Bajo el sol de los muertos

Me acerqué a Bajo el sol de los muertos de Roberto A. Cabrera (ATTK editores) en un estado de casi total inocencia. No conocía al autor, aunque sí sabía que la editorial estaba radicada en Canarias. Casi libre de prejuicios, por tanto, comencé a caminar junto al profesor Elías C. en lo que al principio se me antojó un viaje parsimonioso, hasta que me asaltaron las frases concisas, las imágenes fuertes, atrevidas, las metáforas, el drama, en definitiva, de un hombre cuya esencia se resume magníficamente casi al principio de la novela:

Schopenhauer, recuerda haber leído Elías C., menciona un dibujo de Tischbein en el que aparece un hombre sin camisa frente a una chimenea. El hogar ilumina una habitación vacía. La sombra del sujeto comienza a sus pies y se alarga sobre toda la estancia. El propio Tischbein describe al hombre como un perfecto fracasado que se alegra de poder proyectar una sombra tan grande. El comentario, cáustico, despiadado, le parecía al profesor Elías C. destinado no a otro que a sí mismo.

El autor nos hace acompañar a Elías en un viaje externo e interno. El viaje externo consiste en un paseo del profesor, repleto de descripciones paisajísticas, mientras que el viaje interno nos lleva desde la infancia hasta la edad adulta del protagonista. La narración se desarrolla en varios niveles. Se utilizan diversos estilos y distintas personas narrativas. De forma fragmentaria, a saltos entre un mundo y otro, un tiempo y otro, asistiremos a la tragedia de Elías a través de sus lecturas, sus apuntes, sus memorias, las cartas escritas al amigo, Ricardo, y a un supuesto amor, unas sesiones de psicoterapia y los cuadernos de Laura Febles, la obra literaria inconclusa de Elías C. Bajo el sol de los muertos posee una hechura intrincada, compleja e inmensamente rica: un caos ordenado, semejante al propio fluir del pensamiento.

Uno de los aspectos sin duda mejor trabajados de la novela es el drama familiar que vive el pequeño Elías y cuyo epicentro lo constituye una madre querida y monstruosa, autoritaria y partidista. Se trata de una chantajista experta que somete a su voluntad al marido y al hijo y cuyas iras recaen siempre sobre la hija, objetivo predilecto de su vileza. Se da cuenta con profundidad de la relación con la hermana maltratada, a la que desprecia y a la que nunca socorre, y con un padre confidente que es a la vez víctima y verdugo, al convertirse en el consentidor del abuso. El retrato de la madre, que de pequeño lo adulaba y lo exhibía con orgullo, y contra la que intenta rebelarse al llegar a la adolescencia, es formidable.

La tacañería materna es genuina. La tacañería no es ahorro. No es administración prudente. Es el signo de una mezquindad extrema. Pero el niño que acaricia el cuero cabelludo de la madre no percibe la tacañería. Le falta la distancia necesaria. Le ciega la proximidad. Le ciegan los dedos enredados en los cabellos. El niño rasca el cuero cabelludo (porque así lo pide ahora la madre y debe obedecerla) y siente que una caspa grasienta se le acumula en las uñas. No sabe que la tacañería de la madre es el compendio de sus vicios. No sabe que esa tacañería es la expresión de un egoísmo que es un amor excluyente y absoluto. La madre sólo puede o sabe amarse a sí misma. Y fuera del amor desmedido de sí misma, todo en ella es raquítico, miserable, minúsculo, castrante. El niño no lo sabe. No es posible admitir la bajeza de una madre. No es posible para un niño reconocer lo vil e innoble en una madre. Y el niño rasca el cuero cabelludo en silencio. El niño porfía en las caricias. Sus dedos recorren una cabeza que no existe.

La novela trata numerosos temas. El sexo constituye también un elemento central. Este se descubre en la infancia y florece en la adolescencia, y es fuente de culpa, de suciedad, de placer, de rebelión, de libertad. Asimismo, la narración está plagada de reflexiones sobre el arte, la música, los artistas que lo son y los que lo pretenden, la religión, la política, la homosexualidad, el suicidio. El autor nos muestra la literatura como necesidad y dolor. Pasaremos de la arrogancia de un niño obsesionado con el Demian de Hermann Hesse, un niño que se atrevió a creerse especial, a la angustia de un adulto que se sabe roto, lleno de rencor, un adulto que se compadece y se desprecia a sí mismo. Elías se siente fracasado y quiere renunciar de una vez por todas porque nada, ni en la vida ni en la literatura, tiene sentido.

Al fin y al cabo, se dijo, si definitivamente enmudezco y clausuro mis cuadernos, tendré este jardín. Y entre indecisiones que lo iban malhumorando se aproximó a la puerta. Mientras dejaba el maletín a sus pies y buscaba la llave, admitió, como si necesitara de ese reconocimiento, que había llegado al fin. Y añadió: si es que puede decirse eso, si cabe afirmar, en propiedad, que se llega a algún sitio. El profesor hurgaba con la llave en la cerradura. Se oía decir confusamente que todo fin es la ocasión de un nuevo comienzo. Y eso, se reprochó de pronto, no es más que una tontería. Porque no ha habido ningún comienzo. Porque no se llega nunca a nada. A ningún sitio.

Bajo el sol de los muertos de Roberto A. Cabrera es una novela repleta de referencias, bien escrita, bien estructurada y que puede presumir de una profunda comprensión de la naturaleza y las relaciones humanas. Es una de esas novelas que dejan rastro.

Recomiendo su lectura (yo la compré en Amazon, además, por un precio muy razonable) sin un ápice de remordimiento.

Bajo el sol de los muertos

“La noche de piedra”, de Alexis Ravelo

La noche de piedra es una novela de género negro escrita por Alexis Ravelo (cuyo blog pueden conocer aquí y cuyos libros pueden comprar a través de Amazon acá) y publicada en 2007 por Anroart Ediciones.

En esta novela nos volveremos cómplices de los atroces acontecimientos que se desarrollan a lo largo de una semana en el pequeño pueblo costero de San Expósito. Casi sobra decir que las páginas rezuman sangre, sexo y violencia. Si este libro se sentase a mi lado en el bar, sin duda me rodaría un asiento.

La historia comienza con un suceso extraordinario que antecederá a los terribles hechos que vendrán después: se trata de una lluvia torrencial sobre el árido y polvoriento San Expósito. Hay que recalcar que gran parte del encanto de la novela se lo debemos al ambiente de este pueblucho alejado de la mano de Dios, inhóspito y caluroso, en el que todo el mundo conoce a todo el mundo o, al menos, cree conocerlo. Hasta los nombres tienen su gracia y, por supuesto, su intención: San Expósito, el Roque del Malo (epicentro de la catástrofe, cueva del monstruo) o la plaza Juntacadáveres.

La noche de piedra cumple todos los requisitos del género, lo que incluye disgustarnos de vez en cuando con sórdidas y repugnantes descripciones o escandalizarnos un poco. Póngase como ejemplo el siguiente fragmento, que mueve tanto al asco como a la ternura.

“Aspiró el olor a muerte y meados que la colonia de nenes jamás lograba disimular del todo. En la cama, la vieja roncaba bajo las sábanas estampadas de flores, rodeada de sus muñecas y sus payasitos de porcelana”.

El estilo es sencillo, directo como un buen derechazo pero no por ello menos sugerente. Especialmente atractiva resulta la presentación de la casa del Roque del Malo. La reproduzco en la medida justa para no violar derechos de autor.

“La casa está ahí, esperando. Como siempre lo estuvo, aún antes de ser construida. Como siempre lo estará. (…) Esperará, ajena a sí misma, a su ineluctable función de escenario de deseos e iniquidades. (…) Estaban ahí, estarán, están ahí esperando con la casa un nuevo desencadenamiento del drama del sexo y los anhelos y la posesión y la tierra removida y esas instanciaciones de la nada que son los hombres jugando a que son algo y construyendo para ello casas y más casas que están ahí, esperando a que penetren en ellas y vuelvan a representar, una vez más, el torpe espectáculo de sus miserias”.

El humor y el lenguaje coloquial desempeñarán también un papel importante en este juego de mezquindades. Tampoco me olvido de las constantes referencias literarias. El propio título del libro se debe a un verso del Canto general de Pablo Neruda, que una de las víctimas (porque víctimas hay muchas en esta historia, al igual que verdugos) subraya y que a su vez llama la atención del policía que intenta resolver el misterio.

Sin embargo, le había llamado la atención una frase (…): ‘a través de la noche de piedra’. Era curioso. Tenía algo de rotunda. De oscura. De enigmática. Le pareció ambigua. No sabía, por ejemplo, si se refería a una noche hecha de piedra o a la noche de la piedra, al sueño que la noche dormía. El viernes tuviste tu propia noche de piedra, bonita. La pregunta es en qué dirección la atravesaste, pensó”.

