Publicación de “Rosa”

La revista argentina “Extrañas noches” ha decidido publicar mi relato “Rosa”. Pueden leerlo en la revista o a continuación.

Rosa

Rosa, alma, cuerpo tan joven al borde de la muerte, al borde de la cama, la sonrisa húmeda, febril, la maraña de cabellos, hogar de pétalos, hojas, ramas, piedrecitas. Tu cuerpo apretado, demasiado joven, envuelto en una sábana apestosa, apenas cubierto por el camisón que el sudor te pega a los muslos, al vientre, a los pechos. La paz sea en esta casa y con todos los que habitan en ella. Tu abuela lanza sus ojos negros hacia mí y se persigna con una lentitud descarada. Ella lo pidió, padre, el último sacramento. Cuando se acerca el final todos se arrepienten. Incluso esta chiquilla. La silla es para usted. El alzacuello se convierte en una tenaza odiosa. Siento el calor irradiar desde tu piel, el aroma de tu cuerpo empapado. Tu abuela permanece inmóvil como un cuervo junto a la cabecera, esa vieja terrible que siempre te despreció, esas manos como sombras que te golpeaban en la oscuridad cuando volvías a casa después de haber estado quién sabe dónde, quién sabe con quién. Haciendo qué. Algo malo, Rosa, algo pecaminoso. No me lo contabas todo en las confesiones, solo lo que querías. Lo que sabías que me encendía. Lo que me molestaba. Algunos ya imaginamos que ibas a ser así, sobre todo después de tu primera sangre. Se te notaba en la forma de llevarte la comida a la boca, siempre introduciendo los dedos más de lo necesario, rozándote las yemas con la punta de la lengua. Se te notaba en cómo te removías en el asiento, de un lado a otro, incluso durante la misa, en cómo te frotabas con las esquinas del banco de madera, en cómo buscabas otras pieles entre la multitud. Solo tenías catorce años la primera vez que me susurraste a través de la rejilla del confesionario que acababas de desnudarte. Estoy desnuda, padre. Me he quitado el vestido, y las medias, me he quitado el sujetador y las braguitas, padre. Tenía las braguitas mojadas. Me puede oler si se acerca un poco. Aquí da un pizquito de frío y se me eriza la piel, pero me gusta. Los pezones me crecen y se endurecen, y cuando me acerco a usted, padrecito, mis pezones rozan la madera y siento
un calor grande, un calor húmedo aquí abajo, padrecito. Me gusta estar aquí desnuda, al otro lado, y hablarle y saber que usted no puede tocarme. ¿Le gustaría tocarme? Y aplicabas tu aliento cálido y dulce de caramelos, y tu lengua se deshacía con un chasquido suave y pegajoso de tu paladar, se estiraba y lamía, demorada, la rejilla que nos separaba.
Tu abuela me observa sacar el óleo sagrado de la bolsa. Siento su mirada como una enorme losa sobre mis hombros. El sol arranca brillos al aceite, sobre la mesa. Busco el agua bendita. Esparzo el agua sobre las paredes, sobre tu abuela, sobre ti. Las mancho, las purifico. Solo cuando me siento junto a ti me atrevo a mirarte directamente. Se te ahogan las pupilas en el iris moreno, y no sé si puedes verme. Ya no habla, padre. Expresó su deseo antes de quedarse así. Quería que viniera usted. Acerco el crucifijo que guardo en el pecho a tu boca gruesa, entreabierta, aún inexplicablemente rojiza. Un beso. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho. He pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor. El aceite está caliente, denso, pringoso. Mi pulgar dibuja la cruz sobre tus párpados tersos. Por esta santa unción te perdone Dios cuanto has faltado por la vista. Porque te gustaba mirar, Rosa, mirar y ser mirada. Te subías la falda en los días de calor y te mojabas la camisa en la fuente para marcar la redondez de las pequeñas tetas y alzarte los pezones tiernos.
Mi dedo sobre los lóbulos aterciopelados de tus orejas. Te remita Dios cuanto has faltado por el oído. Porque te gustaba oírme jadear al otro lado del confesionario, cuando ya no pude más y sucumbí a tus palabras licenciosas, a tus cuentos de lujuria, a tus confesiones blandas, llenas de azúcar y sudor y descubrimientos en la oscuridad de
