“Frankenstein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley

La autora, Mary Shelley, era hija de un famoso liberal inglés, William Godwin, y de Mary Wollstonecraft, adalid del movimiento feminista. Se casó con el poeta romántico Percy Bysshe Shelley. El matrimonio se relacionaba con otros literatos de la época, como Lord Byron. Es famosa la anécdota de que tanto el Frankenstein de Mary Shelley como El Vampiro de Polidori se concibieron durante el verano de 1816 en la Villa Diodati.

Aunque ha sido Frankestein la obra que le ha granjeado un lugar en la historia, Mary Shelley escribió crítica literaria, relatos cortos, novelas medievalistas y, ya en una línea más similar a la de Frankenstein, El último hombre, una ficción que narra el fin de la humanidad a causa de una plaga.

A pesar de que el imaginario popular se ha quedado con lo que tiene la narración de “terrorífico y horrible” y el cine ha convertido al monstruo de Frankenstein en un cliché, con sus característicos tornillos y su cabeza cuadrada, lo cierto es que el relato de Shelley está considerado el texto precursor de la moderna ciencia ficción.

El doctor Víctor Frankenstein se vale de sus conocimientos médicos para traspasar la barrera de lo posible, para arrebatar a la Naturaleza y a Dios la capacidad de crear vida. Animado y cegado por este afán científico, Víctor desdeña las implicaciones morales y se centra únicamente en llevar a cabo con éxito su experimento. Alquila un ático en un sitio apartado y se dedica a exhumar cadáveres en los cementerios, reuniendo las partes que necesita para crear a su hombre, a su moderno Prometeo. Víctor une los pedazos y consigue insuflar vida al cuerpo artificial gracias a la electricidad. Sin embargo, al poco tiempo se siente horrorizado de lo que ha hecho y abandona al monstruo a su suerte.

Frankenstein es una lectura marcada claramente por la época a la que pertenece. Su estructura epistolar nos recordará constantemente que estamos leyendo una obra del siglo XIX. No obstante, es un libro al que merece la pena echar un vistazo considerando no solo que en él se hallan los inicios de nuestra ciencia ficción sino también por el interés que despiertan las teorías acerca de la naturaleza humana de Mary Shelley.

Desde este punto de vista, Frankenstein nos plantea varias cuestiones. El monstruo creado por el doctor es rechazado nada más nacer por su propio padre. Lo único que desea es ser amado. Por desgracia, debido a su horripilante aspecto, el amor se le niega continuamente. Únicamente consigue trabar amistad con un hombre ciego, que le enseña algunas cosas, pero en cuanto es descubierto por la familia se ve forzado a abandonarlo. El monstruo, que aún no es consciente de su aspecto, se pregunta por qué no puede ser amado por nadie. Desconocedor de su propia monstruosidad, se hace amigo de una pequeña niña a la que asfixia sin querer, durante un juego inocente.

A parte de la niña y el hombre ciego, incapaces de juzgarlo por su exterior, la criatura del doctor Frankenstein jamás encuentra aceptación. Adonde quiera que va es perseguido, antes de que haya cometido ningún acto deplorable y contra él se cometen numerosas injusticias. Después de muchos sufrimientos, el monstruo acepta no solo que es un engendro, sino que se resigna a comportarse de forma cruel y malvada, porque es lo que los demás esperan de él, porque los demás no pueden imaginar bondad en él. Entonces se profundiza la ira hacia su creador, a quien maldice por haberlo hecho de esa manera, por haberlo creado para que nadie fuese capaz de amarlo. Inicia una persecución contra Víctor, asesinando deliberadamente a algunos de sus seres queridos. Le pide que lo comprenda. Lo tortura. Le ruega que cree para él una novia (el propio Víctor está a punto de casarse con Elisabeth), un ser igual que él, que sea capaz de amarlo. Al principio el científico accede con la esperanza de que el monstruo desaparezca pero, espantado ante la idea de repetir su odioso experimento, destruye el laboratoria y al nuevo engendro. Podemos imaginar los terribles acontecimientos que desencadenará esta decisión.