La literatura aparece hasta en el nombre de las calles (como la calle Peter Kien y Horacio Oliveira) o en el de los perros de uno de los personajes (Horacio y Safo).

Por otra parte, este libro puede presumir de buen ritmo y con esto no me refiero solamente a que sea de lectura ágil. Hay un evidente punto álgido, al que el autor nos conducirá casi sin que nos demos cuenta, preparando con antelación y minuciosamente el escenario que hará posible el desencadenamiento del horror. Pienso en un tetra brik de leche que se va derramando poco a poco hasta que finalmente el cartón explota en tus manos precisamente cuando te disponías a tapar el agujero. Tan precipitado es este punto culminante que el narrador utiliza la cámara lenta para detener el tiempo y que podamos digerir tanta miseria. Resulta gratificante, como lector, contemplar cómo finalmente se entrelazan todas las tramas y no queda ningún cabo por atar.

Sin embargo, la verdadera materia prima con la que se trabaja proviene de los personajes, de sus secretos oscuros y sus inconfesables deseos e impulsos, como evidencia la siguiente cita al comienzo de la novela:

 “El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que solo osaría defenderse si se le atacara (…) el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”.

(Sigmund Freud, El malestar en la cultura)

Excepto, tal vez, Benito, el muchacho con discapacidad mental aficionado a los pechos femeninos y a los largos paseos, lo cierto es que ningún otro personaje puede despertar en nosotros mucha simpatía (que es una forma de decir que son todos unos cabrones). Cierto es que el cabo Casañas se muestra cariñoso y paciente con los discapacitados y que Estrella, por ejemplo, es capaz de amar profundamente. Pero a pesar de ciertos claroscuros, en todos acaba dominando la ambición, la venganza o el odio. Qué podíamos esperar cuando los títeres de este teatrillo son una pareja de criminales (Nico y Julia), un par de policías con sucios secretos (Casañas y Estrella), una mujer maltratada (Marta) y un lobo con piel de cordero (el ricachón Germán).

Me gustaría destacar también el tratamiento que se hace de la figura del criminal. El verdadero monstruo se nos presenta como alguien que está convencido de su superioridad sobre los demás y que, por tanto, se cree con derecho sobre ellos. Se trata del mismo motivo que lleva a Rodion Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo, a cometer su acto atroz.

“En el artículo que comentamos se divide a los hombres en dos clases: seres ordinarios y seres extraordinarios. Los ordinarios han de vivir en la obediencia y no tienen derecho a faltar a las leyes, por el simple hecho de ser ordinarios. En cambio, los individuos extraordinarios están autorizados a cometer toda clase de crímenes y a violar todas las leyes, sin más razón que la de ser extraordinarios”.

(Fedor Dostoievski, Crimen y castigo)

Una pega que no puedo callarme es que la edición (al menos la edición para ebook) no es muy buena. A veces se dejan espacios innecesarios, los renglones se saltan o los puntos y aparte se convierten en puntos y seguido. No obstante, las virtudes de la novela y su precio más que razonable (1’54 euros en Amazon) mitigan este defecto.

En resumidas cuentas, si te gusta la novela y te sobran un par de eurillos, esta es una adquisición que te hará pasar unas cuantas buenas horas. ¿Qué más se puede pedir?

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“Maus”, de Art Spiegelman. El cómic que ganó el Pulitzer.

Maus es un cómic (el término “novela gráfica” puede arder en el Infierno) escrito por el estadounidense Art Spiegelman. Se divide en dos partes: la primera titulada “Mi padre sangra historia” y la segunda “Y allí empezaron mis problemas”. En 1992, un año después de que Art Spiegelman la terminara, recibió el premio Pulitzer, convirtiéndose en el primer cómic que obtenía dicho reconocimiento.

Maus es una obra intimista, dura, sincera y cautivadora. El propio autor, Art (“Artie”), se convierte en personaje para pedirle a su padre, el polaco Vladek Spiegelman, que le relate su vida y le hable de cómo sobrevivió a Auschwitz en 1945.

Art Spiegelman, Maus, portada

Uno de los primeros aspectos que llaman nuestra atención es que los protagonistas de la historia son ratones antropomórficos. En el libro, los judíos están representados por ratones, mientras que los nazis son gatos. Para los estadounidenses eligió los perros, los cerdos para los polacos y las ranas para los franceses. Incluso aparece una polilla gitana. Esta selección, obviamente, no está hecha a la ligera y aporta un cierto aire de fábula a la obra.

La historia se desarrolla en dos tiempos diferentes. Por un lado, en el presente tenemos a Artie en los Estados Unidos, pidiéndole a su padre que le cuente la historia para, precisamente, elaborar Maus. El presente es la historia de la historia. Por otro lado, en el pasado tenemos a Vladek, en Polonia, contando todo lo que vivió desde mediados de los años 30 hasta el fin de la II Guerra Mundial. El hecho de que el hijo sea el hilo conductor de la historia presente y el padre el de la historia pasada ya es de por sí significativo.

En la forma de contar podemos apreciar lo que hay de metaficción en Maus. Las referencias a la propia obra son constantes, aún más en la segunda parte, en la que el autor nos cuenta cómo ha sido recibido el primer volumen de su cómic y expresa sus reflexiones y sentimientos sobre su creación. Tenemos otros ejemplos cuando Vladek, su padre, le pide que no cuente cosas personales en el cómic o que mienta, o bien le dice que una historieta así no le va a dar dinero. En una ocasión, Artie le dice a su mujer “¿Ves? En la vida real no me habrías dejado hablar tanto sin interrumpirme”.

Durante la narración el hijo suele detener al padre para que no haga saltos en la historia, lo que da una falsa impresión de naturalidad. Las interrupciones son frecuentes pero están hechas de tal manera que los dos tiempos se amalgaman, convirtiéndose en uno solo y consiguiendo que el lector no se vea incomodado por el paso del presente al pasado.

Otra virtud de este cómic es la verosimilitud y la maestría con la que se retrata a los personajes. Sin duda quien más capta nuestro interés es Vladek, el padre. Vladek era un joven fuerte, guapo, ordenado y limpio. A pesar de que dejó el colegio para trabajar a los catorce años, sabe hablar inglés, alemán y es un hombre capaz y desenvuelto. Es resolutivo e insoportablemente práctico. En su vejez se convierte en un hombre enfermo, maniático y algo cascarrabias. Siempre se las apaña para sacar adelante a su familia. Odia a los comunistas y es muy testarudo. Ama profundamente a su mujer Anja. Es religioso y cree en las premoniciones. También es luchador y voluntarioso. En el campo de prisioneros se bañaba a pesar del frío y hacía gimnasia para mantenerse sano. Quiere hacerlo todo por sí mismo; detesta sentirse viejo e inútil.  Valora quizá en exceso el dinero, del que le cuesta desprenderse cuando es anciano (de hecho, su hijo teme retratarlo como el estereotipo de judío avaro en el libro). Vladek es una persona real, con matices, ni bueno ni malo. Muchas veces nos desesperará su comportamiento, como desespera a su hijo Artie, y otras veces nos sentiremos emocionados o admirados por su forma de proceder.

De Anja, la madre, tenemos una visión menos clara. Se trata casi de un fantasma, al que conocemos gracias a lo que nos cuentan de ella Artie y Vladek. Anja se suicida cuando el autor es un niño, sin dejar siquiera una nota. Esta tragedia los marcará a ambos. Se nos presenta como una mujer inteligente, sensible, rica y muy culta. Pero también es enfermiza y depresiva. Llega a ingresar en un sanatorio tras el parto de su primer hijo Richieu y a menudo desea rendirse y tirar la toalla durante la historia. Cuando está en Auschwitz afirma que si sigue viva es por el amor que siente hacia su marido. El amor entre Anja y Vladek es sin duda uno de los elementos más conmovedores de este relato.

A Artie, el autor, lo conocemos sobre todo a través de la relación con su padre y de la relación con la obra que está escribiendo. La escritura de Maus sirve como pretexto para un acercamiento entre padre e hijo. Art se sentía abrumado por su padre y prefería mantenerse distante. No obstante, a medida que avanza la historia, su relación se vuelve más estrecha y Art puede ver a su padre (que muere antes de que finalice el libro) desde un punto de vista diferente.

Viñeta Maus Amigos

Maus es una obra particular y universal: particular porque es la historia de la familia Spiegelman y universal porque da cuenta de la situación de todos los judíos bajo el nazismo. A las experiencias de Vladek se unen las historias de otros, bien sea porque alguien se las relata o bien porque se trata de personas con las que coincide.