tu cuarto, en la ducha de los chicos mayores. Te regodeabas escuchando mis masturbaciones furiosas, desesperadas, incandescentes. Te reías cuando te rogaba que parases, que no vinieras más, que Dios te perdonaba sin necesidad de confesión. Te reías y lamías el semen de mis dedos a través de la reja, como una gata cariñosa.
El aceite pringoso sobre tu nariz chica, puntiaguda. Por esta santa unción te perdone cuanto has faltado por el olfato. Por andar olisqueando el sexo de los hombres como un animal inocente. Por dejar que tus compañeros del colegio te olieran el cuello y las bragas.
Mi pulgar grasiento se detiene más de lo necesario sobre tu boca y sus jugos. Te separa los labios y se introduce apenas. Tu lengua sigue caliente y dócil. Sobre todo, Rosa, que Dios te absuelva por cuanto has faltado por la boca. Porque casi nada te causaba más placer. Andabas siempre chupeteándote los dedos y mirando a los hombres a los ojos junto al bazar, cuando te detenías con las piernas abiertas sobre el escalón y lamías interminablemente aquella piruleta, y succionabas el hielo y jugueteabas con la punta de la lengua en el fondo del vaso. Recuerdo el día que me confesaste tu primera felación. Por un momento pareciste arrepentida. Lo habías hecho en el baño de la escuela, a un chico de tu clase. Y el líquido estaba amargo y él me pidió que me lo tragara, y yo lo hice, y me dijo que no se lo contara a nadie. Pero a ti te lo tengo que contar, padre, papito, a ti te lo cuento porque quiero que sepas que estaba pensando en ti. Siempre decías lo mismo. Eran otros los que penetraban tu sexo agrio y aromático, los que chupaban la rigidez de tu clítoris y hundían los dedos en tu ano. Y tú siempre venías, y gemías, y te masturbabas al otro lado del confesionario y decías que habías pensado en mí. No te creía, Rosa, pero quería creerte. El día de los enamorados encontré la flor en mi puerta, y sé que un feligrés la dejó allí, o quizá uno de los hijos del carpintero, para burlarse, pero yo siempre quise pensar que aquella rosa adolescente era tuya. Un
mensaje. Una rosa, rosa igual que tú, una rosa de Rosa, la que guardé y que está ya marchita, como tú, que dentro de poco tendrás la carne seca. La rosa que adornará tu tumba. Nunca me dijiste que me amabas, y no lo dijiste porque no era verdad, porque al menos eras honesta. No me amabas, Rosa, nunca me amaste.
Trazo una cruz con el óleo sobre tus manos, antes tostadas y rápidas. Por esta santa unción te perdone Dios cuanto has faltado por el tacto. ¿Qué otra cosa te iba a perdonar, si era este el más esencial de tus pecados? Dios debía perdonar estas manos, estas manos masturbadoras, curiosas, ágiles. Las mismas manos que me desabrocharon el pantalón, que condujeron mi pene erecto hacia tu interior suave, cálido, derretido. Las manos que me perdieron. Por qué, Rosa, por qué si no me amabas, si no querías venirte conmigo, por qué. Por un capricho, el capricho de una niña. Me levanto y te unjo los pies, que Dios te perdone cuanto has faltado por los pasos, por los pasos erróneos que te condujeron hasta mí. Admítelo, Rosa. Querías que viniera porque esta era tu última tentación. Antes de morir querías que yo te untara el aceite, que te manchara una vez más las carnes, que te viera semidesnuda, que subiera, como estoy subiendo, mis manos hacia tus muslos, porque habría que ungirte todo el cuerpo pues con todo él pecabas. Siento que te estremeces cuando extiendo el aceite sobre tu pubis, sobre los labios de tu sexo, cuando alcanzo el interior de tu vagina. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Mis manos siguen tu vientre y me arrepiento, Santa María, siempre Virgen, santa madre de la Iglesia católica, en el fondo yo no quería que tomaras aquel brebaje, aquel veneno que te matara al niño que llevabas dentro, y por eso odio a tu abuela, y por eso me odio a mí y si te salvas, si mi óleo te salvara también el cuerpo, o sobre todo el cuerpo, Rosa, yo te perdonaría, yo te perdono, nos perdono a los dos, tú solo querías amar con el cuerpo. Perdónala señor porque no sabe lo que hace, perdónala, perdóname,
Rosa. Tu abuela tiene el rostro desencajado y me sorprende encontrar dos lágrimas gordas, fulgurantes, prendidas del extremo de sus ojos.
Márchese, padre. ¿No ve que ya está muerta?

