Los cuentistas

Tomás, Tomasito, era un niño muy listo. Era el hijo de mi vecino Pepe. Al principio mi Darío y él no se llevaban bien. Competían un poco, porque Tomasito era el único que sacaba mejores notas que Darío y él fue siempre muy orgulloso, de quién sacaría eso me pregunto yo. Esto no lo admitió él, pero yo lo supe, que mi Darío le había robado el cuaderno. Vino a enseñármelo maravillado y se pasó el día de aquí para allá con él. Tomás escribía cuentos, unos cuentos preciosos y tan bien escritos para un niño tan pequeño. Mi Darío también escribía, aunque sobre todo escribía poemas. Fue así como se hicieron amigos.

Darío le devolvió el cuaderno y le enseñó unos poemas suyos y a Tomás le parecieron muy bien. ¿Qué tendrían, diez, once años? Se pasaban el día juntos inventándose historias. Me decían que iban a escribir juntos un libro, pero luego los acababan dejando todos a la mitad porque siempre había algo que no les gustaba. Una vez se pelearon con Toñita, la hija de Mario, porque la convencieron para que les hiciera los dibujos de un libro de cuentos de hadas, pero luego se olvidaron de él y la pobre niña estuvo dos meses pinta que te pinta, para que después le tiraran los dibujos a la basura. Cómo se puso, madre mía, yo los reprendí a los dos, pero siguieron haciendo de las suyas. Hasta montaron un club con Sergio y Jorgito, pero esos niños venían a merendar y luego ponían excusas para marcharse, cuando me veían en el patio siempre me preguntaban que de qué iba a hacer el queque. Se entendían, ellos dos. A veces pienso que de no ser por Tomás mi Darío se habría sentido muy solo de niño.

Tendrían catorce años o así cuando Teresita se mudó al barrio. Era la hija de Juan el carpintero y Amelia. Amelia era una mujer sabida y creo que trabajaba de secretaria. Algunos del barrio decían que se acostaba con el jefe, pero eso no era verdad. Teresa era bonita, tenía la nariz un poco torcida como el padre, pero un pelo lindísimo, rubio, largo, y le brillaba. Cómo le brillaba el pelo a esa niña. Se reía mucho, también, e iba por ahí cantando pero siempre bajito, como si fuera todo un secreto. Le gustaba el teatro y el cine pero no quería ser actriz. Darío se fijó en ella desde que llegó. La invitaba a beber granizados y le compraba pulseritas de hilo. La llevaba a que los escuchara a él y a Tomás recitar. Le escribía poemas, por supuesto, aunque en los poemas la llamaba Lucero, como si no fuera a darse cuenta igual. Hasta se metió en un taller de teatro por verla más a menudo. Desde los quince años se hicieron novios ella y mi hijo. Iban siempre a todos lados acompañados por Tomasito.

Los niños se hacen hombres sin que una se dé cuenta. Tomasito medía ya metro ochenta y se afeitaba la pelusilla del bigote. Teresita era buena muchacha y le hacía bien a Darío. Se querían mucho. Se casaron con veinte años y eso que yo me opuse, que les dije que no se casaran hasta que Darío terminara la carrera de Lengua Inglesa y encontrara su trabajito de profesor, pero ellos estaban enamorados e impacientes y querían tener su casa, qué se le va a hacer. Teresita trabajaba en una tienda de comestibles y haciendo remiendos, y Darío daba clases particulares después de sus lecciones y así, y con una ayudita de los padres, todo sea dicho, iban tirando.

Tomás los iba a visitar casi todas las tardes. Él y Darío estaban escribiendo un libro, lo titularon Cuentos incompletos. Habían decidido que aunque no terminaran los cuentos igualmente iban a escribir una colección, y los que no terminaran los dejarían abiertos, con unas opciones para que los lectores eligieran el final que más les gustase o se lo inventaran ellos mismos. A mí me pareció algo rarísimo, pero ellos parecían felices. Así era como se divertían.