La primera parte de Maus, “Mi padre sangra historia”, va desde mediados de los años 30 hasta que llega al campo de exterminio de Auschwitz o, como lo llaman en el libro, “Mauschwitz”. Narra cómo se conocieron los padres de Artie, Vladek y Anja, y cómo forman una familia que poco a poco, debido al avance del nazismo, se desmorona. Las peripecias de Vladek son numerosas. Llega a montar una fábrica textil, a luchar en el frente contra Alemania, a ser prisionero de guerra, a trabajar “moviendo montañas” para los alemanes, a escapar gracias a un soborno, a mentir para poder traspasar la frontera y reunirse con los suyos, a vivir en un gueto, a traficar con mercancías para comer… Este primer volumen termina precisamente con su llegada a Auschwitz. El segundo volumen, “Y allí empezaron mis problemas” se centra en su estancia en el campo de exterminio hasta que los alemanes son vencidos y llega el ejército norteamericano.

A la hora de reseñar una obra de estas características, que trata un tema tan impactante como el holocausto durante la II Guerra Mundial, resulta difícil no hacer alusión a su contenido. Como sucede con otras historias similares, lo más fascinante es la pintura sobre el comportamiento humano en situaciones extremas. Este tipo de situaciones unen a las personas tanto como las separan. Existía una policía judía que se dedicaba a abusar de los suyos. Muchos polacos acogían a los refugiados hasta que se les acababa el dinero y después los delataban. No nos extraña, entonces, que el dinero fuese una preocupación constante para Vladek. Él sabía que nadie se arriesgaría a cambio de nada.

También es asombrosa la importancia de creer y de tener esperanza. La esperanza es lo que mantiene a Vladek con vida en Auschwitz, mientras que muchos otros prefieren (comprensiblemente) rendirse. Algunos, como su cuñada Tosha, optan por el suicidio. En un lugar como Auschwitz los valores cambian. Algo tan nimio como conseguir zapatos de su talla podía hacerles llorar de emoción.

El miedo es siempre lo más peligroso, pero entiendes que no puedan escapar a él. El miedo era la herramienta de control de los nazis. Cuando los alemanes los llamaban para “renovar sus papeles”, aunque sospechasen que se trataba de una trampa, acudían igualmente. No acudir los aterrorizaba.

Viñeta Maus Miedo

La salvación de Vladek sin duda es una cuestión de suerte. No se salvaban los mejores ni los más listos ni morían los peores o los más estúpidos. Uno se percata de que el azar juega un papel demasiado relevante en la vida y la muerte de las personas y eso asusta.

Sin embargo, algo que diferencia a Vladek de los demás y que a pesar de la suerte o del destino nos hace pensar que es más propenso a sobrevivir es el hecho de que él, desde muy pronto, acepta que las cosas han cambiado y actúa en consecuencia, mientras que por ejemplo su familia quiere seguir viviendo como antes de la guerra y simplemente espera que las circunstancias mejoren. A Vladek su perspicacia lo salva muchas veces. Desde que todo comienza se preocupa de tener algo de valor que poder cambiar siempre, de mantenerse sano, mentir si es necesario, huir a tiempo.  Tener amigos y contactos es importante aunque a veces que alguien te conozca también puede volverse en tu contra. Se empeña también en aprender a hacer de todo: construir un refugio, arreglar suelas, cortar una plancha de metal, hablar idiomas… Saber inglés, por ejemplo, le permite pasar sus dos primeros meses en Auschwitz de una manera en cierto sentido privilegiada.

Art Spiegelman duda sobre si podrá finalizar con éxito una obra de esta magnitud o, como él dice, “tan pretenciosa”. ¿Cómo describir el horror de Auschwitz? ¿Cómo dar a entender lo que sus padres y los judíos vivieron en Polonia durante esos años? Él mismo reflexiona que, mientras su relato sea honesto, basta. Y Maus es honesta, aunque no solo eso. Es un cómic bien ejecutado, con una buena narrativa y unos personajes verosímiles. Sin duda Art Spiegelman lo ha conseguido. Maus es un cómic que no puede faltar en la estantería de ningún lector, tanto si está o no acostumbrado a los tebeos. Si nunca has leído uno, puedes empezar por este. 

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La balada de Haroldo Conti

Haroldo Conti es uno de esos autores eclipsados por la sombra gigantesca de otros genios, lo cual no significa que su obra carezca de interés. Desde luego, en España es mucho menos conocido que otros escritores argentinos como Borges, Ernesto Sábato, Cortázar o Adolfo Bioy Casares. Hoy les propongo echar un vistazo a su figura y a su obra, especialmente a uno de sus cuentos.

Haroldo Conti

Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925. Fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, empresario de transportes, piloto civil, profesor de Filosofía y guionista.

Comenzó escribiendo teatro. En 1960 su cuento “La causa” obtuvo una mención en la edición en español de la revista Life y dos años después se premió su primera novela, Sudeste, a la que siguió Alrededor de la jaula, llevada al cine. Escribió otras novelas como En vida  y Mascaró, el cazador americano, que recibió el Premio Casa de las Américas, y libros de cuentos como Todos los veranos (1965), Con otra gente (1967) y La balada del álamo Carolina (1975). Colaboró en la revista Crisis y viajó a Cuba, donde participó como jurado del Premio Casa de las Américas.

Fue secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una brigada del Batallón 601 de inteligencia del glorioso Ejército Argentino. En 2000 se editó un libro sobre su vida: Haroldo Conti. Biografía de un cazador.

En los años treinta se va a dejar sentir en la novela y el cuento hispanoamericanos una influencia de las vanguardias europeas. Pero es a partir de 1940 cuando se habla de un cambio enormemente significativo en la narrativa hispanoamericana, cuando la novela y el cuento despliegan un lenguaje y unas estructuras narrativas que constituyen la cúspide magistral de la prosa en Hispanoamérica. La obra de ficción autónoma no se limita a ofrecernos una realidad plural  y compleja, sino que construye todo un mundo sujeto a leyes propias, ajenas a dicha realidad. Por otro lado, se habla del boom de los sesenta, que quizás no sea más que otro brote de un florecimiento que ya se dio en la década de los cuarenta.

Preguntémonos, entonces, cuáles son los logros que se obtuvieron en aquel entonces. Muchos señalan que, en primer lugar, hay que tener en cuenta la universalización de la literatura hispanoamericana, que no por ello deja de sustentarse en su espacio propio, autóctono. También se considera que en estos momentos la literatura deja de servir como crítica y denuncia de la situación política para convertirse en una alternativa, en una evasión imaginativa a un mundo de ampliaciones, de sueños y mitos sin restricciones impuestas por ninguna realidad externa. La obra se vale por y para sí misma, constituye un universo paralelo regido por sus propias leyes, surgido a partir de la invención, del poder creativo del ser humano. No se trata ya de un reflejo o de una lucha contra una realidad nefasta, sino de la construcción de territorios imaginarios que sirven como vía de escape al callejón de la realidad. Se aúnan los planteamientos existencialistas, la preocupación por la trayectoria vital y los elementos definitorios de la condición humana. El espacio imaginario es el lugar en el que puede darse el encuentro del hombre consigo mismo. En este sentido, El pozo de Juan Carlos Onetti resulta de esencial importancia: el sueño, el recuerdo y la imaginación frente a la angustia vital.

Sin embargo, en Argentina lo que existe es una gran tradición de la literatura fantástica, que pretende revelar otras capas de lo existente, otros niveles de realidad, más que constituir una evasión de lo real. La imaginación es lo que define al hombre. La literatura fantástica tiene a sus mayores representantes en Argentina: Bioy Casares, Borges, Cortázar. Es muy importante la presencia del género fantástico en el área rioplatense. Otro ejemplo es Enrique Anderson Imbert. Esta tendencia definió buena parte de la narrativa rioplatense. Por otro lado, Ernésto Sábato constituía el representante del existencialismo en Argentina.

A finales de los años sesenta sobreviene el boom de la literatura antirrealista. Los acontecimientos históricos de esas fechas originan una polémica entre los partidarios de la autonomía de la ficción —Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes— y los que abogaban por una narrativa comprometida con la situación política, aunque el compromiso no afectara a las preocupaciones literarias. Otros, como Eduardo Galeano y Mario Benedetti, defendían que la historia exigía ser trasladada a la narrativa. También Haroldo Conti se posicionó a este respecto. Y aunque compartía, en principio, la visión de Cortázar, tampoco está en total desacuerdo con Galeano y Benedetti.

A finales de la década de los cincuenta, la intelectualidad hispanoamericana —entre ella Haroldo Conti— vio en la Revolución cubana el comienzo de un futuro socialista para el continente, más aún con el triunfo del Frente Popular chileno de Salvador Allende en 1970.

Pero los años setenta se encargaron de desarmar estas esperanzas.