Aquí una reseña de mi libro de poemas “Memoria que arde”, en la revista Dragaria, realizada por Montse Fillol. Pueden consultarla aquí.

Entrevista

Aquí está la entrevista que me hicieron en el medio mexicano “Noticias Voz e Imagen de la Cuenca” (Tuxtepec, Oaxaca), en su sección “Historia de un poeta”.

ENTREVISTA

NOTICIAS : ¿A qué edad inicia a escribir poesía?  

Escribo desde que tengo recuerdos. Sin embargo, empecé a interesarme un poco más seriamente por la poesía a los veinte años, especialmente a raíz de unirme a un taller de poesía llamado “Espejo de paciencia”, dirigido por el poeta cubano Juan Francisco González Díaz. El taller se impartía en mi ciudad natal, Las Palmas de Gran Canaria, España, y allí tuve la suerte de conocer a grandes compañeros, capaces de aportar comentarios valiosos de forma constructiva y de crear un ambiente agradable. La poesía me intimidaba y no estaba segura de si se me podía dar bien. Para mí lo principal fue perderle el miedo y, luego, cómo no, práctica constante.

NOTICIAS: ¿Tiene algún poema de su autoría que sea especial para usted? De ser afirmativa su respuesta ¿puede decirnos por qué?

Supongo que “Amarino”, quizá porque fue el primer poema que me publicaron. Fue uno de los finalistas en un concurso de poesía dedicado al mar que se celebraba en mi ciudad, y fue la primera vez (corría el año 2012) que pude ver uno de mis poemas publicados, y hasta pude recitarlo en la presentación del libro. Hubo muy buen ambiente y fue muy agradable coincidir con otros poetas.

Amarino

Un rumor ronco de lava y roca

me borbotea en las entrañas

al pensar

en las escamas frías de tus manos,

en la telaraña de tus besos,

en tus perdidos ojos de pez.

Deberías verme ahora,

con qué gracia me espumea el cabello,

mi elegancia de alga,

mis senos coralinos.

Puedes guardarte tu lengua de caracola.

No quiero más noches viscosas

sobre mi lecho de olas rugientes.

No quiero más sal en mi boca

ni el tentáculo de tus abrazos.

Ya no soportaba

aquel silencio de erizo.

Olvidaré

como olvidan las samas.

Y tú

en lugar de huesos blancos

tendrás esta blanca espuma

para recordarme.

Poema “Amarino”, libro Cuaderno 20 poemas al mar: homenaje a Néstor, editorial Arte y Cultura Siglo XXI, Ediciones CG Ciudad Galdós, septiembre de 2012 (España)



NOTICIAS ¿Por qué escribir precisamente poesía?

Lo que más me gusta de escribir poesía es que creo que me permite jugar más con el lenguaje. Para mí, el juego lingüístico es el elemento principal que busco en un poema, además de la transmisión de cierto ambiente, mensaje o sentimiento. Hay una frase de Lorca que me gusta mucho, tanto que la incluí en mi libro de poemas Memoria que arde. Dice: “poesía es dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio”. Creo que eso es lo que busco en un poema, tanto cuando escribo como cuando leo. La poesía es para mí un juego sorprendente, un misterio que desentrañar. No pienso, sin embargo, que la poesía sea un género literario superior (no existen tales rangos para mí), y me molesta un poco ese aire elitista que en ocasiones se erige en torno a la poesía. Creo que solo consigue alejar a los lectores y de ahí que muchos piensen que la poesía es un algo superior que ellos no están destinados a entender. Por eso ni la leen, ni la compran, ni la huelen, ni la saborean.

