del hijo sufrirá cambios importantes. El hijo representa la inocencia y la bondad. Sin embargo, irá abandonando su antigua concepción del mundo a medida que se enfrenta a ciertas adversidades.

Una diferencia importante entre ambos es que mientras al padre solo le queda pasado, el hijo solamente dispone de futuro. El padre sufre con los recuerdos de su vida anterior: el cielo azul, las flores, la comida, su mujer. El chico casi no guarda recuerdos sobre cómo era el mundo antes. Es algo imaginado, recreado a través de las palabras de su padre pero que no significa nada. Sus recuerdos son los de un mundo que se muere. ¿Qué es más triste? ¿Saber que la felicidad no podrá repetirse o no haberla conocido nunca?

El estilo de Cormac McCarthy es crudo, lacónico y devastador. Los diálogos entre padre e hijo son cortos y angustiosos. La novela no resulta densa y mantiene un buen ritmo. Es sorprendente la rapidez con la que se lee, puesto que los personajes pasan la mayor parte del tiempo caminando por la carretera sin que nada realmente suceda. No obstante, es fácil meterse en la piel de los supervivientes. A menudo nos sorprendemos preocupándonos por encontrar una nueva rueda para el carrito o más latas en una casa.

En definitiva, La carretera es una novela dura y patética (“que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía”, como reza el Diccionario de la Real Academia). El fin del mundo, al fin y al cabo, es una reproducción a gran escala de nuestra propia muerte. La desesperación es tal que tanto el padre como el hijo se plantean el suicidio como una salida en sus momentos más bajos. No hay esperanza. ¿Para qué continuar? ¿Por qué querer seguir viviendo en un mundo que va a morir? La respuesta es en realidad sencilla: porque sí. Su voluntad es lo único que los separa de la muerte y el vacío. La vida es una decisión propia.

Quizá sea mi necesidad de autoconsuelo y de buscar un mensaje lo que me lleva a afirmar que La carretera es, en el fondo, una exaltación de la voluntad humana.

La carretera (libro)

Cosas molestas sobre los libros

Me gustan gordos, delgados, grandes, pequeños, viejos y jóvenes. No me importa el color ni la altura. Ni siquiera tengo en cuenta si están o no muy limpios. Es verdad que suelo preferirlos inteligentes y divertidos, pero pasaría las noches en compañía de casi cualquiera. Lo confieso: los libros me gustan muchísimo.

Sin embargo, como en toda relación amorosa, también hay cosas que me molestan de ellos. Arriesgándome a parecer materialista, declaro que lo que más me enrabieta es su precio. Sí, el dinero, that clinking clanking sound. Si solo pudiera leer los libros que compro, andaría por ahí desnuda y desnutrida. Los libros son carísimos y ni siquiera percibo diferencias relevantes entre los distintos formatos, como por ejemplo entre ediciones de bolsillo y tapa dura.

Por suerte para mí, existe una infinidad de alternativas románticas. Las bibliotecas son bastante bucólicas. No hay que descartar el robo o la piratería. Por último, disponemos de librerías de segunda mano. La mayor parte de los libros que poseo los he adquirido de esta manera. Además, me gusta poseerlos, hacerlos míos, no que la biblioteca me los “preste” (así, con arrogancia). Resulta incómodo que encima me pongan límites y se burlen mi capacidad como lectora (“¡Oh! ¿Ha sacado usted este libro de mil páginas? Seguro que podrá leerlo en una semana, como todo el mundo”). Esos son algunos de los motivos por los que prefiero estos libros, sin mencionar la intrínseca emoción de abrir mi ejemplar de segunda mano recién adquirido y encontrar alguna maravilla. Es habitual encontrarse postales, pegatinas, listas de la compra y dedicatorias tales como “De tu tía Pepita que te quiere. Espero que este libro te ayude tanto como a mí y que lo lleves siempre contigo”. La sorpresa también puede ser negativa. Dejé de leer dos páginas de El amante de Lady Chatterley porque estaban cubiertas de un inmenso, verde y seco moco.

Hoy, solo compro un libro cuando o verdaderamente me desespera no tenerlo o, la mayor parte de las veces, cuando considero que el libro es lo suficientemente bonito como para servir de decoración. Como quien compra un jarrón, lo admito.

No obstante, algo que realmente me saca de mis casillas es que el precio de los eBooks continúe siendo tan incomprensible y exasperadamente desorbitado. A veces me pregunto si es que a las editoriales no les interesa que salgan adelante los libros digitales. Es cierto que esto no sucede siempre. Muchas editoriales realizan ofertas competentes con sus libros electrónicos (por poner un ejemplo: 23 Escalones), pero no suele ser el caso, especialmente en lo que respecta a las grandes editoriales.

Desde mi punto de vista, el libro en formato papel acabará quedando desfasado en cuanto dejemos de resistirnos. Por mi parte, no comprendo ese desesperado aferrarse a la celulosa, como si fuéramos cabras en lugar de hombres. El libro digital ofrece numerosas ventajas. El solo hecho de poder guardar lo que subrayo en un documento de texto me ha resultado de lo más útil en muchas ocasiones. Por otro lado, no me refiero únicamente a los usos prácticos, sino también a las posibilidades artísticas. Se me viene a las mientes, por ejemplo, el libro para Ipad. ¿No podríamos hacer libros verdaderamente hermosos?

Para ir terminando, quiero dejar claro que en ningún momento se trata de no pagar. Elaborar un libro conlleva mucho esfuerzo y estoy más que dispuesta a rascarme los bolsillos por un producto bien ejecutado. Siempre que leo un libro descargado de un enlace misterioso, me asalta la duda de si verdaderamente me estaré leyendo La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o la versión de algún tipo retorcido que quiere hacerse pasar por él. Lo que no estoy dispuesta es a pagar precios demasiado altos y menos a sabiendas de que en otros países la gente adquiere libros a precios moderados.

Desde aquí, como si fueran a hacerme caso, hago un llamamiento a las editoriales para que entren en razón. Por favor, quiero un mercado de libro electrónico justo. Y si no lo hacen por mí, háganlo por los árboles.

Denme de leer, que tengo hambre de libro.

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