Tres microrrelatos publicados

He recibido una mención especial en el concurso de microrrelatos de terror de Hipujo Libros, que ha publicado tres de mis microcuentos. Con ellos les dejo.

Matthias

A Matthias se le había congelado el ojo izquierdo en la nevada de 1886. Dejó de salir al patio a tomar el sol por miedo a que se le derritiera. Las ancianas le preguntaban si veía bien, y él contestaba que era todo casi igual, un poco más azul, más lejano, como si le importara menos. Los niños, sin embargo, querían saber qué veía si cerraba el ojo normal. Cuando Matthias los miraba con su ojo helado se movía de forma distinta, como si le pesaran los brazos. Ladeaba la cabeza y se lamía mucho los labios. Con una voz profunda y rasposa, distinta, les contestaba que veía huesos y espuma, cuevas y noches y una gran ladera cubierta de hielo y sangre. Los niños dejaron de venir, dicen, después de que Matthias intentara asfixiar al más pequeño.

 

Completa oscuridad

No podía dormir si no se encontraba en una completa oscuridad, pero la oscuridad nunca era completa. Apagaba la luz, corría las persianas. La oscuridad parecía completa unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraban y los objetos volvían a dibujarse con insufrible claridad. Un dolor agudo le hería las retinas al sentir el tenue resplandor de la ciudad.

Se mudó al campo para huir de la ambarina iridiscencia de las farolas. El refugio umbroso de los árboles no fue suficiente. Incluso a través del antifaz podía vislumbrar las siluetas. No podía dormir con aquellas formas clavadas en sus pupilas.

Se arrancó los ojos. Aun así, podía palpar las sábanas, la madera. Tenía asidos al cerebro los recuerdos, las imágenes de la mesita de noche, la lámpara, el armario recortándose sobre la insondable oscuridad de sus cuencas vacías. Todavía no podía dormir. El suicidio fue la única opción.

 

Ojos grises

Durante los eclipses lunares el elefante sudafricano puede hablar la lengua de los hombres. Es el único momento en el que el escarabajo Hércules puede encontrar el amor verdadero. Solo entonces pueden las flores cambiar de sitio y los ratones los celebran porque se vuelven ciegas las lechuzas. Todas las calles que giran hacia la izquierda se vuelven sobre sí mismas. Únicamente durante un eclipse de luna puedes encontrar lo que has perdido, pero nunca será nada bueno. A los albinos les crecen los dientes casi un centímetro y siempre muere un tigre blanco. Puedes hacer flotar las piedras sobre el agua y habrá algunos que ansíen probar la carne de sus hermanos. Tras los eclipses lunares, los hombres olvidan, a no ser que tengan, como yo, los ojos grises.

“Frankenstein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley

La autora, Mary Shelley, era hija de un famoso liberal inglés, William Godwin, y de Mary Wollstonecraft, adalid del movimiento feminista. Se casó con el poeta romántico Percy Bysshe Shelley. El matrimonio se relacionaba con otros literatos de la época, como Lord Byron. Es famosa la anécdota de que tanto el Frankenstein de Mary Shelley como El Vampiro de Polidori se concibieron durante el verano de 1816 en la Villa Diodati.

Aunque ha sido Frankestein la obra que le ha granjeado un lugar en la historia, Mary Shelley escribió crítica literaria, relatos cortos, novelas medievalistas y, ya en una línea más similar a la de Frankenstein, El último hombre, una ficción que narra el fin de la humanidad a causa de una plaga.

A pesar de que el imaginario popular se ha quedado con lo que tiene la narración de “terrorífico y horrible” y el cine ha convertido al monstruo de Frankenstein en un cliché, con sus característicos tornillos y su cabeza cuadrada, lo cierto es que el relato de Shelley está considerado el texto precursor de la moderna ciencia ficción.