A veces pienso cómo habría sido todo si a Darío no se le hubiera metido en la cabeza aquello del curso en Inglaterra. Llevaban dos años casados y Darío estaba a punto de terminar, pero el matrimonio andaba así así. Luego me enteré, porque me lo dijo ella, porque mi Darío siempre se callaba lo más importante y decía todo lo demás, que habían estado intentando tener un niño. Pero no había forma, ella no se quedaba. Se hicieron las pruebas y resultó que era Darío, que tenía problemas de fertilidad. Eso lo supe incluso más tarde. No sé si estaría frustrado por eso mi hijo o qué, el caso es que era discusión día sí y día también, que él se quería ir a… ¿cómo se llama?, Cambrige, eso, a un curso de Literatura, y ella que no, que un año era mucho tiempo, y claro que no tenían dinero para que se fueran los dos, el curso ese costaba una barbaridad, y él ya había pagado la mitad sin decirle nada a ella. Pues es normal que se enfadara, qué quieres que te diga, aunque sea mi hijo. Él la acusaba de que no quería que cumpliera su sueño, que no quería que fuese un escritor de éxito, sino que se quedara para siempre en el pueblo con ella, siendo un don nadie, un profesor de inglés de pacotilla, y ella que qué tenía eso de malo. Al final Darío se marchó sin decirle nada. Ni a mí me dijo, no se lo dijo a nadie. Un día, Darío ya no estaba por ningún lado. Tomás vino preguntando por él por casa, decepcionado porque ya no podrían acabar el libro ese que estaban escribiendo.

Recibimos noticias suyas como un mes más tarde, pidiendo disculpas, que sentía haberse ido así pero que era algo que tenía que hacer. A Teresa le prometía que volvería y que haría las cosas bien, que volverían a ser felices, le pedía que lo esperara. Cuánto sufrió esa muchacha. Y él, él también, y todo por una tontería. Eso sí, lo que hizo ella mientras él no estaba no debería haberlo hecho, por mucha pena que le diera Tomasito. Eso fue una debilidad, pero lamentarse ya no vale la pena. Tomás se le presentó un día en la puerta y se le declaró. Que había estado enamorado de ella mucho tiempo, desde que eran niños, pero que no se había atrevido por Darío, por la amistad que los unía, pero que ahora que él la había abandonado él estaba dispuesto a hacerse cargo de ella. Al principio lo echó, increpándole que Darío no la había abandonado, que iba a volver. Pero pasaron meses y meses, meses enteros sin saber nada de Darío, y Tomás que seguía tocándole a la puerta, ayudándola con las bolsas de la compra, llevándola a tomar café.

A ella fue a la primera que le contó lo de su enfermedad, que yo sepa. Tomás tenía algo mal en el cerebro. Yo no entiendo bien de esas cosas, pero era como una lesión del cerebro o una cosa así, que hacía que perdiera memoria y conciencia de sus alrededores. Se iba a ir apagando poco a poco, perdiendo recuerdos hasta no ser ya más Tomasito, sino un saco de huesos inútil. Ya se le olvidaban cosas pequeñas, como dónde había puesto las llaves o por qué había salido a la calle. Hasta le dijo a Teresita que era virgen, que no quería estar con otra mujer que no fuera con ella. Total, que se ablandó, qué vamos a hacerle. Tomás era un joven muy tierno. No era malo, aunque no estuviera bien que fuera así tras las espaldas de mi Darío. Teresita me dijo que fue una sola vez. Pero no sé yo si creerla, que ya sería mala suerte quedarse embarazada de Tomás habiéndolo hecho una vez sola.

Darío volvió seis meses más tarde. Al final ni curso ni nada. Un conocido suyo lo había engañado como a un chino con lo de la matrícula y se encontró con que había perdido el dinero y que no lo aceptaban en la universidad. Estuvo seis meses trabajando de freganchín en Inglaterra, a ver si recuperaba el dinero, pero no lo consiguió. Me confesó que no mandaba cartas porque se sentía avergonzado, se sentía un idiota, y un idiota fue. Ya por Navidad no aguantó más y se volvió. Tomás y Teresita no se veían más por entonces, pero Teresita no se lo podía guardar y se lo dijo a su marido. Que estaba arrepentida, decía, que por Dios la perdonara, que no podía vivir sin él, que pensaba que la había abandonado. Hasta lo del embarazo le dijo. Podrás imaginarte el drama, los llantos, las lágrimas, las noches sin dormir. Yo le daba de mis pastillas pero ni por esas. Teresita perdió su trabajo porque ya no se presentó más y acabó metida en la casa del padre. Ella y mi hijo se veían a veces para hablar. Darío le pidió que abortara, pero ella que no. Por Teresa me enteré que en su familia había habido muchos abortos. Quién sabe, en fin, su decisión era. A lo mejor le daba miedo no poder tener hijos con Darío o no quedarse más.