NOTICIAS: ¿Tiene alguna temática especial en su obra?

Me divierte crear imágenes y mundos extraños en mis poemas. También me gusta hablar de relaciones, tanto amorosas como de otra índole, como por ejemplo la relación con los padres o con los orígenes. No le tengo miedo a tratar asuntos desagradables, aunque intento no ser demasiado explícita.

NOTICIAS: ¿Cuál es su mayor sueño o proyecto respecto a la poesía?

Que la lean, que le pierdan el miedo, que la pateen, que la degusten, que la saquen a bailar, que le declaren amor eterno, que la abandonen, que les haga sonreír, olvidar, recordar. Escribir y que me lean, qué más se puede pedir. Que signifique algo para alguien que no sea yo, que se comparta, que se trocee y se reparta entre los comensales, que alguien exclame “¡ah!” o incluso “¡oh!” al pasar la página. Eso sería ya fabuloso.

NOTICIAS: Sabemos que domina otra disciplina artística, háblenos de ella
y cómo logra conjugarla con la poesía.

Escribo narrativa además de poesía, pero me gusta considerarme algo así como una creadora transmedia. También me gusta el cine, la animación, y hasta dibujo un poco, porque creo que son otras formas de contar y transmitir, así que las entiendo como una extensión de mi deseo de comunicarme con otros seres humanos.

NOTICIAS: ¿Qué opina  respecto a la situación actual que vive nuestro país? (inseguridad, violencia, económica, etc)

Opino que, decididamente, el mundo está muy loco.

NOTICIAS: Como artista, ¿cuál sería su aportación para mejorarla?

Yo creo que con hacer que se olviden un rato de las cosas feas me conformo.

NOTICIAS: ¿Qué planes tiene a mediano y largo plazo respecto a su trabajo artístico?

Voy a publicar una novela dentro de unos meses, se titula El país evanescente. No es la primera novela que escribo (o no del todo) pero sí la primera que me atrevo a sacar una ahí fuera, con los perros y los lobos y los pajaritos y demás criaturas. Tengo otros proyectos que me hacen ilusión, como una recopilación de microcuentos (un género que adoro) que pretendo ilustrar yo misma, y otra de relatos cortos en torno a un universo del que se puede leer algo también en mi próxima novela. Me gustaría también estar algo más ducha en la promoción y poder llegar a más lectores. Además tengo algunos proyectos de colaboración (¡secretos!) que espero que lleguen a buen puerto.

¿Algo más que desee agregar?

El libro que he sacado hace poco, Memoria que arde, es una recopilación de poemas escritos entre 2011 y 2017. Los temas que se tratan son variados, aunque creo que existe cierta coherencia en el estilo. El amor, la pérdida, el dolor, el sexo, la crueldad, la tristeza son temas universales, difíciles de esquivar. Pero qué otra cosa vamos a hacer mientras estamos aquí, de qué vamos a hablar si no, mientras seamos memoria que arde entre dos noches infinitas.

El poemario se puede conseguir en Amazon  o en mi web (www.desireejimenez.com/libros), donde también pueden leer algunos de forma gratuita en la sección de blog.

Tres microrrelatos publicados

He recibido una mención especial en el concurso de microrrelatos de terror de Hipujo Libros, que ha publicado tres de mis microcuentos. Con ellos les dejo.

Matthias

A Matthias se le había congelado el ojo izquierdo en la nevada de 1886. Dejó de salir al patio a tomar el sol por miedo a que se le derritiera. Las ancianas le preguntaban si veía bien, y él contestaba que era todo casi igual, un poco más azul, más lejano, como si le importara menos. Los niños, sin embargo, querían saber qué veía si cerraba el ojo normal. Cuando Matthias los miraba con su ojo helado se movía de forma distinta, como si le pesaran los brazos. Ladeaba la cabeza y se lamía mucho los labios. Con una voz profunda y rasposa, distinta, les contestaba que veía huesos y espuma, cuevas y noches y una gran ladera cubierta de hielo y sangre. Los niños dejaron de venir, dicen, después de que Matthias intentara asfixiar al más pequeño.

