“El bosque animado”, de Wenceslao Fernández Flórez

El bosque animado es una novela del gallego Wenceslao Fernández Flórez. Vio la luz en 1943 e incluso ha sido adaptada al cine en tres ocasiones: en 1945, en 1987 y finalmente en 2001. Se trata de una novela mágica y hermosa de nuestra literatura contemporánea, que sin duda merece pedacitos de nuestro tiempo.

El bosque animado WFF

A través de su aguda sensibilidad y de un lenguaje altamente poético, Wenceslao Fernández Flórez nos introducirá en el mágico ambiente de un bosquecillo de Galicia donde se nos narrará por igual la vida de los hombres (la historia de Geraldo y Hermelicia, las hambrunas de Marica da Fame) como de los animales (el perro de los Esmorís, los gatos, las moscas) y las plantas (por ejemplo, la historia de los árboles y su asombro ante la instalación de un poste eléctrico, que se creía mejor que ellos por tener una ‘utilidad’, símbolo de la industrialización y el progreso). Esto se debe a que el claro protagonista de El bosque animado no es sino la propia fraga de Cecebre.

El libro no está dividido por capítulos, sino en “estancias”. Esta forma de nombrar las partes de la obra podemos explicarla, por un lado, haciendo alusión a su significado de ‘sala’, ya que cada estancia se centra en algún personaje o nos muestra un ambiente diferente; por otro lado, refiriéndonos a la estrofa poética, lo que nos pondría en relación con el estilo de la novela. Precisamente es la intención poética una de las características que, junto al estilo y al tema principal, nos alejan de la anterior novela decimonónica y nos acercan a la novela lírica o incluso experimental.

Su gran calidad literaria la convierte en una obra valorada en general por la crítica, aunque algunos han señalado como un defecto su falta de compromiso social. No debemos olvidar que esta obra se publicó en 1943, unos años después de la guerra civil, en plena posguerra. Sin embargo, si buscamos la crítica social, es cierto que en la novela desempeñan un papel importante el hambre y la miseria que padecen algunos personajes. Quizás el más patético de todos es Marica da Fame (“fame” es la palabra gallega para “hambre”), que en su desesperación llega a suplicar a la bruja de la fraga, la Moucha, en su lecho de muerte, que la nombre su sucesora para poder tener algo de lo que vivir. También hay un episodio en el que el perro de los Esmorís (que por lo general anda casi tan hambriento como Marica, ya que sus dueños no le dan de comer) se encuentra con un zorro que le propone un trato: robar las gallinas mientras el perro distrae a los hombres y compartir el botín. El perro, a pesar de su intensa miseria, lo rechaza sin dudarlo porque es fiel a los hombres, lo que le vale el desprecio del zorro. En este episodio algunos han querido ver en el zorro la figura del capitalista. Siguiendo esta línea, también hay algo de crítica y una gran dosis de ironía en la historia de las hermanas Roade. El señor ‘pálido y mal vestido’ (caricaturización del filósofo o el teórico) les habla de que los perros son en realidad inteligentes y tienen sus propias ideas, sobre todo respecto a la propiedad. Les cuenta su teoría sobre Metralla, un perro terrorista que ‘había encontrado, sencillamente, el comunismo’.

No obstante, aunque estas lecturas son válidas y es muy cierto que el hambre es un tema fundamental, pienso que esta posible interpretación social (también reflejada en Pilara, la chiquilla cuyos trabajos de gigante apenas son recompensados por su empleadora y que sufre una muerte trágica y vacía) queda en un segundo plano, ahogada por la vida colectiva del bosque, por el ‘primor ecológico’, por el encanto que ejerce sobre nosotros el hechizo múltiple y unitario de la fraga de Cecebre. No en vano se considera que esta obra de Wenceslao Fernández Flórez supone un anticipo del realismo mágico hispanoamericano.

Por último, el elemento autóctono es también de vital relevancia. La novela cobra sentido en su contexto: la imaginería gallega. La fraga, y por tanto Galicia, se nos revela como un paisaje de sueño, en el que los hombres conviven con lo maravilloso y lo misterioso de forma cotidiana. En este sentido tenemos por ejemplo la historia del ladrón Fendetestas, que se encuentra con el fantasma del señor Cotovelo, un gallego que emigró a América y que ahora que ha muerto no tiene con quien hablar. Al principio la reacción del ladrón es de temor, pero finalmente acaba conversando con el muerto como lo haría con cualquier persona, un poco por compasión, un poco por el deseo de que lo deje tranquilo. Las historias de espectros son habituales, como la de Gudelia, la encantadora de hombres, así como la presencia de la Santa Compaña. El agua, los árboles, los animales, el pazo y las gentes son simples piezas de la intrincada armazón constituida por la fraga de Cecebre.

A pesar de este galleguismo, es de notar que la obra está escrita en castellano, en consecuencia con las prohibiciones de la época para hablar y escribir en cualquiera de las otras lenguas de España.

Como el propio título indica, el auténtico protagonista es la fraga. El punto central de la novela no es sino la vida de la fraga que, como se nos revela en el ‘ultígono’, vuelve a renacer tras el paso de la Muerte. En efecto, el bosque de Wenceslao Fernández Flórez está ‘animado’ en todo su sentido: tiene alma y vida.

“La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra… Es toda vida: una lengua, dos lenguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto”.

Wenceslao Fernández Flórez

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