¿Es autopublicarse una vergüenza?

La autopublicación es una especie de tabú entre escritores. Un tema que enrojece mejillas y pica en el ego. No son pocos los que consideran que autopublicarse es una desgracia, un deshonor que mancillará tu linaje familiar por generaciones. Si una editorial no te publica significa que no eres bueno. No le gustas a nadie. No sabes escribir. Seguramente deberías rendirte. ¿Pero cuánta verdad hay en esto?

Existen una serie de prejuicios en relación con las obras autopublicadas: están mal escritas, repletas de errores tipográficos, faltas de ortografía y gramática, están mal maquetadas, la portada es una foto que el autor encontró en Google Imágenes… En resumen, se piensa que la calidad de las obras autopublicadas es mala. En contraposición, la calidad de las obras publicadas por editoriales es buena, porque ha pasado por un proceso de selección y pulimiento editorial. Es una pena que esto no siempre sea verdad.

No en todas las editoriales se realiza un buen trabajo editorial. Algunas no se molestan en llamar a un profesional que corrija los textos. Es muy común que ni siquiera creen ilustraciones propias, sino que saquen portadas y dibujos de un banco de imágenes (mírame y dime que en tu estantería no hay portadas repletas de cuadros del siglo XVI). Por supuesto, no todas las editoriales son iguales, las hay que realizan un trabajo magnífico, aunque incluso las grandes cometen fallos. Una vez compré un libro al que le faltaba una página, por ejemplo, y no son pocas las veces que he encontrado erratas o faltas de ortografía y gramática en editoriales bien consideradas (es muy corriente, por ejemplo, que no se pongan al día, y así sigo teniendo libros editados recientemente que se resisten a soltar las tildes de “éste” o “sólo”).

Una editorial puede hacer un mal trabajo y lo mismo puede pasar con un autor que decide autopublicarse. Sin embargo, una editorial también puede ejecutar un buen trabajo, de la misma forma que un autor que decide autopublicarse. El problema, por supuesto, es que es más difícil trabajar solo que tener un equipo. Tal vez lo tuyo sea solo escribir y no tengas ni idea de maquetar, corregir o crear portadas (aunque opino que todo el mundo puede aprender, en internet hay herramientas e información de sobra). Si este fuera el caso, no debes asustarte. Si no te apetece aprender o necesitas ayuda, en INTERNET también hay profesionales freelance: editores, ilustradores, correctores y maquetadores que sin duda podrán echarte una mano. Si quieres hacer algo más ambicioso y te preocupa la financiación, siempre puedes iniciar una campaña de crowfunding.

¿Es, pues, autopublicarse una vergüenza? No. ¿Es malo? En absoluto. Incluso puede que tenga más sentido en tu caso y que, en lugar de mendigar de editorial en editorial, debieras considerar la autopublicación como tu primera opción. Si te deshaces de esa vocecilla insidiosa que te susurra al oído que si otro no te publica significa que no vales, podrás ver que la autopublicación, de hecho, tiene numerosas ventajas. No necesitas que una editorial te valide como escritor. Las editoriales publican a García Márquez y a Paulo Coelho. ¿De verdad piensas que es una cuestión de calidad literaria?

Las editoriales son negocios. Es raro que publiquen un libro que piensen que no pueden vender o que publiquen a un mindundi. Normalmente se publica a gente que ya es conocida, que cuenta ya con una audiencia: es decir, con compradores. Si no tienes audiencia ni trayectoria, lo tienes difícil. Entonces, si eres tú quien debe crear su propia audiencia… ¿Qué está haciendo la editorial por ti? ¿Hace de verdad un buen trabajo de difusión y está alcanzando a un público al que tú no podrías acceder? Si no es así, ¿sigue valiendo la pena? ¿Realiza la editorial un buen trabajo de corrección, maquetación y distribución? Son cuestiones que incluso los autores consagrados deberían plantearse. Piensa también que el porcentaje que un escritor se lleva de la venta de sus libros normalmente oscila entre el 5% y el 20%. Con la autopublicación, no obstante, el porcentaje de ganancias es mucho más alto. También tienes una mayor libertad y control sobre el proceso creativo. Nadie te va a exigir que quites la palabra “culo”. Tú eres el  jefe. Esto te permite dar a conocer contenido que quizá no habría visto la luz si te hubieras limitado a las editoriales.

