El pecado de Kim Dotcom, el papito de Megaupload

El tema que en estos días nos arde a todos en la lengua es el cierre de Megaupload por parte del FBI. Se acusa a Kim Schmitz y a sus colaboradores de haber tomado parte en una conspiración criminal para lucrarse con la distribución ilegal de contenido protegido por las leyes de propiedad intelectual. Kim ‘Dotcom’, fundador de Megaupload Limited y Vestor Limited, junto con tres de los colaboradores, continúa en prisión preventiva. Esta operación se llevó a cabo un día después de que algunas páginas web protestaran contra la iniciativa de la ley SOPA de los Estados Unidos. El Departamento de Justicia y el FBI alegan que los administradores de Megaupload han hecho perder a la industria del entretenimiento 386 millones de dólares. En respuesta, el grupo Anonymous ha decidido hackear las páginas del FBI, del Departamento de Justicia estadounidense, la de Universal Music y las de las patronales discográfica y cinematográfica, entre otras. Así, el proyecto de ley SOPA ha sido retirado del Congreso. En España, cómo no, nos hemos tragado Sinde con papitas y guarnición de ensalada.

En las noticias (noticias que no veo, porque ya no enciendo la tele, pero con las que coincido de vez en cuando en el salón gracias a padres y abuelos), nos presentan a Kim Dotcom como un papi chulo mafioso y descarado. Lo vemos con gafas de sol tomando una copa en su jet privado, posando junto a sus deportivos, rodeado de mujeres hermosas pese a estar casado. Vive en una mansión en Nueva Zelanda. Se ha gastado una millonada para que le den la nacionalidad neozelandesa. Y se supone que uno debe abrir mucho los ojos, asombrarse y reprobar tales cosas negando vehementemente con la cabeza. ¡Sandeces, paparruchas y pamplinas! ¿En qué se diferencia Herr Schmitz de cualquier otro magnate? Claro que es millonario. Ha sido un pionero. Ha sabido cómo adaptarse a la nueva forma de consumir de los usuarios. El gran pecado de Kim Dotcom ha sido adelantarse a los distribuidores de entretenimiento, que se empeñan en perpetuar una forma obsoleta de hacer negocio y presionan a los gobiernos para que actúen en su beneficio.

Además, ¿tanto dinero ‘estiman’ que les han hecho perder? La gente no deja de ir al cine por poder descargarse la película. Ir al cine es un evento social. Apoquinas porque vas acompañado, por las butacas, por la enorme pantalla, por las roscas. En todo caso, la gente ve películas por las que no pagaría, lo cual es en realidad una gran ventaja. Da a las películas la oportunidad de desmentir la mala impresión que nos dieron en un primer momento. Quién sabe. Incluso podemos llegar a comprarla si nos gusta. Yo no pagaría ni por la mitad de las cosas que me descargo. Puedo bajarme gratis, para reírme un rato, “California Gurls”, pero ni muerta me compro un disco de Katy Perry. Por ejemplo, la mayoría de libros que decido comprar me los he leído con anterioridad, bien porque me los han prestado, los he sacado de la biblioteca o porque me los he descargado de la red.

Los distribuidores de ocio lo están haciendo mal. No voy a abonarme a Digital Plus para poder ver series que no emiten en la televisión pública, porque no me dan la opción de ver lo que quiero cuando quiero.  No voy a estar atenta cada martes a las 20.15 para disfrutar de un nuevo capítulo de Dos hombres y medio (¿alguien realmente ve esa serie, por cierto?). No voy a desesperarme porque justo el martes que echaban el capítulo final he tenido que ir al hospital porque me he cortado el dedo con un cuchillo, ni exclamaré: “¡Ahora tendré que esperarme a que repitan la temporada!” Es absurdo que me decante por batir a mano el merengue cuando tengo a mi alcance una Minipimer. Todo esto por no mencionar que también se da la circunstancia de que, cuando intentan adaptarse a mis necesidades como compradora, tampoco aciertan. Me refiero especialmente a las editoriales en España, que pretenden venderme al mismo precio el libro en formato papel que el libro en formato digital. Y así me veo ante el dilema moral de comprar el libro en papel o para e-book. En el primer caso, siento que estoy matando árboles y ocupando espacio innecesario en mi estantería. En el segundo caso, me siento completamente estafada.

