El poeta lisiado

Yo conocí al poeta Leopoldo Olivera cuando todavía quería escribir y no me teñía el pelo. Me apunté a uno de sus talleres de poesía pero no porque pensara que yo tenía que mejorar (era joven y arrogante) sino porque quería conocer a otros poetas como yo, quizá echarme novio. No tuve suerte, sin embargo, porque todos los poetas que conocí eran viejos. Seguí yendo no sé muy bien por qué, aunque lo cierto es que yo tenía mucho tiempo libre. Nos reuníamos todos los miércoles. El grupo se llamaba los Poetrastos o Poetastros. Nos llamábamos de una u otra forma de manera intermitente, no se sabe si por un virtuosismo lingüístico o por un desliz de humildad. Leopoldo, nuestro líder, era un hombre de unos cincuenta y muchos, contable de profesión, ya retirado. Vivía no se sabía de qué y decía tener más de cien publicaciones en revistas internacionales de nombres difusos. No obstante, nosotros solo conocimos un librito de poesía que había autopublicado y que mareaba en reuniones y conferencias. El título era, me parece, La gran Verdad. La escritura de este libro correspondía, según él mismo relataba, a su periodo más fructífero, cuando todavía era ciego. Luego tuvo la desgracia de recuperar la vista y dejó de escribir. O, al menos, no escribía nada que valiera la pena. Declaraba sin pudor que deseaba perder la vista de nuevo, pero que era demasiado cobarde para hacer nada al respecto. Yo le sugerí que escribiera con los ojos cerrados pero por lo visto no funcionaba así.

Los otros componentes del grupo eran Carmen, Mario, Lola y Yanis. Una vez escribí un poema sobre ellos comparándolos con cristales rotos, muñecos abandonados y luces anaranjadas en una carretera larga y oscura. A veces también había otros, pero no duraban mucho. Regresarían al alcohol o a la oficina o a sus paseos peligrosamente cerca del acantilado. Uno de los que más duró fue un hombre que escribía como Catulo y vestía un poco como él. Sus poemas eran como despeñaderos y se marchó indignado y entre insultos, porque en una ocasión se le ocurrió decir que la poesía sin métrica y rima no era verdadera poesía y Yanis casi le parte la cabeza.

Los otros Poetrastos me miraban con recelo al principio, quizá no me perdonaban mi juventud. Luego, más o menos, creo que nos hicimos amigos. Carmen había sido ama de casa y tenía dos hijos a los que casi no veía. Mario era pintor y fabricante de instrumentos además de poeta. Lola creo que únicamente venía porque quería acostarse con Mario. El más huraño, y también el que parecía tomárselo más en serio, era Yanis, que tenía un taller de coches y aseguraba que era holandés aunque todos sabíamos que era mentira. Juntos asentíamos ante los poemas de los demás, fingíamos que entendíamos algo y aventurábamos críticas. Nos reíamos y nos enfadábamos ante la mirada jovial de Leopoldo y era así como cada semana, con la tranquilidad de no importarle a nadie, de no tener que conseguir nada, tratábamos de instaurar el Imperio de la Poesía en el mundo. No había nada más hermoso ni más importante.

Un día, Leopoldo llegó al taller muy contento. Se remangó el extremo del pantalón y nos enseñó la venda de su esguince. Estaba exultante porque desde que se torció el tobillo había escrito diez poemas al día, lo mejor que había producido desde hacía tiempo. Tanto fue su entusiasmo que, contagiados, nos decidimos a organizar un recital en un pequeño bar de la ciudad.