En su alegato final, el monstruo se debate entre la culpa por sus crímenes y las excusas. “Jamás podré esperar (la simpatía) de hombre alguno. Cuando deseaba la comprensión humana, era porque quería compartir con los demás el amor, la virtud y los afectuosos sentimientos que mi corazón contenía. Tiempo atrás yo esperaba, ingenuo de mí, hallar algunas criaturas que, ignorando mi fealdad y mi inmundo aspecto, me amaran por las excelentes virtudes que mi corazón atesoraba. (…) Deseaba el amor y la amistad, pero me eran cotidianamente negados. ¿No es esto una cruel injusticia? ¿Debo acaso ser considerado como el único criminal, cuando todos los humanos han pecado contra mí? (…) Yo (…) soy tan solo un monstruo hecho para ser golpeado e injuriado”.

Mary Shelley adopta la teoría de que todo hombre es bueno por naturaleza. Es la sociedad quien lo corrompe. Además, es el propio aspecto repulsivo y antinatural de la criatura el que lleva a todos a presuponer maldad en él. Al ser tratado como un monstruo, acaba convirtiéndose en uno, al igual que la cárcel transforma a Jean Valjean en un criminal en Los miserables de Víctor Hugo.

En definitiva, Frankenstein o el moderno Prometeo es una lectura que si bien es clara hija de su época en su lenguaje y su estructura (lo que podría resultar poco atrayente para un lector contemporáneo), ha sobrevivido por la originalidad del asunto. A Mary Shelley le deberemos siempre un pedazo de nuestra cultura popular.

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“Fahrenheit 451”: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde.

Ray Bradbury falleció el 5 de junio a los 91 años. En Fahrenheit 451, Bradbury decía que todo hombre debe dejar algo en el mundo: un hijo, un libro, un cuadro… Algo que poseyera un toque personal y único, un sitio al que el alma pudiera regresar después de la muerte. Por eso pienso que la mejor forma de recordar a un escritor como él es hablando de uno de sus libros. En este caso, su novela Fahrenheit 451.

Fahrenheit 451 es la historia de un hombre que vive cercado por su propia ignorancia, la historia de un inconformismo que termina convirtiéndose en rebeldía.

Montag, el protagonista, es bombero. Según la guía, los bomberos se establecieron en 1790 para quemar los libros de influencia inglesa de las colonias. El primer bombero fue Benjamin Franklin. Ya nadie recuerda que en otro tiempo apagaban incendios. Ahora, el cuerpo de bomberos se dedica a quemar las casas en las que encuentran libros. Los hombres que pasean, que charlan, que se detienen, son sospechosos. Un ciudadano normal conduce a 160 kilómetros por hora, trabaja, pasa su tiempo viendo la televisión, canturrea el nuevo anuncio de Dentífrico Denham. Eso es lo que los hace felices. Ser feliz es lo más importante. Pensar es malo. La gente no necesita estar preocupada. En palabras del Capitán Beatty, los bomberos son los Guardianes de la Felicidad.

Sin duda lo más interesante de Fahrenheit es el planteamiento del autor, sus reflexiones acerca de una sociedad futura muy similar a la nuestra. La prosa está cuidada y el ritmo de la novela es bastante ágil. Algunos puntos flacos podrían ser que varios monólogos de los personajes no son del todo pertinentes, ya que se utilizan a modo de explicación, y que el final resulta un tanto apresurado. No obstante,  lo verdaderamente relevante es la crítica o, más bien, la advertencia que se nos hace acerca del futuro.