Del regionalismo en Argentina que podría quedar representado bajo la figura de Horacio Quiroga, con ciertas reservas, se pasó a una renovación en la literatura del país propiciada por los argentinos Macedonio Fernández y Roberto Arlt. El primero suprime el argumento y sitúa en su lugar una sucesión de experiencias mentales: novela del lenguaje, antinovela, cuyo tema era el propio discurso narrativo (Rayuela y Tres tristes tigres suelen citarse como ejemplos). Arlt nos descubrió a los personajes enloquecidos, paranoicos, irracionales. Introdujo también un tema muy repetido en autores rioplatenses: la soledad y progresiva degradación del individuo en la gran ciudad, Buenos Aires. Haroldo Conti, precisamente, prefería las maravillas del pueblito antes que la nostalgia y la angustia de la ciudad.

Para presentarles a Haroldo Conti he escogido hablar de uno de sus cuentos, el que da título a su último libro: “La balada del álamo Carolina”.

La piratería y la copia ilegal están feas y todo eso. De esta manera, quiero que conste en primer lugar que en su momento me compré los Cuentos completos, con una bonita introducción de García Márquez (edición que recomiendo). Sin embargo, como son ustedes mis amigos y a mis amigos les presto cosas, pueden descargarse este cuento de cinco paginitas pinchando aquí, y espero que eso no moleste a nadie.

Cuentos completos de Haroldo Conti

“La balada del álamo Carolina” es uno de los cuentos más hermosos de Haroldo Conti. El mérito no se halla solo en la simbología y en la significación que guarda el relato, sino en el lenguaje cargado de lirismo que nos señala una vez más la línea borrosa entre la prosa y la poesía.

Una balada, además de una canción triste y lenta, puede ser también una composición poética de carácter lírico, normalmente con un asunto amoroso, popular, que puede referir sucesos legendarios o tradicionales. Un álamo carolino es aquel que procede de la Carolina, aunque aquí vemos cambiado el género del adjetivo.

Este cuento nos relata la historia de un árbol que es sueños y memoria. El narrador comienza diciéndonos que un día de árbol, especialmente de un árbol viejo, es como un día del mundo.

Aunque los álamos crecen si se los planta, este brotó espontáneamente. Al principio él mismo se pensó que no sería más que una hierba de las que allí había, hasta que notó que sobrepasaba los pastos y empezó a sentir una gran atracción por las alturas, por trepar hacia el cielo “y hasta sintió que había dentro de él como un camino”.

Detrás de los pastos vio un alambrado, tras el alambrado un camino, una casa y el ferrocarril. Este mundo poblado por los pájaros, el viento, la gente de la casa, el camino, el ferrocarril y aquel bosque lejano, es el mundo en el que vive, sueña, inventa y rememora el álamo carolina.

Pasados doce veranos, el árbol se sabe viejo, ya apenas crece, pero no le importa, porque se consuela con “esa dulce luz del verano”. Nos dice que crecer era como pensarse a sí mismo cuando era joven. Ahora que es viejo se piensa para atrás (recuerda), porque precisamente eso es la vejez: “verde memoria”.

Su relación con los pájaros es cariñosa. Ellos le hacen sentir vivo y poder imaginarse que también él es un pájaro. Además, los pájaros están asociados con el verano, que es la estación de la alegría, de la vida. Igual que ellos se siente en verano, cuando también a él le salen sus plumas.

Con el otoño sus hojas amarillas pueden volar, volar hasta la casa de los hombres y ver a la mujer, a los chicos silenciosos, y en especial “al hombre, flaco y duro con la piel resquebrajada como la corteza de las primeras ramas”, un hombre que parece árbol como él pudiera parecer un hombre.

Pero el álamo no solo crece hacia arriba, sino también hacia abajo, y es por las raíces que penetran en la noche de la tierra por donde un día suyo es un día del mundo, por donde se encuentra unido a la creación, a la tierra entera. A través de estas ramas pudo comunicarse con los árboles del bosque. Primero pensó que el bosque era un árbol colosal, pero luego comprendió que era un montón de árboles como él. Fue entonces cuando se sintió solo, cuando se preguntó por qué había nacido solitario y se percibió a sí mismo como resumen del bosque, pues cada una de sus ramas era como un árbol. La soledad del hombre, y más la del hombre viejo, retorna aquí como uno de los elementos fundamentales en la obra de Conti.

También a través de la tierra pudo tener noticia del ferrocarril. Fue en ese instante en el que por primera vez sintió “el dolor de su fijeza”, puesto que la mayoría de los seres vivientes pueden moverse y le hubiera gustado ser como el ferrocarril o como los pájaros. No nos extraña entonces que la historia del álamo carolina sea una balada que canta su soledad y su pena.

Con el invierno el árbol se adormece. El frío lo recubre y el sueño avanza, aunque nunca llega al corazón. A pesar de esa pequeña muerte que supone para él el invierno, sabe que todavía le queda tiempo, que todavía durará otros veranos. Tenemos, de nuevo, que el invierno es la estación de la quietud, de la meditación, de una especie de congelación que se parece un poco a la muerte.

Al verano siguiente, cuando las hojas volvieron a brotar y él extendió a su alrededor una confortable sombra, el hombre se acercó a él. “Después el hombre, que parecía tan viejo como el viejo álamo carolina, se sentó al pie del árbol y se recostó contra el tronco. Al rato el hombre se durmió y soñó que era un árbol”. Así, hombre y árbol se identifican, y no importa ya quién sueña ser árbol o quién sueña ser hombre.

Él árbol, que sueña y recuerda, ya viejo, se presenta ante nosotros como camino, como pájaro, como casa, como músico loco del viento, como hombre. Es igual al camino porque un camino es como un árbol recostado, con ramas hacia aquí y hacia allá. También es pájaro, “ave de madera en su verde jaula de fronda”, porque en verano se recubre de plumas verdes que son sus hojas y simula vuelos agitándose con el viento. Sintió también lo que era ser una casa cuando anidó en él un pajarito, se creyó hogar protector. Por último, el álamo carolina es además igual a un hombre viejo, puesto que al igual que él se siente solo, sueña, sufre, se regocija en el verano y se siente morir en el invierno; porque también él, a medida que envejece, se llena de preguntas. El árbol es, al igual que el hombre, un montón de recuerdos, pura memoria, pura vejez y pura tristeza.

Haroldo Conti y el árbol

“El bosque animado”, de Wenceslao Fernández Flórez

El bosque animado es una novela del gallego Wenceslao Fernández Flórez. Vio la luz en 1943 e incluso ha sido adaptada al cine en tres ocasiones: en 1945, en 1987 y finalmente en 2001. Se trata de una novela mágica y hermosa de nuestra literatura contemporánea, que sin duda merece pedacitos de nuestro tiempo.

El bosque animado WFF

A través de su aguda sensibilidad y de un lenguaje altamente poético, Wenceslao Fernández Flórez nos introducirá en el mágico ambiente de un bosquecillo de Galicia donde se nos narrará por igual la vida de los hombres (la historia de Geraldo y Hermelicia, las hambrunas de Marica da Fame) como de los animales (el perro de los Esmorís, los gatos, las moscas) y las plantas (por ejemplo, la historia de los árboles y su asombro ante la instalación de un poste eléctrico, que se creía mejor que ellos por tener una ‘utilidad’, símbolo de la industrialización y el progreso). Esto se debe a que el claro protagonista de El bosque animado no es sino la propia fraga de Cecebre.

El libro no está dividido por capítulos, sino en “estancias”. Esta forma de nombrar las partes de la obra podemos explicarla, por un lado, haciendo alusión a su significado de ‘sala’, ya que cada estancia se centra en algún personaje o nos muestra un ambiente diferente; por otro lado, refiriéndonos a la estrofa poética, lo que nos pondría en relación con el estilo de la novela. Precisamente es la intención poética una de las características que, junto al estilo y al tema principal, nos alejan de la anterior novela decimonónica y nos acercan a la novela lírica o incluso experimental.

Su gran calidad literaria la convierte en una obra valorada en general por la crítica, aunque algunos han señalado como un defecto su falta de compromiso social. No debemos olvidar que esta obra se publicó en 1943, unos años después de la guerra civil, en plena posguerra. Sin embargo, si buscamos la crítica social, es cierto que en la novela desempeñan un papel importante el hambre y la miseria que padecen algunos personajes. Quizás el más patético de todos es Marica da Fame (“fame” es la palabra gallega para “hambre”), que en su desesperación llega a suplicar a la bruja de la fraga, la Moucha, en su lecho de muerte, que la nombre su sucesora para poder tener algo de lo que vivir. También hay un episodio en el que el perro de los Esmorís (que por lo general anda casi tan hambriento como Marica, ya que sus dueños no le dan de comer) se encuentra con un zorro que le propone un trato: robar las gallinas mientras el perro distrae a los hombres y compartir el botín. El perro, a pesar de su intensa miseria, lo rechaza sin dudarlo porque es fiel a los hombres, lo que le vale el desprecio del zorro. En este episodio algunos han querido ver en el zorro la figura del capitalista. Siguiendo esta línea, también hay algo de crítica y una gran dosis de ironía en la historia de las hermanas Roade. El señor ‘pálido y mal vestido’ (caricaturización del filósofo o el teórico) les habla de que los perros son en realidad inteligentes y tienen sus propias ideas, sobre todo respecto a la propiedad. Les cuenta su teoría sobre Metralla, un perro terrorista que ‘había encontrado, sencillamente, el comunismo’.