En definitiva, Internet es el nuevo Viejo Oeste, la ciudad sin ley. No obstante, si la industria del entretenimiento entrara en razón y se renovase podríamos dejar de pegarnos tiros. No habría más sheriffs-gobiernos, bandoleros-piratas ni forajidos-Anonymous. Podríamos vivir felices y comer perdices.

Incluso si las perdices tuvieran derechos de autor.

6 comentarios de “El pecado de Kim Dotcom, el papito de Megaupload”

  1. Eso si que es un emprendedor y un capitalista y no los huevones accionistas y posibles candidatos a las elecciones por la presidencia de los EEUU. Si lo que quieren las grandes comapñias es que no tengamos acceso a sus productos, pues «Good Fucking Riddance» no creo que les ayude a su negocio en lo absoluto. Ah! y que conste que el 2012 vio alzas en las ventas musicales despues de 11 años, pero bueno que sigan tratando de complacer a los accionistas y no al publico a ver que pasa. Un amigo dijo que le decepcionaba saber que la 3ra guerra mundial no fuera lo que el se esperaba. Igual va a ser que si estamos en guerra, al final no valdra la pena y volveremos a ver la tele con anuncios haciendo zaping o sencillamente no volver a consumir y punto, salir a los parques, escribir poesia, mira que al final va a ser para bien que destruyan a el gran internet y con el a todas las compañias multimedia, no mas cine, no mas musica digital, no mas juegos de video…
    Como llevo diciendo toda la semana, evoluciona o muere…

  2. Buenas noches. Muy interesante la entrada. Por un lado estoy de acuerdo contigo en que la industria de «entretenimiento» nos ha tenido y nos tiene cautivos y que, en la situación actual, o se adapta a nuestras condiciones o se expone a que la pirateen por todos lados. También son muy cantosas todas las imágenes de extravagancia de este señor para condicionar nuestras posiciones y ponernos en su contra, al fin y al cabo nos informan por los medios de comunicación propiedad de quienes manejan el cotarro del «ocio». Pero, tampoco podemos obviar que este señor es igual de sinvergüenza y magnate que los dueños de las distribuidoras. Utilizan materiales que no les pertenecen para lucrarse. Es decir, Megaupload no es el adalid de la libertad de expresión y de la libertad en la red sino unos tipos listos que se aprovecharon de una circunstancia. Enfrente tienen al monstruoso sistema a punto de devorarlos pero ellos no eran una alternativa a ese sistema sino algo tan reaccionario como los distribuidores de «ocio». En cualquier caso se podrán pagar un superabogado que los defienda, yo no lo haré porque me parecen igual de ruines que los que detienen.

  3. Son unos hipócritas, es cierto, porque lo condenan por hacer lo mismo que ellos, solo que (ahora mismo) mejor. Quizás lo más honesto sería que cada artista vendiese su obra por su cuenta y fuesen para él todos los beneficios. En el caso de los escritores, por ejemplo, es muy sencillo.

  4. Muy buenas. Enhorabuena por el blog. Creo que has dado en algunas de las claves de todo este asunto. Añado mi opinión esperando que pueda aportar algo a alguien.

    En primer lugar, parece obvio que el modelo de copia-mercancía está obsoleto. En la era de la información, en la que hasta el más tonto puede copiarse un archivo en casa tantas veces como quiera, no tiene mucho sentido que sea ese el artículo de cambio:

    La industria cultural acostumbraba a cobrarnos por discos, cintas, etc, y parece claro que era el mecanismo apropiado: la copia física era el núcleo trascendental donde se articulaba el trabajo del artista y su propiedad intelectual, los materiales procesados, los costes de distribución, el impuesto añadido, etc… en definitiva, donde el trabajo total cristalizaba en un solo objeto sobre el que podía inscribirse un título de propiedad y por el que tenía sentido tanto pedir como ofrecer dinero.