No se trata de que las editoriales sean diabólicas. Las editoriales son, simplemente, negocios. Negocios que tienen un modelo un tanto anticuado y que ya no ganan tanto dinero. El modelo está cambiando para todos los medios, y las editoriales no son una excepción (la gente prefiere contratar Netflix en lugar de grabarse las series en VHS y no pasa nada). De ahí que hayan surgido muchas “editoriales de autopublicación” que intentan cambiar el modelo tradicional, como Lulú o Bubok, o que hayan florecido editoriales estafa, en las que el trabajo editorial es inexistente: simplemente imprimen tu libro y te obligan a venderle un número de copias a tus familiares y amigos de las que no solo no ves un céntimo, sino que encima deberás pagar si no consigues vender.

Así pues, si eres un autor novel (aunque yo diría que muchos autores publicados también deberían planteárselo), piénsatelo. No te prometo que vaya a ser fácil, ni que tus primeras obras vayan a ser excelentes. Ya irás mejorando, aprendiendo, ganando contactos. Pero empieza. Lo peor no es fracasar. Lo peor es no atreverse nunca.

Para animarte, te dejo algunos autores que se autopublicaron: Jane Austen, Marcel Proust, Edgar Allan Poe, Walt Whitman… Y estos son solo algunos ejemplos.

El pecado de Kim Dotcom, el papito de Megaupload

El tema que en estos días nos arde a todos en la lengua es el cierre de Megaupload por parte del FBI. Se acusa a Kim Schmitz y a sus colaboradores de haber tomado parte en una conspiración criminal para lucrarse con la distribución ilegal de contenido protegido por las leyes de propiedad intelectual. Kim ‘Dotcom’, fundador de Megaupload Limited y Vestor Limited, junto con tres de los colaboradores, continúa en prisión preventiva. Esta operación se llevó a cabo un día después de que algunas páginas web protestaran contra la iniciativa de la ley SOPA de los Estados Unidos. El Departamento de Justicia y el FBI alegan que los administradores de Megaupload han hecho perder a la industria del entretenimiento 386 millones de dólares. En respuesta, el grupo Anonymous ha decidido hackear las páginas del FBI, del Departamento de Justicia estadounidense, la de Universal Music y las de las patronales discográfica y cinematográfica, entre otras. Así, el proyecto de ley SOPA ha sido retirado del Congreso. En España, cómo no, nos hemos tragado Sinde con papitas y guarnición de ensalada.

En las noticias (noticias que no veo, porque ya no enciendo la tele, pero con las que coincido de vez en cuando en el salón gracias a padres y abuelos), nos presentan a Kim Dotcom como un papi chulo mafioso y descarado. Lo vemos con gafas de sol tomando una copa en su jet privado, posando junto a sus deportivos, rodeado de mujeres hermosas pese a estar casado. Vive en una mansión en Nueva Zelanda. Se ha gastado una millonada para que le den la nacionalidad neozelandesa. Y se supone que uno debe abrir mucho los ojos, asombrarse y reprobar tales cosas negando vehementemente con la cabeza. ¡Sandeces, paparruchas y pamplinas! ¿En qué se diferencia Herr Schmitz de cualquier otro magnate? Claro que es millonario. Ha sido un pionero. Ha sabido cómo adaptarse a la nueva forma de consumir de los usuarios. El gran pecado de Kim Dotcom ha sido adelantarse a los distribuidores de entretenimiento, que se empeñan en perpetuar una forma obsoleta de hacer negocio y presionan a los gobiernos para que actúen en su beneficio.

Además, ¿tanto dinero ‘estiman’ que les han hecho perder? La gente no deja de ir al cine por poder descargarse la película. Ir al cine es un evento social. Apoquinas porque vas acompañado, por las butacas, por la enorme pantalla, por las roscas. En todo caso, la gente ve películas por las que no pagaría, lo cual es en realidad una gran ventaja. Da a las películas la oportunidad de desmentir la mala impresión que nos dieron en un primer momento. Quién sabe. Incluso podemos llegar a comprarla si nos gusta. Yo no pagaría ni por la mitad de las cosas que me descargo. Puedo bajarme gratis, para reírme un rato, “California Gurls”, pero ni muerta me compro un disco de Katy Perry. Por ejemplo, la mayoría de libros que decido comprar me los he leído con anterioridad, bien porque me los han prestado, los he sacado de la biblioteca o porque me los he descargado de la red.

