La ondina y el buzo

Al principio, la ondina se divertía ahogando a los jóvenes que se le antojaban hermosos. Una vez que dejaban de respirar, les adornaba las sienes con algas y les llenaba el cuerpo de flores y piedrecitas brillantes. Como no se movían resultaban aburridos y pronto se cansaba de ellos. Así, se veía obligada a renovar su colección con cierta frecuencia. Una noche, atisbó el cuerpo cristalino de un joven sobre el fondo del río. Al aproximarse, pudo comprobar que aún estaba vivo. Mordía un fruto que desprendía burbujas y a la espalda llevaba un caparazón duro y amarillo. Lo conquistó fácilmente. Los primeros días fueron maravillosos. Sin duda, con movimiento todo resultaba mucho más entretenido. Con el tiempo, descubrieron que podían comunicarse a través de los gestos. Durante unas horas no estuvo mal. Resultaba práctico, como mínimo. Luego empezaron las peleas. Era insoportable. Quizás ella insistió con demasiada rudeza en que él dejara de moverse. Su muerte fue un malentendido, en todo caso, pero resultó para bien. Ahora se llevan mucho mejor.

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