No obstante, aunque estas lecturas son válidas y es muy cierto que el hambre es un tema fundamental, pienso que esta posible interpretación social (también reflejada en Pilara, la chiquilla cuyos trabajos de gigante apenas son recompensados por su empleadora y que sufre una muerte trágica y vacía) queda en un segundo plano, ahogada por la vida colectiva del bosque, por el ‘primor ecológico’, por el encanto que ejerce sobre nosotros el hechizo múltiple y unitario de la fraga de Cecebre. No en vano se considera que esta obra de Wenceslao Fernández Flórez supone un anticipo del realismo mágico hispanoamericano.

Por último, el elemento autóctono es también de vital relevancia. La novela cobra sentido en su contexto: la imaginería gallega. La fraga, y por tanto Galicia, se nos revela como un paisaje de sueño, en el que los hombres conviven con lo maravilloso y lo misterioso de forma cotidiana. En este sentido tenemos por ejemplo la historia del ladrón Fendetestas, que se encuentra con el fantasma del señor Cotovelo, un gallego que emigró a América y que ahora que ha muerto no tiene con quien hablar. Al principio la reacción del ladrón es de temor, pero finalmente acaba conversando con el muerto como lo haría con cualquier persona, un poco por compasión, un poco por el deseo de que lo deje tranquilo. Las historias de espectros son habituales, como la de Gudelia, la encantadora de hombres, así como la presencia de la Santa Compaña. El agua, los árboles, los animales, el pazo y las gentes son simples piezas de la intrincada armazón constituida por la fraga de Cecebre.

A pesar de este galleguismo, es de notar que la obra está escrita en castellano, en consecuencia con las prohibiciones de la época para hablar y escribir en cualquiera de las otras lenguas de España.

Como el propio título indica, el auténtico protagonista es la fraga. El punto central de la novela no es sino la vida de la fraga que, como se nos revela en el ‘ultígono’, vuelve a renacer tras el paso de la Muerte. En efecto, el bosque de Wenceslao Fernández Flórez está ‘animado’ en todo su sentido: tiene alma y vida.

“La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra… Es toda vida: una lengua, dos lenguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto”.

Wenceslao Fernández Flórez

“La carretera”, de Cormac McCarthy

Esta novela, elucubrada por la mente del estadounidense Cormac McCarthy, fue publicada en 2006. En 2007 recibió el premio Pulitzer de literatura y en 2009 fue adaptada al cine. La dirigió John Hillcoat y la protagonizaron Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee.

La novela está ambientada en un mundo postapocalíptico. La Tierra ha sido devastada misteriosamente y solo quedan polvo y ceniza. Un padre y su hijo intentan sobrevivir en la carretera.

El propio título resulta ya revelador. “La carretera” hace referencia al camino, metáfora habitual de la vida del hombre. Por otro lado, la carretera, como la vida, implica un punto de salida y un lugar de llegada: una meta, un propósito. En el caso de este padre y su hijo, adonde se dirigen es hacia el mar. Es difícil evitar la comparación con las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique.

“Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir”.

Nuestros protagonistas inician su viaje desde la perspectiva de su vida pasada. A sus espaldas dejan un mundo que ya no existe: una tierra fértil, un cielo azul, un hogar feliz. La carretera es el discurrir de sus vidas, su constante empeño por vivir en un mundo árido y desolador. El mar es su destino final. En un mundo que se está muriendo, el mar funciona como un atisbo leve de esperanza. Es el falso motivo por el que siguen la ruta de la carretera. Y digo falso porque ninguno de los dos espera realmente que el mar sea la solución a sus desdichas.

Son muchos los libros que tratan el tema del fin del mundo. Precisamente hace un mes, el 21 de diciembre de 2012, se auguraba un nuevo cataclismo. El fin del mundo se ha vaticinado en numerosas ocasiones a lo largo de la historia y ha preocupado a todas las civilizaciones. Podemos inferir, por tanto, que se trata de un asunto verdaderamente importante para la humanidad o, en todo caso, que al menos es un buen tema para un libro.

El fin del mundo posee diversas manifestaciones, desde la ira de los dioses a una invasión alienígena. En este caso, un mal desconocido asola la tierra. Los árboles se pudren, los cultivos se vuelven infértiles, los ríos se secan y el fuego lo convierte todo en ceniza. El apocalipsis de Cormac McCarthy es frío, gris y silencioso. El planeta ha muerto y está pudriéndose, disolviéndose en cenizas.

En el mundo que nos presenta el autor la esperanza no es posible. Nada volverá a ser como era. No hay ninguna posibilidad de que la humanidad ni el planeta se recuperen. Ya no quedan plantas ni animales. Sobreviven gracias a los restos de la civilización, comiendo conservas y vistiendo harapos. Los peligros que les acechan en la carretera son numerosos. Tendrán que huir no solamente de las lluvias, el frío y los repentinos incendios y derrumbamientos de árboles, sino que también deberán esconderse de los otros supervivientes.

Siempre sale a relucir en las ambientaciones postapocalípticas la cuestión del comportamiento de las personas en una situación extrema. ¿Se unen o intentan destruirse? El padre, queriendo que resulte más fácil para su hijo, divide a los hombres en buenos y malos. Le asegura que ellos son los buenos, lo cual puede justificar en su momento tanto el daño que ellos puedan hacer a otros como el daño que otros quieran infligirles. Repitiendo sus palabras, ellos son “los que llevan el fuego”, los que mantienen viva la esencia de la humanidad. Esto no puede dejar de recordarnos al mito de Prometeo.

Por otra parte, el hecho de que los protagonistas sean un padre y su hijo resulta también significativo. Se traduce en la necesidad de continuar con el linaje. La única esperanza plausible que puede albergar el padre, la única luz al final del túnel es su hijo. Seguramente, de no ser por él el padre no habría podido continuar y se habría rendido. De ahí su necesidad de protegerlo. Intenta también preservar su inocencia a lo largo de gran parte del libro, aunque finalmente se ve obligado a hacer concesiones. En la novela, el personaje del hijo sufrirá cambios importantes. El hijo representa la inocencia y la bondad. Sin embargo, irá abandonando su antigua concepción del mundo a medida que se enfrenta a ciertas adversidades.

Una diferencia importante entre ambos es que mientras al padre solo le queda pasado, el hijo solamente dispone de futuro. El padre sufre con los recuerdos de su vida anterior: el cielo azul, las flores, la comida, su mujer. El chico casi no guarda recuerdos sobre cómo era el mundo antes. Es algo imaginado, recreado a través de las palabras de su padre pero que no significa nada. Sus recuerdos son los de un mundo que se muere. ¿Qué es más triste? ¿Saber que la felicidad no podrá repetirse o no haberla conocido nunca?

El estilo de Cormac McCarthy es crudo, lacónico y devastador. Los diálogos entre padre e hijo son cortos y angustiosos. La novela no resulta densa y mantiene un buen ritmo. Es sorprendente la rapidez con la que se lee, puesto que los personajes pasan la mayor parte del tiempo caminando por la carretera sin que nada realmente suceda. No obstante, es fácil meterse en la piel de los supervivientes. A menudo nos sorprendemos preocupándonos por encontrar una nueva rueda para el carrito o más latas en una casa.

En definitiva, La carretera es una novela dura y patética (“que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía”, como reza el Diccionario de la Real Academia). El fin del mundo, al fin y al cabo, es una reproducción a gran escala de nuestra propia muerte. La desesperación es tal que tanto el padre como el hijo se plantean el suicidio como una salida en sus momentos más bajos. No hay esperanza. ¿Para qué continuar? ¿Por qué querer seguir viviendo en un mundo que va a morir? La respuesta es en realidad sencilla: porque sí. Su voluntad es lo único que los separa de la muerte y el vacío. La vida es una decisión propia.

Quizá sea mi necesidad de autoconsuelo y de buscar un mensaje lo que me lleva a afirmar que La carretera es, en el fondo, una exaltación de la voluntad humana.

La carretera (libro)

Hablando de la metaficción en “Niebla” de Miguel de Unamuno

Niebla fue escrita en 1907 y publicada en 1914. “Novela malhumorada”, “nivola” (en palabras de su autor), constituye un claro ejemplo de la corriente de novela antirrealista que es practicada por Baroja (Camino de perfección), Azorín (La voluntad), Valle-Inclán (Sonata de otoño) y el propio Unamuno.

