Benjamín

Mi relato corto “Benjamín” ha sido premiado con el tercer puesto en el concurso literario del Ayuntamiento de Candelaria (Tenerife, España). Pueden leerlo a continuación.

Benjamín

El abuelo Benjamín tenía los bolsillos llenos de boliches y piedras suaves. Al amanecer recorría la playa con las manos en busca del tesoro. Se paraba a cada rato en el camino de tierra que conducía al parque si las piedrecitas brillantes llamaban su atención. A veces intentaba lanzarlas al mar, pero nunca llegaban lejos. Solía regalárselas a los niños y, si podía, los observaba haciendo volar las piedras. Las veía rebotar con una sonrisa hasta que se perdían entre las olas. El abuelo también buscaba monedas olvidadas en las cabinas de teléfono y bajo los bancos de la plaza. Me enseñó a pedir deseos en la fuente aunque no fueran a cumplirse. Él tiraba monedas conmigo y yo me enfadaba porque no quería decirme lo que había pedido.

Comprábamos golosinas en el bazar y nos las comíamos a escondidas. El abuelo tenía una caja especial donde ocultaba el chocolate. Cuando se lo metía en la boca le brillaban los ojillos y se reía tanto que al final nos dolía la tripa, no sabíamos si por la risa o por las golosinas. Al rato me arrepentía y se lo contaba a la abuela, porque el abuelo Benjamín tenía diabetes y yo pensaba que se iba a morir por mi culpa.

También me enseñó a jugar a las cartas y al dominó, pero no a hacer trampas como él. Yo no ganaba nunca y me sentía mal conmigo misma porque no conseguía averiguar si el abuelo estaba haciendo trampas o no. En ocasiones intentaba jugar conmigo al escondite pero se ponía triste cuando contaba hasta seis.

Un día encontró un castillo de juguete en la basura y lo limpió para regalármelo. Fue mi juguete favorito durante mucho tiempo, y me maravillaba que el abuelo siempre encontrara cosas tan estupendas como aquella en la calle.

Su comida favorita eran las natillas con galleta y tenía cajones llenos de disfraces. Quería hacernos reír cuando se ponía el fular de plumas rosa y se pintaba los labios como la abuela y le robaba la ropa y cantaba dónde vas con mantón de Manila. La abuela hacía como que se enfadaba, pero en realidad sabíamos que no, y de todas formas se le pasaba cuando el abuelo Benjamín le traía flores que robaba de los parterres.

Yo oía susurrar a mis padres, a mis tíos, que el abuelo estaba muy mal, que no se sabía cuándo. Se iba a morir. Yo me encerraba en el baño y lloraba. Lloraba por las noches y no se lo contaba a nadie. Dejamos de ir al parque. Solo lo veía en casa, en su cama oscura y arrugada. Intentaba llevarle piedras de colores, pero no captaban su interés como antes. Ya no traía boliches en los bolsillos, ni comía caramelos. Se murió sin que yo me diera cuenta. Una noche, vino mi madre a decirme que el abuelo Benjamín se había muerto. Yo no sabía que estaba malo, en el hospital. Sentí que habían orquestado su muerte a mis espaldas, sin contar conmigo. En el tanatorio no me dejaron ver su cadáver porque decían que era muy pequeña.

Ahora he crecido y me he convertido en una mujer que él nunca conocerá. Una mujer que tiene miedo a olvidarlo, a olvidar al abuelo niño que la enseñó a pedir deseos en la fuente, a jugar a las cartas y a comer chocolate.

Librélulas

He resultado ganadora del concurso de microrrelatos de la Librería Todo Libro, que celebra sus veinte años. Pueden pasarse por la librería si andan por Burgos (España), o por este enlace si quieren conocerla y leer allí mi microcuento. También pueden leerlo a continuación.

 

Librélulas

 

Las librélulas son criaturas generalmente pequeñas, transparentes en su centro y blanquecinas en las extremidades. Habitan las librerías y se alimentan de Literatura. Algunas solo comen palabras, lo cual puede resultar beneficioso, especialmente si prefieren los adjetivos. Otras se tragan páginas enteras o devoran personajes con una avidez perturbadora. Es sabido entre los libreros que muchas obras anónimas no son más que el estrago de librélulas come-autores. Se han reportado casos de librélulas que alcanzan los dos metros debido a una dieta decimonónica. Los libreros desesperan porque no saben cómo eliminarlas. Intentan confundirlas con copias del Ulises o empacharlas con Proust. Lo cierto es se están convirtiendo en un problema, sobre todo las que sienten predilección por los fi