    Pero la copia digital no supone nada de todo aquello. Un único archivo puede replicarse una infinidad de veces sin aumentar el coste de producción significativamente. Es como «crear» mercancía de la nada. Imaginemos qué significaría esto si habláramos de energía, por ejemplo, o de comida: a la mierda la escasez de recursos, todos ricos y con la tripita llena.

    Por eso la copia no puede ser el elemento fundante en el juego del intercambio. El modelo de mercado debería olvidarse de los objetos copia-mercancía y ofrecer servicios, como Spotify y otros tantos.

    Ahora, algunos no tienen ningún interés en una revolución estructural de este tipo. Por eso se esfuerzan tanto por mantener esta posibilidad (como aquella de los panes y los peces) bajo control: monopolizarán el milagro para poder capitalizarlo, copiarán y distribuirán por internet (¡todo beneficios!) mientras la cosa parezca legítima… y llamarán ladrones a quienes copiamos artículos comprados y los repartimos entre nuestros amigos.

  5. Esta es otra cuestión interesante que has comentado y a la que me gustaría aportar algo.

    Pongamos por caso un músico. Hasta hace no mucho (pongamos unos diez años) cualquier artista o proyecto de artista debía, para poner su obra en circulación, asumir toda una plétora de condiciones productivas extremadamente estrictas y comprometedoras, todas ellas de un coste prohibitivo para casi cualquiera: acceso a un estudio de grabación y a técnicos cualificados en su uso; otro técnico especializado en la edición del material de estudio; una productora que copie ese material en un soporte físico adecuado y lo envíe a distribución; un distribuidor que se haga cargo de la promoción y de la venta al por mayor; una compañía transportista que haga llegar el disco a los puntos de venta. ¡Y esto sólo para llegar a la tienda!

    En cada uno de estos niveles existe un compromiso esencial con las relaciones de producción existentes. En todas ellas habrá que aportar ganancias a alguien: si no hay plusvalor no hay movimiento. Para que haya plusvalor alguien deberá ganar menos dinero del que ha producido; si no aceptamos que el trabajo por sí mismo tenga valor, sí al menos que en cada nivel se comprará lo más barato posible y se venderá lo más caro posible, de tal suerte que aquellos que menor poder de negociación poseen (los más débiles, por supuesto) serán los más perjudicados en cada cambio. A este teatro insoportable algunos lo llamamos «condiciones de explotación».

    Gracias a internet se ha descubierto un nuevo territorio, el «salvaje oeste», en el que un músico puede promocionarse e incluso vender su música sin necesidad de acomodarse al lecho de Procusto de una estructura de cambio ya definida, de la que muchos viven sólo del plusvalor generado. A esto debemos sumarle que ahora cualquier proyecto de artista tiene acceso a software barato con el que producir sus propios discos (respaldado por comunidades bastante solidarias de intercambio de conocimientos y técnicas), de modo que no necesita costearse un estudio.

    En definitiva, la existencia de internet y el avance de la tecnología han permitido que los músicos se liberen de las condiciones de explotación. Un resultado, interesante en mi opinión, es que ya no resulta prohibitivo ejercer de (proyecto de) artista, tesis respaldada por la ingente cantidad de artistas amateur que surgen desde hace no mucho en distintas espacios virtuales y de los cuales surgirán, sin duda, verdaderos artistas.

    Contra la posible hipótesis (liberal-tecnocrática) de que la ausencia de un mercado prohibitivo producirá necesariamente artistas de peor calidad: pregunto si las condiciones de explotación no son precisamente las condiciones de garantía de un plusvalor del que puedan vivir determinados sectores para nada creativos, y en ningún caso el elemento de lo propiamente estético. Recomiendo el segundo capítulo de «Dialéctica de la Ilustración», redactado principalmente por Th. Adorno, un poco anticuado en algunos aspectos pero muy adecuado para comprender el modo en que las estructuras de producción tardocapitalistas inoculan sus criterios mercantiles en la producción artística.

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