Olvido selectivo

Juan padecía de eso que hemos venido a llamar un olvido selectivo. Sin embargo, no sabemos si por falta de imaginación o si por alguna deformidad del cerebro, Juan no era realmente capaz de olvidar todo lo que quería. Solo le fue dada, por decirlo de alguna manera, la facultad de olvidar todos los miércoles de su vida. No pudo darnos ninguna información valiosa sobre por qué, de entre todos los días de la semana, de entre todas las posibilidades, había olvidado, precisamente, los miércoles. Por supuesto, no era capaz de decirnos si algo espantoso había sucedido un miércoles o si había algún miércoles en el que le hubiera pasado algo bueno, algún miércoles de su vida que no quisiera olvidar. Pero lo que verdaderamente nos interesaba, lo que nos hacía pasar las noches en vela era qué haría Juan ahora que sabía que iba a olvidar todos los miércoles. No quisimos darle nada a entender, para no condicionarlo. Simplemente nos dispusimos a vigilarle, a perseguirlo con una tenacidad científica. Instalamos algunas cámaras en su casa; Alfredo apostaba el coche cerca de su apartamento. Tenemos cientos de vídeos, recopilados a lo largo de años. Siempre lo mismo. Juan se sentaba en su sofá, casi a oscuras, y acariciaba a su gato. A veces encendía la televisión.

Decían

Decían

que podía leer

las arrugas de los pétalos,

que en secreto

se afilaba los pezones,

que tenía el corazón

apretado como una manzana.

Decían

que se frotaba las axilas

con melaza y pan de otoño,

que solo comía

fotografías y huevos,

que se cortaba el cabello

con trozos de espejo gris.

Yo,

cuando la conocí,

solo me fijé

en las flores rojas

sobre sus muñecas.

Serpiente dorada

Entre el estrépito de los mechones rubios

encontré una serpiente dorada.

Lucía unos pendientes jázaros

y conocía las palabras hundidas de los atlantes.

En los atardeceres viejos

inventaba números

y decía que las frutas

le sabían a planeta.

Me regaló la semilla elástica

de su ojo izquierdo

antes de perderse nuevamente

en el bullicio soleado de la cabeza.

Se ahogarán…

Se ahogarán tus hijos

en la luz viscosa

de mi luna craquelada.

Los hijos de tus hijos

tendrán la sangre blanca

y no conocerán los relojes.

Te besará los tobillos

una nube de crótalos.

Tu único cielo

será una panza de avispa

y te estallará la piel

con un estruendo de langostas.

El agua que bebas

se volverá sudor de moscas

y solo comerás

tu propia carne.

Un ardor de estrella quemará la oscuridad

durante cuarenta días

y yo perviviré

con mi hambre de cocodrilo

y mis palabras galácticas

y tú serás

un pedazo de olvido pútrido entre mis dientes.

Mi microrrelato “Fidelidad” ha sido publicado en la página de poesía “La bella voz”, coordinada por Freddy Secudino, en el periódico mensual El mollete literario (México). Los animo a descargarse la edición digital pinchando aquí.

 

 

 

Piel de tambor

Amor,

me pones la piel de tambor

cuando me tumbas y ronroneas

bum bum bombón bum bum.

Siento hambre de hombre y de sombra,

de tus bembas de bombón.

Bum bum bombón bum bum.

Tus manos umbrosas me cimbrean,

me camban, me comban, me abomban.

Bum bum bombón bum bum.

El borboteo de tu saliva

se me derrama en las orejas.

Bum bum bombón bum bum.

Cae bramando la tromba de tus dedos

hacia el timbre entre mis muslos.

Bum bum bombón bum bum.

Encumbro tarumba tu nombre,

se escapa el ámbar de mi cuerpo.

Bum bum bombón bum bum.

Cosmogonía

A Pupu Wachilam Apokteke el polvo de las estrellas le hizo pegar un gran estornudo. Así se crearon las montañas y los mares y todo lo que hay sobre la tierra. Pero Pupu Apokteke detestaba no tener con quien conversar, de modo que decidió construir una criatura que pudiese hablar igual que él. Primero hizo hombres con la madera de los árboles. Mas sus lenguas de palo solo hacían tic-tic, toc-toc. Además, estaban siempre muy tristes porque no podían abrazarse sin comenzar a arder. Por eso, de tanto llorar, sus cuerpos acabaron pudriéndose y abandonaron al dios.

