Se ahogarán…

Se ahogarán tus hijos

en la luz viscosa

de mi luna craquelada.

Los hijos de tus hijos

tendrán la sangre blanca

y no conocerán los relojes.

Te besará los tobillos

una nube de crótalos.

Tu único cielo

será una panza de avispa

y te estallará la piel

con un estruendo de langostas.

El agua que bebas

se volverá sudor de moscas

y solo comerás

tu propia carne.

Un ardor de estrella quemará la oscuridad

durante cuarenta días

y yo perviviré

con mi hambre de cocodrilo

y mis palabras galácticas

y tú serás

un pedazo de olvido pútrido entre mis dientes.

Tijeras

A César se le cayeron las tijeras. Las puntas lo señalaron y su madre dijo: “es un presagio de muerte”. Él las recogió y no le dio importancia. Poco después, las tijeras volvieron a dar contra el suelo y, de nuevo, las relucientes puntas metálicas lo señalaron como dos dedos fríos. César decidió dejarlas sobre la mesa. Quizá demasiado cerca del borde. En cualquier caso, las tijeras se precipitaron y las puntas, con un giro acrobático, se dirigieron una vez más hacia él. Soltó un bufido. Tomó las tijeras y las lanzó al aire. Una, dos, tres veces. Once, doce, trece. Catorce, por si acaso. Probó a tirarlas desde diferentes posturas: agachado, de puntillas, en cuclillas, de espaldas, de rodillas, haciendo la parsvakosana, la halasana, la vajrasana, la flor de loto, la bananita. Decidió entonces variar la altura: diez centímetros, desde el estante medio, desde el estante alto, subido a la cama, a la mesa, a la escalera, desde el piso de arriba. Tal vez se trataba de él. Le pidió a su mujer que las tirase. Se lo pidió a su madre, a su hermano, a su cuñada, a su jefe, a su dentista, a su peluquero, a Pedro el del gas, al chino Yan, al mendigo de las caracolas. Podría tratarse del lugar. Las lanzó en casa de Manuel, en el parque, en el supermercado, en el aparcamiento, en la suite de aquel hotel, en el lago de Alemania, en la montaña de cuando era pequeño. Se le ocurrió variar el peso, la morfología de las tijeras: consiguió torcerlas un poquito, les ató una piedra, una mariposa, una hoja amarilla, una hoja colorada, un diamante, un rubí, una burbuja. Puede que fuera el estado de ánimo. Lo hizo cuando estaba enfadado como un tomate, agitado como una margarita, sosegado como su padre, triste como una ballena, alegre como el cristal, cansado como un sauce, enérgico como una aguja. Se informó un poco. Les puso música clásica, jazz, blues, country, pop, rock, heavy metal, grunge, flamenco. Las pintó de varios colores: amarillo arena, blanco nube, verde trol, rojo infierno, rosa pezón, azul lesbiana. A punto de rendirse a la evidencia, metió las tijeras en el coche y condujo miles de kilómetros, sin dormir, sin comer, hasta llegar al océano. Una vez allí respiró profundamente y, con la apostura de un atleta griego, lanzó las tijeras muy alto, altísimo, tan alto que las perdió de vista. Se detuvo unos minutos a escuchar el parloteo confuso de las olas y regresó a casa. Estaba dispuesto a recuperar los años malgastados. Veintiocho meses después, durante un paseo junto al hijo al que apenas conocía, un destello metálico brilló súbitamente en el cielo. César apenas tuvo tiempo de mirar antes de caer muerto, con el cráneo atravesado por unas tijeras.

Fidelidad

Adela se tambaleaba constantemente porque se sentía inclinada hacia dos hombres distintos. Los días impares la llevaban a los brazos de A, su amante, por el que sentía devoción. Los días pares la conducían al lecho de Y, su marido, acuciada por el deber marital. Como no quería faltar el respeto a ninguno de los dos en la cama, se prometió que siempre gritaría el nombre de ambos cuando hiciera el amor. Así, cuando sudaba sobre el cuerpo del amante, gritaba AY, AY y cuando temblaba bajo el peso del marido gritaba YA, YA.