 

Completa oscuridad

No podía dormir si no se encontraba en una completa oscuridad, pero la oscuridad nunca era completa. Apagaba la luz, corría las persianas. La oscuridad parecía completa unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraban y los objetos volvían a dibujarse con insufrible claridad. Un dolor agudo le hería las retinas al sentir el tenue resplandor de la ciudad.

Se mudó al campo para huir de la ambarina iridiscencia de las farolas. El refugio umbroso de los árboles no fue suficiente. Incluso a través del antifaz podía vislumbrar las siluetas. No podía dormir con aquellas formas clavadas en sus pupilas.

Se arrancó los ojos. Aun así, podía palpar las sábanas, la madera. Tenía asidos al cerebro los recuerdos, las imágenes de la mesita de noche, la lámpara, el armario recortándose sobre la insondable oscuridad de sus cuencas vacías. Todavía no podía dormir. El suicidio fue la única opción.

 

Ojos grises

Durante los eclipses lunares el elefante sudafricano puede hablar la lengua de los hombres. Es el único momento en el que el escarabajo Hércules puede encontrar el amor verdadero. Solo entonces pueden las flores cambiar de sitio y los ratones los celebran porque se vuelven ciegas las lechuzas. Todas las calles que giran hacia la izquierda se vuelven sobre sí mismas. Únicamente durante un eclipse de luna puedes encontrar lo que has perdido, pero nunca será nada bueno. A los albinos les crecen los dientes casi un centímetro y siempre muere un tigre blanco. Puedes hacer flotar las piedras sobre el agua y habrá algunos que ansíen probar la carne de sus hermanos. Tras los eclipses lunares, los hombres olvidan, a no ser que tengan, como yo, los ojos grises.

Poema “Todo esto no es cierto” en la revista Versados

La revista Versados ha publicado uno de mis poemas, titulado “Todo esto no es cierto”, en su número de diciembre. Pueden visitar la página o descargar la revista pinchando aquí. A continuación, mi poema.

 

TODO ESTO NO ES CIERTO

 

Las legañas del gato sobre el alféizar,

la arruga caliente sobre la sábana

y la saliva en el fondo del vaso.

Una vez dije “en este día grumoso”

y los ojos se murieron en sus cuencas.

Decidí dormir durante cincuenta y siete años

y desperté con una sinceridad cretense.

Sin embargo, seguías sin creer

el drama de las cerezas sobre el precipicio,

la soledad de la cáscara en las noches verdes.

Regreso

Estoy de vuelta después de un año. Como pueden observar, he dejado la web nuevecita. La he mudado de servidor y le he modificado el diseño. En Inicio pueden leer una breve autobiografía y el propósito de este blog. En Descargas pueden descargar en pdf algunos relatos publicados. Mis publicaciones pueden consultarlas aquí y contactarme a través de este formulario. Próximamente daré vida también a un nuevo proyecto, pero ya les informaré sobre ello más adelante.

He tenido un año ocupado, aunque no he dejado de escribir. He seguido colaborando con la revista Arte y Cultura, leyendo y escribiendo. Últimamente, además, he leído un montón de libros interesantes, como Bajo el sol de los muertos, de Roberto A. Cabrera, del que hablaré dentro de poco.

Una de las consecuencias de mi desenraizamiento o trasplante súbito al Reino Unido es que ya no tengo con quien hablar sobre literatura. Por suerte para mí, la humanidad inventó internet. Regreso a la tierra pródiga de la blogosfera para quedarme. Nos vemos cada mes.

Cabezal

Aprovecho esta entrada para anunciar que no actualizaré el blog tan a menudo a partir de ahora, por varias razones. No lo eliminaré, pero voy a dejarlo de lado para centrarme en otras cosas, entre ellas la construcción de mi web personal www.desireejimenez.com (será una página nueva que no se corresponderá con este blog gratuito de WordPress). Si quieren saber qué estoy haciendo o acosarme siempre pueden agregarme a Facebook:

https://www.facebook.com/desireejimsos

He aquí el microcuento con el que me despido. Me ha dado muchos dolores de cabeza:

 

Ethel había nacido sin cabeza. Era un gran inconveniente, puesto que Ethel no podía sentar la cabeza. No podía tener pájaros ni viento en la cabeza. No podía tener la cabeza cuadrada, ni de chorlito. No se le podía pasar nada por la cabeza. De joven quiso ser una cabeza rapada y no pudo. En el fútbol no podía despejar de cabeza y en las peleas era una gran desventaja no poder dar cabezazos. No se podía tirar de cabeza en la piscina, ni ir de cabeza a ningún sitio. No le podían meter ni sacar nada de la cabeza, por no hablar de lo triste que la ponían los encabezamientos. La apenaba no poder presumir de mala cabeza ni estar a la cabeza de nada, nunca.