Niebla no es una novela del realismo tradicional, sino lo que se empieza a denominar antinovela y que, en principio rechazada por la crítica, actualmente se practica con prolijidad. Unamuno bautizó a sus novelas como “nivolas” en lo que se imaginó un afán por crear un género nuevo pero que era también un intento de sortear los juicios de los críticos.

El propio Unamuno se expresa de la siguiente manera en su artículo “Historia de Niebla”: “Esta ocurrencia de llamarle nivola (…) fue otra ingenua zorrería para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea. Es decir, que así se llame, pues aquí ser es llamarse. ¿Qué es eso de que ha pasado la época de las novelas? ¿O de los poemas épicos? Mientras vivan las novelas pasadas, vivirá y revivirá la novela. La historia es resoñarla”.

El primer elemento que resulta revelador es el propio título de la nivola. La palabra “niebla” nos sugiere irrealidad, espejismos, humo, laberinto, confusión, ingravidez. Esta novela es un juego de realidades e irrealidades. Por un lado, tenemos la realidad (e irrealidad) de Augusto Pérez, el protagonista, en su vida de personaje de ficción inconsciente o ignorante; también la del mismo Augusto cuando se percata de que es un personaje de ficción; por otro lado, la del Unamuno autor; y la de Unamuno personaje, descubierto o “asaltado” por su creación e inserto dentro de su propia obra.

En esta obra se superponen dos realidades irreales, dos reales irrealidades: la literaria y la supuestamente “real”, la del mundo del que provienen el autor y los lectores en contraste con el mundo al que pertenecen los personajes. Estas realidades se funden en una sola, dejándonos suspensos y envueltos en una negra niebla. Nosotros, como lectores, al leer este libro estamos implicándonos y transmitiéndonos a la realidad de los personajes de ficción, a la realidad de Augusto Pérez. Cuando este se da cuenta de que su existencia es una mentira, de que es irreal o “soñado”, va a ver a Unamuno, su creador, para consultarle sobre su muerte. Concluye que, como no existe, no puede morir, de manera que es inmortal. A lo largo de la historia este personaje está continuamente interrogándose sobre el sentido de la vida, en consonancia con la angustia existencial unamuniana. Finalmente, fuera de sí por el descubrimiento de su “inexistencia”, de su futilidad, se da un empacho y muere. Le escribe a Unamuno un telegrama a modo de venganza, que reza “Se salió usted con la suya. He muerto”.

En el capítulo siguiente, Augusto Pérez se le aparece a Unamuno en un sueño y acaba diciéndole lo siguiente:

“No se sueña dos veces el mismo sueño. Ese que usted vuelva a soñar y crea soy yo será otro. Y ahora, ahora que está usted dormido y soñando y que reconoce usted estarlo y que yo soy un sueño y reconozco serlo, ahora vuelvo a decirle a usted lo que tanto le excitó cuando la otra vez se lo dije: mire usted, mi querido don Miguel, no vaya  ser que sea usted el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto; no vaya a ser que no pase usted de un pretexto para que mi historia y otras historias como la mía corran por el mundo. Y luego, cuando usted se muera del todo, llevemos su alma nosotros. No, no, no se altere usted, que aunque dormido y soñando aún vive. Y ahora, ¡adiós!

Y se disipó en la niebla negra”.

Ya solo de este fragmento podemos extraer numerosas conclusiones.

Por ejemplo, que la experiencia vital o creadora es única. Decía Heráclito que ‘no te puedes bañar dos veces en el mismo río’, igual que uno no se puede leer dos veces el mismo libro ni crear dos veces al mismo personaje.

En el mismo artículo de “Historia de Niebla” Unamuno repite:

“Cuando aquel mi Augusto Pérez (…) se me presentó en sueños creyendo yo haberle finado y pensando, arrepentido, resucitarle, me preguntó si creía yo posible resucitar a Don Quijote, y al contestarle que ¡imposible!: «Pues en el mismo caso estamos todos los demás entes de ficción», me arguyó y al yo replicarle: «¿Y si te vuelvo a soñar? », él: «No se sueñas dos veces el mismo sueño. Ese que usted vuelva a soñar y crea soy yo será otro». ¿Otro? ¡Cómo me ha perseguido y me persigue ese otro! Basta ver mi tragedia El otro. Y en cuanto a la posibilidad de resucitar a Don Quijote, creo haber resucitado al de Cervantes y creo que le resucitan todos los que le contemplan y le oyen. (…) Resucitan al héroe como al Cristo los cristianos (…)”.

Vemos la lectura como una actividad de resurrección. Es un hecho irrepetible y repetible, perecedero e imperecedero, al igual que la vida de Augusto Pérez y que la vida del propio Unamuno. Esto nos pone en consonancia con la idea nietzscheana del eterno retorno (en la que se basa Milan Kundera más tarde para escribir La insoportable levedad del ser), una concepción filosófica del tiempo (postulada en forma escrita por primera vez en occidente gracias al estoicismo) y que planteaba una repetición del mundo en donde este se extinguía para volver a crearse.

La fragilidad y la inexistencia del protagonista es también inherente a su autor, Unamuno. En su aparición última Augusto cuestiona el orden de las cosas y, resentido, hace notar a su creador (en un acto de rebeldía contra la deidad), que también él es mortal y más que él, más que sus creaciones literarias, que tal vez sean los recipientes de su alma cuando pervivan más allá de lo que él podrá. Por tanto, no podemos saber o conocer cuál de las dos realidades es válida. Más bien, finalmente llegamos a la conclusión de que o ninguna lo es, o de que podrían serlo las dos.

Lo que Unamuno busca es sumirnos en esa paradoja, que es la causante de la angustia existencial. En el artículo anteriormente citado, el autor bromea: “¿Ente de ficción? ¿Ente de realidad? De realidad de ficción que es ficción de realidad”.

Augusto y Unamuno comparten esa angustia vital. Llega un momento en el que no sabemos a qué mundo pertenece cada uno, ya que estos se fusionan.  “También de una novela, como de una epopeya o de un drama, se hace un plano; pero luego la novela, la epopeya o el drama se imponen al que se cree su autor. O se le imponen los agonistas, sus supuestas criaturas”. La realidad y la ficción se confunden. El propio Unamuno duda si al final, cuando Augusto desaparece, no será que habrá traspasado al otro mundo, al real, al que en principio él, como autor, pertenecía.

Toda la nivola se articula en torno a esta búsqueda del ser. A través del diálogo, Augusto Pérez se interroga sobre el sentido de la vida. Este monólogo y diálogo interior es lo que finalmente lo lleva a saber la verdad. Unamuno utiliza este diálogo a modo del diálogo platónico, que es una forma de conocimiento o entendimiento.

El lector, que también se convierte en dios, en personaje y en re-creador, es absolutamente cómplice de todo el proceso, lo que es muy característico de la antinovela: el lector-partícipe.

El tema del sueño está claramente presente, en alusión a una de las grandes obras de nuestra literatura, La vida es sueño, de Calderón de la Barca. También Segismundo se pregunta qué es real y qué irreal, quién es él en realidad, quién no es:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción;

que el mayor bien es pequeño

que toda la vida es sueño

y los sueños sueños son”.

Tampoco es casual que en aquel artículo hable de resucitar al Quijote. En la obra de Cervantes también existe una fuerte presencia del conflicto entre realidad e irrealidad. Nuestro hidalgo se vuelve loco por leer libros de caballerías, por querer que la ficción se convierta en realidad, por confundirlas en su afán de idealismo.

Algunos de estos temas Unamuno volverá a tratarlos en otras obras, como por ejemplo en Cómo se hace una novela o en Tres novelas ejemplares y un prólogo. En la primera, el realismo y la novela contemporánea se hacen eco de una auténtica revolución. El personaje es Jugo de la Raza. Este encuentra un manuscrito en una librería de París en donde se le dice que cuando termine de leer la novela se va a morir. El personaje recurre a muchísimos trucos para no terminar de leerlo y hacerlo desaparecer, pero siempre lo encuentra en otra parte. Es una obra de artesanía narrativa. En la segunda, en la que hay una clara referencia a Cervantes, juega con elementos narrativos, metaficticios y metanovelescos, que después explotarán hasta la saciedad otros narradores.

Por qué “Hora de aventuras” mola tantísimo

Adventure time ha comenzado ya su quinta temporada y es ahora (sí, precisamente ahora) cuando vengo yo a recomendarles la serie. Decía mi abuela que nunca es tarde si la dicha es buena y he decidido creérmelo. Admito que en un principio era bastante reticente a darle una oportunidad a esta serie de animación. El estilo de dibujo entre caricaturesco y repulsivo me recordaba demasiado a Bob Esponja (que es el mal en la Tierra, como todos sabemos). Por suerte para mí, no podía estar más equivocada. Conmino a todo ser viviente dispuesto a disfrutar de una buena serie de animación a que le dé, como mínimo, el beneficio de la duda. Si no les gusta el primer capítulo, no importa. Vean un segundo e incluso un tercero. Y si han visto de cuatro a más y no acaban de pillarle el puntillo es que no tienen ustedes alma y merecen que Peppermint Butler se coma su carne mientras duermen.