El recital fue un desastre. La gente que se unió había venido a leer, no a escuchar, y llegó un momento en el que la cháchara y los apasionados sorbos de vino no dejaban que se oyera nada. Hubo una mujer, tendría treinta y tantos, que se subió al escenario acompañada de una musiquilla de arpa y del tintineo de un arroyo. Sacó su poema de una caja de madera y lo leyó como si sus padres se lo hubiesen prohibido. Era algo sobre la Tierra y el vientre materno y un terremoto sobre la carne de las vírgenes, algo casi ininteligible. Cuando terminó, rompió el papel en pedazos pequeños y se lo tragó. Metió la mano en la caja e hizo volar una estela de purpurina. El dueño del local se enfadó con nosotros y la purpurina acabé barriéndola yo. Pero el que más nos sorprendió fue Leopoldo. Cuando fue su turno, Mario y Yanis tuvieron que ayudarlo a subir al escenario. Llevaba muletas y lucía un yeso en la pierna y una mancha morada en el perfil derecho. Leyó un poema precioso que había compuesto solo con tres palabras, si bien ahora no recuerdo de qué trataba. Al final del recital me acerqué para preguntarle qué le había pasado, si es que el esguince había ido a peor. Me contestó que no, que eso había sido en la otra pierna, que resulta que se había caído por unas escaleras y se había roto el fémur. Pero que era lo mejor, que ojalá me pasara a mí también. Estaba escribiendo veinte poemas al día, y aún mejores que los de antes. Hasta me contó que estaba trabajando en un nuevo poemario, La verdad pequeña.

Después del recital no pude volver a pasarme por el taller durante tres semanas porque comenzaron los exámenes en la universidad. A Leopoldo me lo volví a encontrar en las puertas de una librería. Tenía el yeso repleto de firmas y poemas, aunque casi todos malos, según él, por eso estaba deseando que se la quitasen. Durante nuestra conversación me percaté de que Leopoldo torcía las cejas en un gesto de dolor. Dos bolsas purpúreas le colgaban bajo los ojos. Parecía hecho de cera. Obviamente, le pregunté qué le sucedía. Entonces me dijo que tenía una piedra en el riñón y que le daban unos cólicos que eran un viaje intergaláctico. Estaba en lista de espera para que se la quitasen con cirugía. “Es el Everest de mi cuerpo”, me dijo. También me contó que iba por su segundo poemario, que en ese momento no tenía nada encima pero que me lo enseñaría en la próxima reunión.

Pero Leopoldo no estuvo en la próxima reunión, ni en la siguiente, ni en la siguiente. Yanis era el que había empezado a dirigir el taller en su ausencia. Nadie tenía la más remota idea de dónde se había metido el poeta Leopoldo Olivera. Fui yo quien lo encontró primero, en una manifestación por los derechos de los trabajadores. Casi no lo reconocí. Caminaba unos metros detrás de los manifestantes. Su cuerpo se desplazaba como si fuese el de un muñeco movido por la mano invisible y gigantesca de un niño. Llevaba los brazos extendidos, sin moverlos, como si no fueran de verdad. Había encanecido de pronto y se había dejado crecer los pelos y la barba, lo que le confería un aire entre náufrago e iluminado. La cabeza la llevaba hacia arriba, los ojos henchidos de nubes, la boca entreabierta. Quizá si no hubiera sido porque llevaba la misma camisa de botones de siempre no hubiese podido reconocerlo. Me acerqué a él con cierto temor. Él me recibió extasiado, hasta me abrazó. Visto de cerca, Leopoldo estaba demacrado. Tenía la ropa sucia y olía mal, a viejo, a noches solitarias y apolilladas. Ya no llevaba las muletas pero movía el pie izquierdo de forma extraña. La punta de los cabellos y los bigotes las tenía amarillentas como los puños de la camisa. Estaba pálido, ojeroso y extrañamente feliz. Quiso saber cómo estaba y yo le hablé un poco de mi vida. A continuación le pregunté que qué tal se encontraba, si le habían quitado ya la piedra. Me respondió que ni modo, que lo iba a atravesar la cordillera e iban a tener que incluirlo en los mapas. También me contó que los poemarios que estaba escribiendo los había tirado, que eran basura comparado con lo que estaba escribiendo ahora. Me dijo que el hospital era el mejor sitio para escribir, que las enfermeras ya lo conocían y hasta le pedían autógrafos. Me enteré de que Leopoldo pasaba casi todo su tiempo en el hospital. Después de que le quitaran el yeso descubrieron que tenía la gota, una enfermedad que le gustaba porque parecía muy victoriana pero que le fastidiaba porque ya no podía comer langostinos. Tenía el pie un poco hinchado todavía. También tuvo sinusitis y dermatitis, si bien lo peor era la cardiomegalia, me dijo, un nombre feo para una enfermedad hermosa. Significaba que tenía el corazón muy grande, algo que él siempre supo pero que su cuerpo vino a descubrir ahora. Yo quise averiguar cuándo volvería al taller pero él no contestó, sino que me lanzó un beso a través del aire y siguió su procesión en pos de aquella manifestación que más parecía una cabalgata. Una parte de mí pensó que aquella era la última vez que lo vería.