El doctor Víctor Frankenstein se vale de sus conocimientos médicos para traspasar la barrera de lo posible, para arrebatar a la Naturaleza y a Dios la capacidad de crear vida. Animado y cegado por este afán científico, Víctor desdeña las implicaciones morales y se centra únicamente en llevar a cabo con éxito su experimento. Alquila un ático en un sitio apartado y se dedica a exhumar cadáveres en los cementerios, reuniendo las partes que necesita para crear a su hombre, a su moderno Prometeo. Víctor une los pedazos y consigue insuflar vida al cuerpo artificial gracias a la electricidad. Sin embargo, al poco tiempo se siente horrorizado de lo que ha hecho y abandona al monstruo a su suerte.

Frankenstein es una lectura marcada claramente por la época a la que pertenece. Su estructura epistolar nos recordará constantemente que estamos leyendo una obra del siglo XIX. No obstante, es un libro al que merece la pena echar un vistazo considerando no solo que en él se hallan los inicios de nuestra ciencia ficción sino también por el interés que despiertan las teorías acerca de la naturaleza humana de Mary Shelley.

Desde este punto de vista, Frankenstein nos plantea varias cuestiones. El monstruo creado por el doctor es rechazado nada más nacer por su propio padre. Lo único que desea es ser amado. Por desgracia, debido a su horripilante aspecto, el amor se le niega continuamente. Únicamente consigue trabar amistad con un hombre ciego, que le enseña algunas cosas, pero en cuanto es descubierto por la familia se ve forzado a abandonarlo. El monstruo, que aún no es consciente de su aspecto, se pregunta por qué no puede ser amado por nadie. Desconocedor de su propia monstruosidad, se hace amigo de una pequeña niña a la que asfixia sin querer, durante un juego inocente.

A parte de la niña y el hombre ciego, incapaces de juzgarlo por su exterior, la criatura del doctor Frankenstein jamás encuentra aceptación. Adonde quiera que va es perseguido, antes de que haya cometido ningún acto deplorable y contra él se cometen numerosas injusticias. Después de muchos sufrimientos, el monstruo acepta no solo que es un engendro, sino que se resigna a comportarse de forma cruel y malvada, porque es lo que los demás esperan de él, porque los demás no pueden imaginar bondad en él. Entonces se profundiza la ira hacia su creador, a quien maldice por haberlo hecho de esa manera, por haberlo creado para que nadie fuese capaz de amarlo. Inicia una persecución contra Víctor, asesinando deliberadamente a algunos de sus seres queridos. Le pide que lo comprenda. Lo tortura. Le ruega que cree para él una novia (el propio Víctor está a punto de casarse con Elisabeth), un ser igual que él, que sea capaz de amarlo. Al principio el científico accede con la esperanza de que el monstruo desaparezca pero, espantado ante la idea de repetir su odioso experimento, destruye el laboratoria y al nuevo engendro. Podemos imaginar los terribles acontecimientos que desencadenará esta decisión.

En su alegato final, el monstruo se debate entre la culpa por sus crímenes y las excusas. “Jamás podré esperar (la simpatía) de hombre alguno. Cuando deseaba la comprensión humana, era porque quería compartir con los demás el amor, la virtud y los afectuosos sentimientos que mi corazón contenía. Tiempo atrás yo esperaba, ingenuo de mí, hallar algunas criaturas que, ignorando mi fealdad y mi inmundo aspecto, me amaran por las excelentes virtudes que mi corazón atesoraba. (…) Deseaba el amor y la amistad, pero me eran cotidianamente negados. ¿No es esto una cruel injusticia? ¿Debo acaso ser considerado como el único criminal, cuando todos los humanos han pecado contra mí? (…) Yo (…) soy tan solo un monstruo hecho para ser golpeado e injuriado”.

Mary Shelley adopta la teoría de que todo hombre es bueno por naturaleza. Es la sociedad quien lo corrompe. Además, es el propio aspecto repulsivo y antinatural de la criatura el que lleva a todos a presuponer maldad en él. Al ser tratado como un monstruo, acaba convirtiéndose en uno, al igual que la cárcel transforma a Jean Valjean en un criminal en Los miserables de Víctor Hugo.

En definitiva, Frankenstein o el moderno Prometeo es una lectura que si bien es clara hija de su época en su lenguaje y su estructura (lo que podría resultar poco atrayente para un lector contemporáneo), ha sobrevivido por la originalidad del asunto. A Mary Shelley le deberemos siempre un pedazo de nuestra cultura popular.

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