Cosas molestas sobre los libros

Me gustan gordos, delgados, grandes, pequeños, viejos y jóvenes. No me importa el color ni la altura. Ni siquiera tengo en cuenta si están o no muy limpios. Es verdad que suelo preferirlos inteligentes y divertidos, pero pasaría las noches en compañía de casi cualquiera. Lo confieso: los libros me gustan muchísimo.

Sin embargo, como en toda relación amorosa, también hay cosas que me molestan de ellos. Arriesgándome a parecer materialista, declaro que lo que más me enrabieta es su precio. Sí, el dinero, that clinking clanking sound. Si solo pudiera leer los libros que compro, andaría por ahí desnuda y desnutrida. Los libros son carísimos y ni siquiera percibo diferencias relevantes entre los distintos formatos, como por ejemplo entre ediciones de bolsillo y tapa dura.

Por suerte para mí, existe una infinidad de alternativas románticas. Las bibliotecas son bastante bucólicas. No hay que descartar el robo o la piratería. Por último, disponemos de librerías de segunda mano. La mayor parte de los libros que poseo los he adquirido de esta manera. Además, me gusta poseerlos, hacerlos míos, no que la biblioteca me los “preste” (así, con arrogancia). Resulta incómodo que encima me pongan límites y se burlen mi capacidad como lectora (“¡Oh! ¿Ha sacado usted este libro de mil páginas? Seguro que podrá leerlo en una semana, como todo el mundo”). Esos son algunos de los motivos por los que prefiero estos libros, sin mencionar la intrínseca emoción de abrir mi ejemplar de segunda mano recién adquirido y encontrar alguna maravilla. Es habitual encontrarse postales, pegatinas, listas de la compra y dedicatorias tales como “De tu tía Pepita que te quiere. Espero que este libro te ayude tanto como a mí y que lo lleves siempre contigo”. La sorpresa también puede ser negativa. Dejé de leer dos páginas de El amante de Lady Chatterley porque estaban cubiertas de un inmenso, verde y seco moco.

Hoy, solo compro un libro cuando o verdaderamente me desespera no tenerlo o, la mayor parte de las veces, cuando considero que el libro es lo suficientemente bonito como para servir de decoración. Como quien compra un jarrón, lo admito.

No obstante, algo que realmente me saca de mis casillas es que el precio de los eBooks continúe siendo tan incomprensible y exasperadamente desorbitado. A veces me pregunto si es que a las editoriales no les interesa que salgan adelante los libros digitales. Es cierto que esto no sucede siempre. Muchas editoriales realizan ofertas competentes con sus libros electrónicos (por poner un ejemplo: 23 Escalones), pero no suele ser el caso, especialmente en lo que respecta a las grandes editoriales.

Desde mi punto de vista, el libro en formato papel acabará quedando desfasado en cuanto dejemos de resistirnos. Por mi parte, no comprendo ese desesperado aferrarse a la celulosa, como si fuéramos cabras en lugar de hombres. El libro digital ofrece numerosas ventajas. El solo hecho de poder guardar lo que subrayo en un documento de texto me ha resultado de lo más útil en muchas ocasiones. Por otro lado, no me refiero únicamente a los usos prácticos, sino también a las posibilidades artísticas. Se me viene a las mientes, por ejemplo, el libro para Ipad. ¿No podríamos hacer libros verdaderamente hermosos?

Para ir terminando, quiero dejar claro que en ningún momento se trata de no pagar. Elaborar un libro conlleva mucho esfuerzo y estoy más que dispuesta a rascarme los bolsillos por un producto bien ejecutado. Siempre que leo un libro descargado de un enlace misterioso, me asalta la duda de si verdaderamente me estaré leyendo La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o la versión de algún tipo retorcido que quiere hacerse pasar por él. Lo que no estoy dispuesta es a pagar precios demasiado altos y menos a sabiendas de que en otros países la gente adquiere libros a precios moderados.