En la distopía de Ray Bradbury la sociedad está dominada por la apatía. Nadie quiere saber nada. La mayoría ha renunciado voluntariamente a la Filosofía, la Política, la Literatura. Buscan consuelo en el zumbido constante de las pantallas, en el discurso sin sentido de los presentadores de televisión. Los bombarderos que surcan el cielo no le importan a nadie. Nadie se hace preguntas. Los ciudadanos han elegido el camino más fácil. Sus vidas son cómodas. Sin embargo, no son felices. Los intentos de suicidio son tan comunes que los atienden meros operarios. Los jóvenes buscan diversión en el asesinato. Se trata de una sociedad enferma de banalidad y conformismo.

Fahrenheit nos habla del peligro del triunfo de la mediocridad y la uniformidad. “Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Entonces, todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables”. La mayoría es una animal estúpido y bestial. “¡La terrible tiranía de la mayoría!”. Los pocos hombres sabios son descritos en el libro como una “extravagante minoría que clama en el desierto”. La ciudad representa esa realidad inventada en la que se vive, ese sueño de colores del que solo algunos, como Montag, consiguen despertar.

La tecnología es criticada solo por constituir el medio que permite mantener a los ciudadanos atrapados en esa telaraña de absurdos y trivialidades. El ocio de hombres y mujeres se ha plagado de películas vacías y vulgares, de espectáculos y retransmisiones deportivas. La vida hay que vivirla deprisa, moverse continuamente, de manera que nadie tenga tiempo para pensar. No hay tampoco lugar para el dolor. La muerte no se ve. No se llora por nadie. La única ‘familia’ es la familia que te habla directamente desde la pantalla, mientras permaneces sentado en tu “sala de estar”.

Lo más grave es que a este juego de ilusiones se han prestado todos de buena gana. Beatty, el Capitán de los Bomberos, dice que no hubo ninguna imposición ni censura por parte del Gobierno. A los ciudadanos simplemente hay que “darles la sensación de que piensan”. En el libro, una mujer se jacta de haber votado a un candidato a la presidencia, porque era guapo, mientras que el otro era feo y parecía desarreglado.

El fuego y su simbología van a jugar un papel importante a lo largo de la novela. Se utiliza para destruir, pero también para purificar (“Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio”). El fuego incinera todo lo desagradable: los libros, los cadáveres. Pero también calienta y permite nuevos inicios. Además del número 451, en los uniformes de los bomberos luce la imagen de un fénix, ave mitológica a la que uno de los personajes se refiere de la siguiente manera: “Hubo un pajarraco llamado Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debía de ser primo hermano del Hombre. Pero, cada vez que se quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros hacemos lo mismo, una y otra vez, pero tenemos algo que el Fénix no tenía. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer”.

La pregunta fundamental es ¿por qué son los libros odiados? ¿Por qué son una amenaza? ¿Qué hay en ellos que los hace temibles? Los libros intentan unir los distintos aspectos del universo para formar un conjunto con sentido. Nos muestran “los poros de la vida”, sus detalles y claroscuros. Un televisor es ‘real’, inmediato, nos dice lo que debemos pensar sin darnos tiempo a responder. El libro podemos cerrarlo, decirle que espere, replicarle. “Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos”.

La sociedad de Fahrenheit es una sociedad sin cultura, sin historia, sin recuerdos. Una sociedad anestesiada y amnésica. Por eso, cuando la guerra termine con su adormecimiento, serán los hombres-libro los encargados de recordarles quiénes son.

Esta magnífica novela de Ray Bradbury nos impele a descorrer el velo del conformismo, a pensar, a separarnos de la mayoría, a evitar los espejismos de los mass media y a dudar y a hacernos preguntas constantemente. Como reza la cita de Juan Ramón Jiménez inserta al principio del libro: “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”.

De esta manera, si algún día hay una guerra civil y los gobiernos nos atontan con programas de televisión y los libros arden a 451 grados Fahrenheit, estaré preparada. Me transformaré en una mujer libro y siempre llevaré conmigo un pedazo de la novela de Ray Bradbury, por si algún día alguien, en algún lugar, la necesita.

También pueden leer esta reseña en la revista Hello Friki: http://hellofriki.com/literatura/libros/fahrenheit-451/resenya