Lobo

Mi casa era sucia, triste y pequeña. De día flotaba una luz amarillenta y pegajosa. De noche era oscura como un agujero. No me dejaban abrir las cortinas. Algunas estaban rotas. El color del suelo no lo recuerdo bien. Solo recuerdo que era grasiento y la sensación fría y extraña en mis pies, como si fuera pisando limo, esas manchitas verdes de las rocas en la playa. Las paredes siempre me parecieron amarillas también. A lo mejor por la luz. Estaban desconchadas y yo me imaginaba que la pintura se caía como la piel de una persona. A veces me dedicaba a arrancársela como cuando me quitaba los cuerillos que me salían en los hombros quemados por el sol.

La mayoría de las cosas que teníamos eran feas o viejas. A mi madre le encantaban las vitrinas de cristal y las llenaba con figuritas de porcelana de gatitos, señoras bailando, conejos, cisnes, ángeles. A mí me parecían muy tontas y como muertas. Hacían que me acordara del cuento de Blancanieves, que “yacía exangüe en un ataúd de cristal”, porque era muy bonita.

En realidad, las figuras de porcelana me recordaban un poco a mamá. Era tan pálida que parecía una foto estropeada. Quizás por eso su color favorito era el rojo. Casi todos sus trajes eran de un rojo vivo, llameante, como la manzana de Blancanieves o como la capucha de la Caperucita Roja de mi libro de cuentos. Llevaba los labios pintados de un rojo intenso, aunque estuviera todo el día dentro de casa. Entonces yo la quería mucho. La admiraba.

Él era muy distinto. Lo que menos soportaba era su olor. La gente normal huele a tabaco, gasolina o colonia. Mi madre olía a lejía y a comida. Él no. Él estaba recubierto de un sudor pringoso, una mezcla de sangre y tierra. No sabía cómo podía oler a eso, ni cómo podía saberlo yo. Odiaba sus manos peludas y gigantescas, repletas de arañazos, sus uñas amarillas, largas y duras. Tenía barba y el rostro afilado e inquisitivo, tiritas en los pómulos. Los dientes superiores le sobresalían un poco por fuera del labio. Detestaba sus abrazos y sus besos. El pelo de su cara picaba y me dejaba cubierta de babas, como si fuera un perro. Mi madre se enfadaba si me retorcía o salía corriendo. Además, cuando me cogía en brazos (aunque yo ya era mayor para eso), movía las aletas de la nariz como si me estuviese olisqueando. No me gustaba. Aún más repugnante era verlo tocar a mi madre, agarrarla por las caderas con violencia, tirarle del pelo.

Tal vez ellos pensaban que no, pero yo lo oía gritar desde mi cuarto. Algunas palabras no las conocía, aunque entendía casi todos los insultos. Él era así, lo decía mamá. De pronto se enfurecía por algo y estallaba. Cuando sucedía, que era muy a menudo, rompía a propósito algunas de las figuritas de
porcelana. Abría la vitrina, como el príncipe la de Blancanieves, y las tiraba una a una, y quedaban inertes y sin consuelo, mirando con sus ojitos huecos, perdidas en un sueño de añicos. Yo las veía cuando él se había marchado. Daban mucha pena. Lo primero que hacía mamá era comprar nuevas figuras y volverlas a colocar en los estantes, como en un ritual.

Casi todas las peleas eran por la noche. Decía cosas como que nos odiaba y que nunca debería haber tenido una familia mientras mamá gimoteaba. Luego se iba entre golpes y con un gran portazo al final que hacía retumbar las ventanas de mi habitación. Regresaba exhausto a la mañana siguiente, sin dar explicaciones sobre dónde o con quién había estado. Después podía pasarse todo el día durmiendo y mi madre lloraba muy
quedamente junto a él, en la cama. Para mí él era como una montaña de rabia y pelo, un gigante de cuento
brutal, despiadado. Solo lo vi ceder una vez, como un árbol que se inclina bajo el viento y parece que va a quebrarse por un instante. Ya habíamos cenado, y salimos los tres a la terraza. Él no dejaba de mirar la luna, que se reflejaba en sus ojos febriles, enormes, como dos bolas de cristal. Por un momento pensé que se había vuelto loco. Tenía miedo, temblaba. Un terror más hondo de lo que entonces pude comprender se había instalado en aquel animal lleno de cólera que era papá.

Ahora creo que, aunque no era del todo consciente de lo que ocurría, intentaba evadirme a mi manera. Tenía un libro de cuentos desgastado que había encontrado en casa por casualidad. Me gustaba mirar los libros y ordenarlos alfabéticamente. Mi libro de cuentos lo tenía escondido entre la letra “H”, que solo tenía dos autores: “Hobbes” y “Herman Hesse”. Me repetía que, como la “H” era muda, no podía revelar a nadie mi secreto. A decir verdad, muchas de las historias me daban miedo. Recuerdo el dibujo que ilustraba el cuento de «Los siete cabritillos». El lobo aparecía sobre una montaña negra, recortado contra un cielo nublado de manchurrones grisáceos. El lobo era una mole inmensa de garabatos de tinta que parecían moverse y avanzar, y si lo miraba mucho rato ya no sabía distinguir la colina del lobo. En el cuento de Caperucita el lobo estaba pintado de pie como si fuese un hombre y le daba la mano a la niña. A ella no se le veía la cara, pero yo me imaginaba que estaba feliz porque se pensaba que el lobo era un hombre. Con el paso del tiempo, no pude evitar empezar a darme cuenta. Primero fueron los moretones. La veía maquillándoselos en el baño. Al principio lo pasé por alto. Una tarde le vi la espalda, llena de cicatrices, y una gran venda blanca, empapada en sangre, cubriéndole el costado. Le señalé la herida y le pregunté qué había pasado. Me respondió que nada, que se había hecho daño cuando fueron al campo, que no le dolía. No me creía capaz de enfadarme con ella, pero me enfadé. Le chillé que era una mentirosa, que había sido él. Entonces ella puso una cara que parecía muy distinta a la suya y me agarró por el brazo. Me llevó a mi cuarto y me dijo que no quería volver a oírme hablar así de papá. Me quedé tumbada en la cama, hecha un nudo, el resto del día.