A todo esto no se le había visto el pelo a Tomasito. En cuanto Darío volvió se esfumó. Yo no sé si se estaría escondiendo o qué. El caso es que se presentó un día en casa preguntando por él. Casi lo mata. Le pegó un puñetazo sin mediar palabra. Tomás estaba en el suelo ensangrentado y tuve que ir yo a pararlos. Mi hijo seguía hecho una fiera, diciéndole que lo iba a matar, que más tarde o más temprano, pero que lo iba a coger y lo iba a matar. Fue por ese entonces que Darío empezó a beber. Y mira que nunca le gustó la bebida, al menos que yo sepa. Con Teresa se vio unas cuantas veces más y era siempre la misma historia. Fue ella la que le contó un día lo de la enfermedad de Tomás, porque él no le había dicho ni mu. Que le había dado pena, que ella a Tomás no lo quería, que si pudiera volver atrás en el tiempo… Que volviera, que la perdonara. Total que así pasaron los meses. Tomasito yo creo que estaba muerto de miedo en su casa, no se le veía el pelo. O a lo mejor solo estaba arrepentido o triste. En fin.

Darío después de todo aquello ya no quería ser profesor. El quiosco se lo financiamos entre mi hermano y yo y un préstamo que pedimos. No siempre fue mal, antes la gente compraba más. También es verdad que tenía más vida el barrio. Lo de escribir sí, eso no se lo podía quitar de encima, pero ya no decía que quería ser escritor ni publicar nada. A las cosas que escribía ni les ponía el nombre. Lo de Teresita pasó en septiembre o una cosa así. Cuando aquello yo estaba haciendo natillas, que era el postre favorito de Teresa. Me llamó Juan desde el hospital. Teresita se había puesto de parto. A mi hijo lo llamé yo. Enfadado, me dijo que no iba a ir, que para qué lo llamaba, y me colgó el teléfono. Pero al final sí que fue, ya sabía yo que iba a ir. Me contó que se sintió como un tonto cuando entró en la habitación y se encontró con Tomás, que le estaba dando la mano a Teresa. Casi se marcha, me dijo, aunque Teresa enseguida lo soltó y quiso tomarle la mano a Darío. Parece que se puso la cosa caliente y el médico los echó de la habitación. Estuvieron horas en la sala de espera. Me contó Juan que Darío y Tomás estuvieron allí como dos niños pequeños, sin hablarse, sin mirarse siquiera. Uno de los médicos vino a darles la noticia. El niño había nacido muerto. Darío me lo contó más tarde. Soy malo, mamá, cuando lo supe me alegré, pensé por un momento que la cosa se iba a arreglar, que Teresa y yo podíamos estar juntos otra vez… Ay, mijo. No sé quién fue pero alguien preguntó que cómo estaba la madre. Que había perdido mucha sangre, que estaba débil. Que parecía que había pasado el peligro, pero que no podían asegurar nada. Imagínate cómo se quedaron. Esa noche no pudo verla nadie, solo los médicos. Aun así pasaron la noche allí los dos, para que Juan pudiera descansar. Ella los mandó a llamar a la habitación a la mañana siguiente. Nunca lo olvidaré, mamá, dos lágrimas como dos hilos de luz, el pelo como si le flotara alrededor de la cabeza, tan blanca… Algo así me dijo. Debía ser que Teresa ya lo sabía, porque supongo yo que esas cosas el cuerpo las sabe. La voz quedita, más bajita que de costumbre, les pidió que se reconciliaran, que sentía haberse entrometido entre ellos, que la olvidaran. Llorando, llorando les pidió que volvieran a ser amigos, que terminaran el libro que estaban escribiendo juntos. Que sentía haberles hecho daño, que ella los quiso, a Tomás como amigo, a Darío como esposo. Yo le dije que sí, mamá, que sí a todo, aunque supiera que no era verdad, que con Tomás la amistad estaba rota, le dije que me la llevaría a casa y viviríamos como antes, que yo también lo sentía. Ay, mijo. Teresa murió esa noche. Tú no sabes, la pena. Como si el sol dejara de brillar de repente. Darío se pasaba los días en la cama. Yo a veces me despertaba por la noche e iba a tocarlo, preocupada por si se había muerto él también. ¿Cuánto tiempo pasó? Un año casi, diría yo, hasta que Darío pudo ir a trabajar otra vez. Lo malo es que siguió bebiendo. A veces venía a verlo al quiosco y le veía una botella escondida bajo el mostrador, como si no se le notara en el aliento. Ay. Mira que se lo dije. Que no podía ir así por la calle, que menos podía conducir así, que un día le iba a pasar algo. Y vaya que si le pasó.