Sin embargo, me equivocaba. Volví a encontrármelo una tarde deslumbrante de marzo en la sala de espera del hospital. Yo estaba allí porque tenía una infección de orina. Leopoldo no me reconoció hasta que escuchó mi voz. Estaba sentado en una silla de ruedas con una mueca de dolor en los labios. Olía a encierro, a soledad, a colillas. Me pidió que lo siguiera hasta un rinconcito, porque tenía algo que pedirme. Ya alejados de las miradas curiosas, Leopoldo se sacó un librito de la chaqueta como si fuese un lingote de oro. La portada era blanca. Había un hombre dibujado en tinta negra, un hombre viejo, encorvado, tremendamente solo. No tenía título. Solo el autor: Leopoldo B. Hernández. Empujó el libro hacia mí, esperando que lo tomara. Solo entonces me percaté de que no encontraba sus ojos: una neblina blancuzca le cubría las pupilas. No lloraba, pero se le adivinaban las lágrimas detrás de la voz. En el fragmento que sigue trataré de reproducir con cierta fidelidad lo que entonces me dijo.

“Toma, toma. Este es el libro del que te hablé”, empezó. “Esto, esto lo justifica todo, esto lo explica, esto le da sentido. La vida duele mucho a veces, cuando sabes que todo lo que haces al final va a caer en un agujero. Lo que empezó a pasarme: los huesos rotos, la piedra, el corazón… No fue la mala suerte, seguro que ya lo sabes. Fui yo. Me lo hice a mí mismo. Quería que me pasaran cosas. Lo de las escaleras, por ejemplo, estuve a tiempo de agarrarme pero no lo hice. Así con todo. La piedra no quería que me la quitasen, no vine al hospital hasta que no me quedó más remedio. Me daba vergüenza admitirlo, pero ahora qué más da. No lo soportaba, no soportaba la mediocridad, el olvido. Deseaba escribir, el aplauso, los abrazos, las bocas abiertas y pensé… pensé que solo en la tragedia y en el dolor se puede, porque no era feliz antes, con mi mujer, con mi hijo, no podían darme nada y únicamente cuando estuve ciego y solo decidí entregarme por completo. No sé, no sé si me entiendes pero creo que a ti puedo contártelo porque eres un poco como yo. Pero ya, ya puedo descansar porque este, este es el poemario que siempre quise escribir, es lo mejor que tengo, lo único bueno que he hecho, todo lo demás lo quemé. Encárgate tú, por favor, dale el libro a Yanis para que lo editen”.

Yo asentí, le dije que sí a todo, aunque lo cierto es que nunca llegaría a darle el libro a Yanis, ni siquiera a hablarle de nuestra conversación. Después de la charla una enfermera vino a recogerlo y se lo llevó rodando. Esa sí fue, sin yo saberlo, la última vez que lo vería. Moriría poco después. Nosotros, los Poetastros, organizamos un concurso de poesía en su honor, pero nunca se presentó nadie, de manera que desistimos. Recuerdo que cuando llegué a casa aquel día me senté en la mesa de la cocina y me dispuse a abrir el libro de Leopoldo con mucho cuidado. Acaricié el lomo impoluto, el dibujo del hombre solo y cansado y hojeé, confundida, las páginas. Una lágrima como un puño me rodó por la mejilla y cayó en la mesa. El libro estaba en blanco.