Entonces Pupu Apokteke hizo hombres con las nubes. Mas sus lenguas las deshacía el viento antes de que pudiesen decir palabra. Al final, todos se durmieron porque les parecía que un mundo en el que nada fuese permanente debía de ser un sueño y abandonaron al dios.

Entonces Pupu Apokteke quiso hacer hombres de las sardinas y se horrorizó al comprobar que tenían los ojos vacíos. Sus lenguas de peces solo sabían hacer burbujas y daba miedo contemplar cómo se miraban sin verse en la fría oscuridad del océano. Por ello les quitó la vida y de este modo abandonaron al dios.

Entonces Pupu Apokteke decidió cortarse la lengua y hacer hombres de carne. Mas sus creaciones se giraron orgullosas hacia él y le hablaron con auténticas palabras: “No creas, dios, que tú nos has creado. Hemos sido nosotros quienes te hemos hecho con nuestras palabras. Ahora ya no tienes poder porque te hemos dejado mudo. Vete y no vuelvas a molestarnos”. El dios quiso hablar y deshacer a aquellos seres con palabras terribles, pero se dio cuenta de que ya no tenía lengua. Espantado de sí mismo, pensando que era él la creación de aquellas criaturas temibles, Pupu Apokteke abandonó a los hombres y no volvió nunca más. 

Tijeras

A César se le cayeron las tijeras. Las puntas lo señalaron y su madre dijo: “es un presagio de muerte”. Él las recogió y no le dio importancia. Poco después, las tijeras volvieron a dar contra el suelo y, de nuevo, las relucientes puntas metálicas lo señalaron como dos dedos fríos. César decidió dejarlas sobre la mesa. Quizá demasiado cerca del borde. En cualquier caso, las tijeras se precipitaron y las puntas, con un giro acrobático, se dirigieron una vez más hacia él. Soltó un bufido. Tomó las tijeras y las lanzó al aire. Una, dos, tres veces. Once, doce, trece. Catorce, por si acaso. Probó a tirarlas desde diferentes posturas: agachado, de puntillas, en cuclillas, de espaldas, de rodillas, haciendo la parsvakosana, la halasana, la vajrasana, la flor de loto, la bananita. Decidió entonces variar la altura: diez centímetros, desde el estante medio, desde el estante alto, subido a la cama, a la mesa, a la escalera, desde el piso de arriba. Tal vez se trataba de él. Le pidió a su mujer que las tirase. Se lo pidió a su madre, a su hermano, a su cuñada, a su jefe, a su dentista, a su peluquero, a Pedro el del gas, al chino Yan, al mendigo de las caracolas. Podría tratarse del lugar. Las lanzó en casa de Manuel, en el parque, en el supermercado, en el aparcamiento, en la suite de aquel hotel, en el lago de Alemania, en la montaña de cuando era pequeño. Se le ocurrió variar el peso, la morfología de las tijeras: consiguió torcerlas un poquito, les ató una piedra, una mariposa, una hoja amarilla, una hoja colorada, un diamante, un rubí, una burbuja. Puede que fuera el estado de ánimo. Lo hizo cuando estaba enfadado como un tomate, agitado como una margarita, sosegado como su padre, triste como una ballena, alegre como el cristal, cansado como un sauce, enérgico como una aguja. Se informó un poco. Les puso música clásica, jazz, blues, country, pop, rock, heavy metal, grunge, flamenco. Las pintó de varios colores: amarillo arena, blanco nube, verde trol, rojo infierno, rosa pezón, azul lesbiana. A punto de rendirse a la evidencia, metió las tijeras en el coche y condujo miles de kilómetros, sin dormir, sin comer, hasta llegar al océano. Una vez allí respiró profundamente y, con la apostura de un atleta griego, lanzó las tijeras muy alto, altísimo, tan alto que las perdió de vista. Se detuvo unos minutos a escuchar el parloteo confuso de las olas y regresó a casa. Estaba dispuesto a recuperar los años malgastados. Veintiocho meses después, durante un paseo junto al hijo al que apenas conocía, un destello metálico brilló súbitamente en el cielo. César apenas tuvo tiempo de mirar antes de caer muerto, con el cráneo atravesado por unas tijeras.

Todo esto no es cierto

Las legañas del gato sobre el alféizar,

la arruga caliente sobre la sábana

y la saliva en el fondo del vaso.

Una vez dije “en este día grumoso”

y los ojos se murieron en sus cuencas.

Decidí dormir durante cincuenta y siete años

y desperté con una sinceridad cretense.

Sin embargo, seguías sin creer

el drama de las cerezas sobre el precipicio,

la soledad de la cáscara en las noches verdes.