Desde aquí, como si fueran a hacerme caso, hago un llamamiento a las editoriales para que entren en razón. Por favor, quiero un mercado de libro electrónico justo. Y si no lo hacen por mí, háganlo por los árboles.

Denme de leer, que tengo hambre de libro.

Libros

“Piezas desequilibradas”, de Darío Vilas

Piezas desequilibradas es una tambaleante armazón de 11 relatos de terror compuestos por la mente retorcida de Darío Vilas. Aunque se publicó en 2011, recientemente la editorial 23 escalones ha sacado una versión para Kindle por menos del euro que cualquiera se atreve a pedirnos por la calle. Se trata de una editorial joven y con muchas iniciativas, a la que vale la pena echarle, más que un vistazo, una mirada larga y penetrante.

Las diversas narraciones de este libro de relatos (es decir, las distintas piezas de este puzle sin sentido) son “desequilibradas” por dos motivos. En primer lugar, es clara su referencia a la locura, estado mental del que pueden enorgullecerse muchos de los protagonistas. Por otro lado, los relatos son desequilibrados porque, aunque enmarcados en el género de terror, las temáticas y los puntos de vista van a variar mucho entre unos y otros. No todos tienen la misma calidad ni la misma extensión y, sin duda, no todos van a impactarnos por igual. En este sentido, podemos afirmar que la unidad de los relatos es más bien poca, si bien es cierto que el autor ya nos lo advierte desde el mismo título. No obstante, esta variedad puede resultar un plus para algunos lectores.

El título que da nombre a la obra es también el del primer relato, quizás el mejor de los once. Sus personajes pueden presumir también de ser unas ‘piezas desequilibradas’, que no encajan en el rompecabezas de la sociedad. El autor nos engancha enseguida. Distinguimos la fórmula del éxito desde las primeras líneas: violencia y sexo. Marcos, el torturado protagonista, es brutal a la vez que tierno y tiene una relación más que complicada con la despampanante Maite. Se trata de la misma fórmula de la bella y la bestia que utilizó Frank Miller con Marv y su Goldie en Sin City. Marcos es un ser excepcionalmente fuerte, honorable a su manera, con una ocupación poco convencional: cazar vampiros. A esto hay que añadir que el relato está contado en primera persona, con el estilo inconfundible de una novela negra. Lo malo es que uno se queda insatisfecho, con la sensación de que debería ser más largo.

El resto de narraciones tratarán temas tan diversos como el exorcismo, el asesinato, el terror sobrenatural o los fantasmas. “Una luz al acecho” y “Yo (y el autobús nº 4)” nos muestran un ambiente sórdido y crítico. Tanto en “Una luz al acecho” como en “La muerte imita al arte” el afán artístico de los personajes principales tendrá un macabro desenlace. También podemos encontrar historias de fantasmas, de un corte algo más clásico, en “El diario de Silvia”, “1 minuto y 35 segundos” o “La Bruja lusa”. Además, es notable el sentido del humor de alguno de estos relatos. “¿Quedamos?”, por ejemplo, es una narración sobre el acoso bastante divertida. “El Demonio, Charles y Selvakumar”, dejando a un lado la sangre y la muerte, es en realidad una historia enternecedora sobre dos hermanos. Tropezamos con algo de terror sobrenatural en “Voluntad bajo cero”, donde el frío va adueñándose poco a poco de una casa y sus habitantes, al igual que en “Purpúrea cicatriz”, cuya lectura deja un regusto lovecraftiano.

En definitiva, Piezas desequilibradas es un libro por el que se pueden ver desfilar yonquis, fantasmas, asesinos, locos, embalsamadores y muchos cadáveres. Tampoco faltan los tópicos del género, como los e-mails en cadena o los bebés diabólicos. Este conjunto demencial de elementos terroríficos nos conduce al desequilibrio que, tarde o temprano, todos acabamos encontrando en nuestras vidas.

 

Esta reseña también puedes verla en la revista Hello Friki: http://hellofriki.com/literatura/libros/piezas-desequilibradas/resenya

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