Como está mal decir las cosas sin argumentarlas, a continuación voy a exponer la serie de razones por las que Hora de aventuras es tan increíble. Una vez más, no debe echarles atrás que la serie se emita en Cartoon Network ni que su protagonista tenga tan solo 13 años. Como suele suceder con las buenas series de animación de este tipo, Adventure Time cuenta con una gran cantidad de público adulto y sin duda a los diez años no me habría parecido ni la mitad de buena de lo que me resulta ahora.

El primer punto a favor de la serie (y los que me conozcan saben que a esto le doy mucha importancia) es que cuenta con un guión tremendamente sólido y coherente. En la cabeza de los guionistas estaba todo planeado desde el principio y no dejan sin atar ni un solo cabo. Hay intriga y la tensión se mantiene en su justa medida. Las incógnitas no se alargan hasta el infinito como suele suceder en muchas series y si aparece algo sospecho en el capítulo tercero es porque vamos a saber de qué se trata en el séptimo. Las pistas para ir descubriendo el universo de Hora de aventuras no se nos dan solamente a través de la trama, sino que también aparecen, por ejemplo, dibujadas en los fondos (verbigracia: aunque este dato quizá no sea muy relevante, en la Nochesfera hay un cuadro de Abraham Lincoln, el regente del planeta Marte, dándole la mano al padre de Marceline).

Los personajes están muy bien construidos y existen entre ellos fuertes tensiones dramáticas. Más que conocida es la historia entre Marceline y el Rey Hielo (y si no la sabes no sé qué haces si no estás cargando el primer episodio). Finn, el protagonista, es el último humano que queda en la tierra de Ooo. Desconoce sus orígenes y padece un terror irracional al océano. Jake, el perro mágico, hermano y compañero de Finn, revive de vez en cuando extraños traumas con su padre. Todos los personajes principales tienen excelentes backgrounds. Quizá de quien menos hayamos visto sea de Princess Bubblegum. Además contamos con secundarios carismáticos, como el enigmático e inquietante Peppermint Butler.

La ambientación y los conceptos son marcadamente originales. El mundo de Ooo es una nueva tierra surgida tras lo que se nos da a entender como una especie de apocalipsis nuclear. Hay vampiros, princesas, goblins, un reino habitado por gente de golosina, magos, científicos, animales parlantes y otros extraños seres, como los que habitan el Espacio Bultos.

El estilo de dibujo llama también la atención. Los dibujantes coquetean de vez en cuando con esa estética “feísta” característica de otras series de animación como Rem y Stimpy, Bob Espoja o Vaca y pollo, si bien es cierto que no se regodean tanto en las excrecencias e inmundicias. Por otro lado, se trata de un estilo sencillo, bastante cartoony y capaz de alcanzar inimaginables cotas de monería.

Las canciones son sin duda otro punto fuerte de la serie. Son pegadizas y divertidas. Muchos fans, además, están enamorados de la voz de Marceline, la Reina de los Vampiros, una joven alternativa a la que le encanta componer música.

Hora de aventuras cuenta con una ingente cantidad de humor absurdo. El humor absurdo puede que no sea del gusto de todos, pero lo cierto es que personajes como Gunter (hasta los nombres están puestos a propósito), el pingüino del Rey Hielo, o Lumpy Space Princess (también conocida como “LSP”) son bastante capaces de sacar una sonrisa a casi cualquiera. Por otro lado, esta gran dosis de humor ayuda a aliviar la carga dramática. No debemos olvidarnos de que al fin y al cabo hay niños también viéndola y bastante nos deprimiremos ya los adultos pensando en todo el horror y la carga emocional que hay de fondo.

La serie encaja en el formato de aventuras (de ahí, por supuesto, su título) y es en gran medida una historia épica. El propósito de Finn, que representa el ideal de la raza humana, es convertirse en un héroe. Quiere ayudar a la gente y se obsesiona con ser bueno y justo. Pero no lo acompañaremos solamente en su lucha contra el mal. También iremos descubriendo con él el Amor o lo que significa convertirse en adulto.

El amor tiene una gran importancia en la serie. Finn sufrirá y se alegrará por su causa y también es un leitmotiv del Rey Hielo, obsesionado con tener amigos y encontrar una princesa que lo quiera. En Adventure Time se tratan temas de relevancia como la locura, la guerra o el odio.

En definitiva, Hora de aventuras es una historia de amistad entre un niño y su perro como tantas otras, solo que desde un enfoque original. El compañerismo y la importancia de continuar luchando constituyen el mensaje principal de la serie.

Todos estos motivos hacen de esta una serie que merece la pena ver. Los capítulos duran apenas diez minutos y créanme cuando les digo que desde que le den la oportunidad, este show les cogerá por el cuello de la camisa y no les dejará despegarse de la pantalla.

 

Gotcha!

 

“Coraline”, de Neil Gaiman

Coraline, pobre niña con soledad de araña,
cesa ya tu plática de gatos y ratones,
deja ya de tejer fantasías entre lágrimas,
tus puertas escondidas en tristes caserones.
Tú eres solo tú, no esa otra niña:
aunque duela, descose de una vez tus botones.

Coraline es una de las obras mejor ejecutadas de Neil Gaiman.

Narra una historia de terror que parte desde el punto de vista de una niña de 12 años, Coraline Jones. El hecho de que su protagonista aún no haya abandonado la infancia no lo convierte obligatoriamente en un libro de miedo para niños, aunque por la intención es evidente que está dirigido a un público juvenil. Esto, por supuesto, tampoco quiere decir que un adulto no pueda disfrutar igualmente de su lectura.

Nuestra heroína es una muchacha diferente (su propio nombre no es nada común), enérgica, curiosa, inquieta y valiente. El punto flaco de Coraline es la tremenda soledad que siente al mudarse a su nueva casa. Allí no tiene amigos aún y sus padres no le prestan atención porque están demasiado ocupados trabajando. La niña se aburre, no tiene con quién jugar, sus padres no le hacen caso, la casa es vieja y rara, como sus nuevos vecinos, y la comida asquerosa. La soledad y la falta de atención, que Coraline interpreta también como falta de afecto, provocan en la niña un deseo de algo mejor, de una vida diferente y emocionante. Lo que necesita y busca Coraline es una aventura.

Esta ansia de emociones se manifiesta en la niña a través de la exploración. Coraline explora la casa y sus alrededores en busca de algo divertido. El espacio va a tener una gran importancia en la novela. El interior de la casa, el jardín y los alrededores son los límites dentro de los que van a desarrollarse los acontecimientos. Estos espacios funcionarán como puntos de inflexión. El pozo, por ejemplo, marcará el final de la historia.

Precisamente durante una de sus exploraciones, Coraline se topa con una vieja puerta de madera en el salón, la única que no se abre. Esto despierta inmediatamente su curiosidad. Abrirla es un reto y comprobar adónde lleva una aventura. No duda en preguntar a su madre sobre la enigmática puerta. Esta saca un manojo de llaves y coge la más “grande, renegrida y oxidada”. La puerta solo da a una pared de ladrillos. La madre de Coraline piensa que seguramente se tapió al dividir la casa en varios apartamentos y le da tan poca importancia que la deja abierta.

La puerta será solamente uno de los muchos símbolos y objetos mágicos que se activarán a lo largo de la historia. Desde siempre, las puertas han transportado a los héroes a mundos lejanos y maravillosos. Eso es justamente lo que le sucede a Coraline, que va a parar a una casa casi exactamente igual a la suya. Algunos cambios en la decoración la advierten del peligro, como el extraño color verde de la pared o el cuadro del niño vestido con ropa antigua, que en la nueva casa “miraba las burbujas como si pensase hacer algo repugnante con ellas”.

Otros objetos mágicos que aparecen serán, además de la puerta, las llaves, los espejos, el pozo, la niebla, la casa nueva, la piedra agujereada, los ratones, las ratas, el gato, la araña. Todos estos ítems están relacionados con las supersticiones y lo sobrenatural.

Los espejos, por ejemplo, sirven como portales para conectar los dos mundos. Son engañosos porque muestran alternativamente lo que es verdad y lo que no. La ‘otra madre’, que curiosamente no se refleja, declara que “no puede uno fiarse de los espejos”.   

La piedra agujereada en el centro es un amuleto habitual. Tradicionalmente, a través de este agujero podía verse el mundo de los espíritus, lo que estaba oculto o aquello que se encontraba fuera del alcance de la vista humana.

Los propios botones que lucen en lugar de ojos los habitantes de la ‘otra casa’ de Coraline nos recuerdan a los muñecos. Por un lado, estas criaturas son las marionetas con las que juega la otra madre y, por otro, los botones sugieren desde el principio que se trata de seres artificiales, “de mentira”. El muñeco del padre de Coraline habla más de la cuenta cuando la otra madre no está presente. Es evidente que ella tiene que controlarlos.

