Historia bárbara

Desconocemos si se trataba de un miedo animal a la cuchilla o de una dejadez antropológica; solo sabemos que Manolo se había dejado crecer la barba desde que el primer vello asomó, pubescente y atónito, a su rostro igualmente atónito y pubescente. Por lo demás, se había desarrollado con normalidad. Adquirió un gusto estereotípico por el heavy metal y consiguió un empleo como electricista. El vello facial y la gravedad de su voz resultaban, en conjunto, muy varoniles. Ganar el Concurso Mundial de Barbas celebrado en los Estados Unidos de algún modo suponía la culminación de sus esfuerzos o, según otros, de la pura inercia.

Por desgracia y paradójicamente, el premio consistía en afeitar la barba del ganador y exponerla, reconstruida, en el Museo Nacional de Barbas. Una única lágrima, grande como un puño, rodó junto a los restos gloriosos de aquella barba primigenia. Durante el proceso de afeitado se perdieron tres especies de aves autóctonas, cuyo destino fue perecer irremediablemente fuera de su hábitat natural. Manolo denunció a los organizadores del concurso, pero no por la extinción de los desdichados pajaritos. No. Tras deshacerse del pelo, nadie fue capaz de reconocerlo. Él mismo se enfrentó a una angustia existencial enloquecedora. No ha salido del país, puesto que en la frontera no pudieron verificar su identidad. Sus costumbres han cambiado. Ahora solo escucha jazz fusión. Se le ha aflautado la voz y no es capaz de hacer un puente como antes. Le han dado trabajo como contable y todos lo llaman Jack. Desde entonces no le ha vuelto a salir un solo pelo en la cara.

Jack acude al Museo Nacional de Barbas de vez en cuando y permanece un rato absorto frente a la vitrina donde se expone la barba de un hombre llamado Manolo.

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