Nuestra rutina, en el fondo, apenas cambió. Yo empecé a tener pesadillas. En mis sueños, descubría que había lobos acechando dentro de las paredes, que aullaban y golpeaban los tabiques con sus patas para salir. El techo, el suelo y todas las paredes de la casa comenzaban a hincharse y aquellos bultos se agitaban frenéticos. En un intento de huida, tropezaba y me apoyaba en una de las paredes, que se había vuelto peluda y viscosa. También soñaba que cosía, tarareando, una muñeca. Cosía y cosía hasta que me percataba de que no cosía una muñeca, sino la tripa de un hombre llena de piedras.
Mi madre cada vez presentaba una nueva gasa que cubría una nueva herida. Ahora no eran moretones, sino heridas profundas y sangrantes. Yo no me atreví a decirle nada más. Ella comenzó a mirarme de una forma extraña, como si me odiase. Aunque intentara ser amable y estar callada, ella no podía olvidar lo que yo había dicho. Se lo notaba.

Él pasaba casi todo el día fuera. Tomó por hábito volver después de las doce, entrar violentamente en su dormitorio y volver a marcharse muy temprano, casi de madrugada. Mientras estaba en casa, yo escuchaba un rechinar de muelles, sacudidas, ayes de dolor y por debajo de todo eso una especie de sonido de chapoteo. El apartamento se estremecía y yo sentía como si alguien estuviese tocando un tambor en mi estómago. Una noche, me levanté llorando y fui muy despacito hacia su habitación, procurando que las plantas de mis pies no hicieran ruido al despegarlas del suelo frío y grasiento. Había luz y la puerta estaba entreabierta. Yo la empujé con suavidad y de pronto lo vi. Creo que no pude comprenderlo hasta más tarde, aferrada a las sábanas como a un escudo, o incluso hasta más tarde aún, cuando crecí. Él tenía los ojos amarillos y espantosos y la cara y el pelo chorreando sangre. Su cabeza estaba inclinada sobre el muslo de mi madre, con las carnes horriblemente abiertas. Le faltaba un trozo. Se la había estado comiendo. Me quedé paralizada en el umbral y ella me vio. Apenas podía moverse y estaba pálida y demacrada y tenía los ojos rojos como las heridas de su cuerpo. Llegó hasta mí y puso la misma cara que aquella vez, cuando me castigó, pero ahora las cejas le formaban una sola línea y le ardían las pupilas. Llegó hasta mí y me dio un bofetón. Me lo pegó muy fuerte. Dejó marca. Era la primera vez que me pegaba en la cara. Yo me eché hacia atrás. Ella cerró la puerta fuertemente tras de sí y volvió con él. Me quedé un rato en el pasillo. Creo que no pensaba en nada. Me fui a la cama y empecé a asumir qué había visto, qué había pasado. Mientras, papá seguía allí dentro, comiéndosela.
Apenas pude dormir aquella noche, ni la siguiente. Cuando yo salía él ya no estaba y mi madre procuraba no mirarme ni hablar conmigo. Yo estaba triste y furiosa. Me sentía impotente. Cuando conseguía dormir un poco, volvía a tener pesadillas. Me enterraban viva bajo un túmulo de piedras, conseguía salir, y en realidad escapaba de la barriga de un lobo. Yo estaba encerrada en un cuarto esperando a mi madre, pero ella nunca volvía a buscarme. Yo llevaba un pulóver rojo con capucha y me encontraba una ovejita que se arrancaba la piel y era un lobo, y luego el lobo abría la boca y era una persona. Cuando estaba despierta me parecía escuchar arañazos, leves e incesantes.

Aquella noche fue distinta. No hubo ruido, así que supuse que él no estaba. Me desperté muy pronto y fui al cuarto de mamá. Advertí que a su lado había algo, un bulto. “Está aquí”, pensé. Se revolvió en la cama y la sábana resbaló. De repente, pude contemplar los mismos ojos amarillos que me cortaron la respiración la otra noche. Aquella mole tenía pelo por todas partes, negro y erizado. Los dientes, afilados e inmensos, hacían cola en una especie de sonrisa atroz. Era un lobo, un lobo de verdad. Había un lobo monstruoso en la cama junto a mi madre. No estaba segura de si había notado o no mi presencia. Como no se movía, por un instante se me ocurrió que la bestia estaba desconcertada. Entonces me golpeó un penetrante olor a sangre que casi me hizo vomitar. El animal arrugó el hocico como si acabara de oler algo él también. Mi madre. Abrió sus fauces babeantes y posó sobre ella una pata con inaudita delicadeza. Iba a devorarla. Yo podía haber gritado, quería avisarla.
No sé por qué no lo hice. Pensaba en el bofetón que me había dado. El lobo se lanzó sobre su cuello y le arrancó los músculos de un bocado. La masticó y la engulló frente a mí. Cuando pude reaccionar, corrí. Al pasar por el salón, abrí la vitrina y cogí una de las figuritas de porcelana: era una niña con un perro y un vestido colorado. No sé por qué se me pasó aquello por la cabeza. Luego escapé, horrorizada. Nunca he regresado a mi antigua casa.