Los ratones se presentan en contraposición a las ratas. Mientras que los primeros llaman a Coraline por su verdadero nombre (no “Caroline”) y le envían mensajes de alerta, las ratas la conducen al mundo de la otra madre. Son sus secuaces.

El gato es un animal misterioso, capaz de cruzar entre los dos mundos. Es quien más parece conocer a la otra madre, a la que odia, y quien ayudará a Coraline a vencerla. En el otro mundo puede comunicarse con ella y se muestra altivo al principio. Asegura que no posee un nombre porque los gatos ya saben quiénes son y no los necesitan. Aunque el gato es símbolo de mal agüero y acompañante de las brujas, en la cultura anglosajona  posee también una connotación positiva. Siempre ha estado ligado al mundo de los sueños y la magia.

La araña será nuestra antagonista. “A Coraline la ponían muy nerviosa las arañas”. La bruja de la historia es sin duda uno de los puntos fuertes del libro. Esta araña-bruja se disfraza de la madre de Coraline para atraparla en su telaraña. Crea para ella un mundo fantástico donde todo es emocionante. Incluso la comida es fabulosa. Sus ‘otros padres’ al fin le prestan atención y se desviven por hacerla feliz. A cambio, solo le piden que se quede con ellos para siempre y que se cosa botones en los ojos. La ‘otra madre’ es un ente antiguo y malvado, que teje su tela, su otro mundo, para atraer a los niños que se sienten solos. Aunque se parece mucho a la madre de Coraline, tiene la piel blanca como el papel, dedos demasiado largos, uñas curvas y afiladas de color rojo, botones como ojos y es más alta y delgada. Coraline le pregunta al gato cuáles son sus intenciones y este le responde lo siguiente: “Supongo que quiere amar algo, algo que no sea ella misma. Es como si le apeteciese comer. Es difícil saber lo que sienten las criaturas así”. La bruja desea que la amen, pero no sabe amar. En ella solo hay instinto de posesión (quizá porque efectivamente confunde amar con comer). Su única debilidad son los juegos y los retos. Desafiarla es la única vía de la que dispone Coraline para escapar de su telaraña.

Otra de las virtudes del libro es su ritmo, que va in crescendo desde la inquietud al terror. En las primeras páginas asistimos a la premonición del peligro que se manifiesta en pequeños detalles, como la niebla que de pronto rodea la casa. “Coraline (…) proyectaba una gran sombra deforme sobre la alfombra del salón: parecía una mujer flaca y gigantesca”. Los ratones envían a Coraline (no “Caroline”) un mensaje de advertencia, “No cruces la puerta”, y sus vecinas las señoritas Spink y Forcible le auguran un espantoso destino a través de los posos de té. Finalmente, el horror se desata al verse atrapada. Coraline tendrá que ser cada vez más valiente y enfrentar sus miedos y sus errores para recuperar su antigua vida. 

En definitiva, Coraline nos habla de soledad, del deseo de un mundo mejor, de valentía y de amor. La narrativa es ligera y está bien construida. Como suele suceder en sus obras, el mundo que nos presenta Neil Gaiman está plagado de símbolos y objetos mágicos que hacen de esta novela una lectura entretenida y estéticamente interesante.

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“Frankenstein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley

La autora, Mary Shelley, era hija de un famoso liberal inglés, William Godwin, y de Mary Wollstonecraft, adalid del movimiento feminista. Se casó con el poeta romántico Percy Bysshe Shelley. El matrimonio se relacionaba con otros literatos de la época, como Lord Byron. Es famosa la anécdota de que tanto el Frankenstein de Mary Shelley como El Vampiro de Polidori se concibieron durante el verano de 1816 en la Villa Diodati.

Aunque ha sido Frankestein la obra que le ha granjeado un lugar en la historia, Mary Shelley escribió crítica literaria, relatos cortos, novelas medievalistas y, ya en una línea más similar a la de Frankenstein, El último hombre, una ficción que narra el fin de la humanidad a causa de una plaga.

A pesar de que el imaginario popular se ha quedado con lo que tiene la narración de “terrorífico y horrible” y el cine ha convertido al monstruo de Frankenstein en un cliché, con sus característicos tornillos y su cabeza cuadrada, lo cierto es que el relato de Shelley está considerado el texto precursor de la moderna ciencia ficción.

El doctor Víctor Frankenstein se vale de sus conocimientos médicos para traspasar la barrera de lo posible, para arrebatar a la Naturaleza y a Dios la capacidad de crear vida. Animado y cegado por este afán científico, Víctor desdeña las implicaciones morales y se centra únicamente en llevar a cabo con éxito su experimento. Alquila un ático en un sitio apartado y se dedica a exhumar cadáveres en los cementerios, reuniendo las partes que necesita para crear a su hombre, a su moderno Prometeo. Víctor une los pedazos y consigue insuflar vida al cuerpo artificial gracias a la electricidad. Sin embargo, al poco tiempo se siente horrorizado de lo que ha hecho y abandona al monstruo a su suerte.

Frankenstein es una lectura marcada claramente por la época a la que pertenece. Su estructura epistolar nos recordará constantemente que estamos leyendo una obra del siglo XIX. No obstante, es un libro al que merece la pena echar un vistazo considerando no solo que en él se hallan los inicios de nuestra ciencia ficción sino también por el interés que despiertan las teorías acerca de la naturaleza humana de Mary Shelley.

Desde este punto de vista, Frankenstein nos plantea varias cuestiones. El monstruo creado por el doctor es rechazado nada más nacer por su propio padre. Lo único que desea es ser amado. Por desgracia, debido a su horripilante aspecto, el amor se le niega continuamente. Únicamente consigue trabar amistad con un hombre ciego, que le enseña algunas cosas, pero en cuanto es descubierto por la familia se ve forzado a abandonarlo. El monstruo, que aún no es consciente de su aspecto, se pregunta por qué no puede ser amado por nadie. Desconocedor de su propia monstruosidad, se hace amigo de una pequeña niña a la que asfixia sin querer, durante un juego inocente.

A parte de la niña y el hombre ciego, incapaces de juzgarlo por su exterior, la criatura del doctor Frankenstein jamás encuentra aceptación. Adonde quiera que va es perseguido, antes de que haya cometido ningún acto deplorable y contra él se cometen numerosas injusticias. Después de muchos sufrimientos, el monstruo acepta no solo que es un engendro, sino que se resigna a comportarse de forma cruel y malvada, porque es lo que los demás esperan de él, porque los demás no pueden imaginar bondad en él. Entonces se profundiza la ira hacia su creador, a quien maldice por haberlo hecho de esa manera, por haberlo creado para que nadie fuese capaz de amarlo. Inicia una persecución contra Víctor, asesinando deliberadamente a algunos de sus seres queridos. Le pide que lo comprenda. Lo tortura. Le ruega que cree para él una novia (el propio Víctor está a punto de casarse con Elisabeth), un ser igual que él, que sea capaz de amarlo. Al principio el científico accede con la esperanza de que el monstruo desaparezca pero, espantado ante la idea de repetir su odioso experimento, destruye el laboratoria y al nuevo engendro. Podemos imaginar los terribles acontecimientos que desencadenará esta decisión.

En su alegato final, el monstruo se debate entre la culpa por sus crímenes y las excusas. “Jamás podré esperar (la simpatía) de hombre alguno. Cuando deseaba la comprensión humana, era porque quería compartir con los demás el amor, la virtud y los afectuosos sentimientos que mi corazón contenía. Tiempo atrás yo esperaba, ingenuo de mí, hallar algunas criaturas que, ignorando mi fealdad y mi inmundo aspecto, me amaran por las excelentes virtudes que mi corazón atesoraba. (…) Deseaba el amor y la amistad, pero me eran cotidianamente negados. ¿No es esto una cruel injusticia? ¿Debo acaso ser considerado como el único criminal, cuando todos los humanos han pecado contra mí? (…) Yo (…) soy tan solo un monstruo hecho para ser golpeado e injuriado”.

Mary Shelley adopta la teoría de que todo hombre es bueno por naturaleza. Es la sociedad quien lo corrompe. Además, es el propio aspecto repulsivo y antinatural de la criatura el que lleva a todos a presuponer maldad en él. Al ser tratado como un monstruo, acaba convirtiéndose en uno, al igual que la cárcel transforma a Jean Valjean en un criminal en Los miserables de Víctor Hugo.

En definitiva, Frankenstein o el moderno Prometeo es una lectura que si bien es clara hija de su época en su lenguaje y su estructura (lo que podría resultar poco atrayente para un lector contemporáneo), ha sobrevivido por la originalidad del asunto. A Mary Shelley le deberemos siempre un pedazo de nuestra cultura popular.

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