Los distribuidores de ocio lo están haciendo mal. No voy a abonarme a Digital Plus para poder ver series que no emiten en la televisión pública, porque no me dan la opción de ver lo que quiero cuando quiero.  No voy a estar atenta cada martes a las 20.15 para disfrutar de un nuevo capítulo de Dos hombres y medio (¿alguien realmente ve esa serie, por cierto?). No voy a desesperarme porque justo el martes que echaban el capítulo final he tenido que ir al hospital porque me he cortado el dedo con un cuchillo, ni exclamaré: “¡Ahora tendré que esperarme a que repitan la temporada!” Es absurdo que me decante por batir a mano el merengue cuando tengo a mi alcance una Minipimer. Todo esto por no mencionar que también se da la circunstancia de que, cuando intentan adaptarse a mis necesidades como compradora, tampoco aciertan. Me refiero especialmente a las editoriales en España, que pretenden venderme al mismo precio el libro en formato papel que el libro en formato digital. Y así me veo ante el dilema moral de comprar el libro en papel o para e-book. En el primer caso, siento que estoy matando árboles y ocupando espacio innecesario en mi estantería. En el segundo caso, me siento completamente estafada.

En definitiva, Internet es el nuevo Viejo Oeste, la ciudad sin ley. No obstante, si la industria del entretenimiento entrara en razón y se renovase podríamos dejar de pegarnos tiros. No habría más sheriffs-gobiernos, bandoleros-piratas ni forajidos-Anonymous. Podríamos vivir felices y comer perdices.

Incluso si las perdices tuvieran derechos de autor.

¡Ándese con cuidado! Intrnt y el mvl l welven analfabto!! :O

García Márquez, en aquel famoso discurso, tenía su parte de razón al dar a entender que la ortografía es un instrumento macabro para separar a los letrados de los iletrados, a los cultos de los incultos, esto es, a los privilegiados de los desafortunados, a los ricos de los pobres. En definitiva, la ortografía es una broma atroz de la élite económica e intelectual. Un muro. Una barrera. No voy a entrar en si esto debería ser así o no, en si la Asociación de Academias debería compadecerse o no de los hispanohablantes suprimiendo de una vez por todas las grafías ambiguas o sin correspondencia alguna con un fonema porque, bueno, pienso que la ‘ll’ es una letra súper guay y siempre me la imagino como unos siameses que no quieren separarse y la ‘h’, después de todo, nunca ha dicho nada para que nos volvamos en su contra. Simplemente quiero señalar que, como tantas otras cosas en la vida, tu forma de escribir te marca, es tu estrella de David. Nuestros mecanismos para juzgar a las personas son múltiples, variados y coloridos, y uno de ellos es la escritura. Si alguien escribe con faltas de ortografía (no digamos ya de coherencia o cohesión, que pueden ir o no acompañadas de las primeras) inmediatamente lo clasificamos como una persona inculta, poco leída, analfabeta o, en el mejor de los casos, descuidada.

De ahí proviene el terror acérrimo hacia los mensajes del móvil o sms y a la escritura a través de chat por Internet. Según padres, profesores, castellanos viejos y no sé qué otros oligarcas, la ‘escritura 2.0’ (sms, chat) hace que uno olvide por completo la ortografía y se vaya transformando lenta pero irremisiblemente en un analfabeto funcional. Nada más alejado de la realidad. Cuando me comunico a través de chat o sms, yo tb utilizo abreviaturas pq es + cómodo y acabo antes. Pero q aora scriba así no kiere decir q vaya a acer lo mismo si tengo q redactar un examen o mi currículum. Sé manejar los dos registros, de la misma manera que no escribo igual una carta dirigida a un amigo que al director del Banco Santander (a no ser que el director del Banco Santander fuese amigo mío, claro). Simplemente se trata de un registro diferente del habitual, con sus propias claves y señas. Escribir de esta manera no es lo que perjudica mi conocimiento de la ortografía. Lo que me lleva a desconocer las reglas de la escritura es no ir al colegio (o, a veces, ir al colegio), no leer, no practicar, que nadie me corrija al escribir una redacción en los centros oficiales de enseñanza que supuestamente deberían entrenarme para adquirir estas destrezas. Si en Internet se pone de manifiesto el desconocimiento ortográfico de muchos usuarios, es ya algo distinto. No es la causa, sino el medio que nos ha permitido darnos cuenta de que realmente hay mucha gente con problemas a la hora de ajustarse a las normas dictadas por nuestra limpia y esplendorosa Academia. Rebeldes ortotipográficos contra el Imperio.

Tanto a este respecto como en referencia a otros asuntos, deberíamos dejar de demonizar Internet y empezar a hacer más hincapié en sus beneficios. Al menos en Internet la gente lee y escribe, y mucho. ¿No es eso ya un avance?

Salud y larga vida a la RAE.