La suerte que tuvo es que no se llevó por delante a nadie. Se salió de la carretera, el coche quedó destrozado. Casi no se me muere él también, imagínate. Eso no lo habría aguantado yo. Estuvo internado meses, meses que los médicos no sabían, que si sí que si no, un calvario que me hicieron pasar. Lo que quedó claro es que Darío no sentía las piernas. Yo les pregunté que si con rehabilitación pero me dijeron que no había nada que hacer, que lo suyo no tenía arreglo, y así fue que se quedó paralítico. ¿Tú sabes lo que cuesta una silla de ruedas? No hay derecho. Las eléctricas esas no nos la podíamos permitir. Tomasito estuvo ahí desde el principio. El único que me hizo compañía, fíjate. Cuando todavía no sabíamos si iba a despertarse o qué. Esa yo creo que era la primera vez que se veían desde lo de Teresita. Fue muy atento, Tomasito, me ayudó mucho. Lo limpiaba si tenía que limpiarlo, las ayudaba a las enfermeras a moverlo. Yo podía irme a casa a dormir porque estaba él ahí. Yo creo que Tomasito lo convenció a mi Darío así, poquito a poco. Cuando ya estaba mejor fue que le dijo él lo de la enfermedad suya, porque hasta entonces Darío solo lo sabía por Teresa y creo yo que le convino más hacerse el loco. Le pidió que terminaran el libro ese, los Cuentos incompletos. Estaba perdiendo facultades, ya se le notaba más, y quería terminarlo antes de ponerse peor. Darío accedió y así más o menos se reconciliaron. De esa forma se pasaban las tardes más rápido en el hospital, entretenidos en sus cosas como cuando eran chicos. Era bonito de ver, al menos a mí me lo parecía. Todavía seguían con lo del libro cuando Darío salió del hospital.

Primero era Tomasito quien cuidaba de mi Darío y luego fue Darío el que cuidaba de Tomás. Él se había quedado sin nadie siendo un chiquillo, con diecinueve o veinte años que se le murió el padre. De la madre nunca se supo nada, el rumor era que los había abandonado y se había marchado con otro hombre. Tomás se fue poniendo peor mientras escribían el libro, pero el día que lo terminaron estaba tan contento, tan lúcido, que cualquiera diría. La pena es que nadie quería publicarlo. Que si eso no vendía, que si no los conocía nadie. En fin, las cosas de las editoriales, que son un negocio al fin y al cabo. Estaban un poco decepcionados pero yo creo que se lo esperaban. Al final decidieron publicarlo por su cuenta con un dinerito que habían estado ahorrando. No salieron muchas copias. Darío las repartió por ahí a unos libreros que conocía, aunque la mayoría se quedaron aquí en la casa y en el quiosco. Hasta hicieron una presentación y todo, pero no vino casi nadie. Ahí sí no sé muy bien qué pasó, pero me da a mí que fueron los nervios, la decepción o vete a saber. Por lo que le había oído yo, Darío le tenía dicho a Tomás que después de la presentación se acababa, que no se volvían a ver. Se lo decía cuando estaban enfadados. El caso, que había cumplido su promesa y punto pelota. Yo no sé cómo llegaron a la discusión, pero mi hijo me contó luego un poco arrepentido que se puso como una fiera, que lo agarró así por el cuello, que lo iba a matar le dijo, que era una traidor, recordándole lo de Teresita. Las cosas de ellos, yo no sé. El caso es que a Tomasito le dio un ataque de ansiedad o algo y pum, al suelo. Se pasó un tiempo en el hospital, porque los médicos querían mirarlo. Darío tuvo que ir a la casa a buscar sus cosas y así nos enteramos, porque le vio las facturas Darío, que Tomasito estaba hasta el cuello de deudas. Se había gastado un dineral en tratamientos alternativos, curanderos de esos que se aprovechan de la gente y cosas así me dijo mi hijo. Se quedó muerto cuando le vio la carta de que le iban a embargar la casa. No nos había dicho nada el Tomasito, como si no hubiera confianza, vete a saber tú lo que estaría pensando, o si la enfermedad lo tenía que no podía pensar nada. Yo qué sé. Darío me lo dijo y a mí me pareció bien, donde comen dos comen tres y al fin y al cabo el pobre no tenía a nadie más. Cuando salió del hospital se vino a vivir con nosotros. Para mí que se quedó peor después de eso, estaba ya casi pues como lo ves ahora tú. No es el mismo ya, el pobre.

Como Darío no quería que fuera, bueno, otra carga para mí, pues se la pasan en el quiosco los dos. Así al menos parece que siempre hay un cliente. Tomás se pone a mirar las revistas como bobo, que siempre mira las mismas cuatro, y a veces hace como que las lleva al mostrador y las compra, que en vez de sacarte dinero que no tiene te saca unas tarjetitas de calendario y Darío le sigue la corriente. Haciendo la pantomima los dos, como si estuvieran jugando. Cuando me paso a veces lo veo comiendo golosinas como cuando eran chicos y me entran unas ganas de llorar que tengo que esperar a calmarme antes de entrar en la tienda.