Sus amigos intentaban animarla, insistiendo en que mirara el lado positivo. Por ejemplo, no podía ser la cabeza de turco de nadie. Era inmune a las preocupaciones, porque no podía tener quebraderos de cabeza. Si bien no podía decirse que tuviera la cabeza en su sitio, tampoco estaba tocada de la cabeza. Desde luego, no podía írsele la cabeza, ni siquiera de vez en cuando, y mucho menos perderla. Nadie le calentaría la cabeza y, sin importar las circunstancias, ella podría afirmar orgullosa que nunca había bajado la cabeza ante nadie.

Sin embargo, no lograban consolarla. Ethel sabía que su vida era poco emocionante porque nunca podría jugarse la cabeza. No podría volver la cabeza con repugnancia ante sus enemigos. Sin duda, lo peor era que Ethel tenía la certeza de que nunca podría levantar cabeza.

Caligrafía para dinosaurios

Últimamente me he puesto a dibujar un poco y, entre otras cosas, a veces me da por crear portadas imaginarias. Destaco especialmente esta que comparto con ustedes, “Caligrafía para dinosaurios”. He fantaseado sobre realizar un libro ilustrado de microcuentos utilizando cada letra del abecedario para escoger un dinosaurio y escribir un microcuento sobre él. Obviamente, en tono absurdo y divertido (¡ay, si una no se divirtiera escribiendo…!). Hasta he pensado que sería un buen proyecto colaborativo entre escritores. Por supuesto, yo me pediría el tiranosaurio.

Caligrafía para dinosaurios

Helena

Helena,

después de hacer el amor

suave,

detenida,

minuciosamente,

después de dejarse entrar,

de dejarse apretar la carne blanda,

apoyaba,

cuidadosa,

la cabeza del amante

sobre sus pechos tibios.

Poco a poco

introducía un pezón

en la boca del hombre que,

instintivamente,

lo chupaba

y succionaba la leche

caliente y amarga

de sus senos.

Helena alimentaba así a sus amantes

hasta que se quedaba vacía.

Sabía que cuando uno de ellos regresaba

no era por nostalgia de su piel

o de sus piernas,

ni por ausencia de sus palabras dulces.

Era por la leche,

caliente y amarga,

que brotaba de sus pechos.

Olvido selectivo

Juan padecía de eso que hemos venido a llamar un olvido selectivo. Sin embargo, no sabemos si por falta de imaginación o si por alguna deformidad del cerebro, Juan no era realmente capaz de olvidar todo lo que quería. Solo le fue dada, por decirlo de alguna manera, la facultad de olvidar todos los miércoles de su vida. No pudo darnos ninguna información valiosa sobre por qué, de entre todos los días de la semana, de entre todas las posibilidades, había olvidado, precisamente, los miércoles. Por supuesto, no era capaz de decirnos si algo espantoso había sucedido un miércoles o si había algún miércoles en el que le hubiera pasado algo bueno, algún miércoles de su vida que no quisiera olvidar. Pero lo que verdaderamente nos interesaba, lo que nos hacía pasar las noches en vela era qué haría Juan ahora que sabía que iba a olvidar todos los miércoles. No quisimos darle nada a entender, para no condicionarlo. Simplemente nos dispusimos a vigilarle, a perseguirlo con una tenacidad científica. Instalamos algunas cámaras en su casa; Alfredo apostaba el coche cerca de su apartamento. Tenemos cientos de vídeos, recopilados a lo largo de años. Siempre lo mismo. Juan se sentaba en su sofá, casi a oscuras, y acariciaba a su gato. A veces encendía la televisión.