Olvido selectivo

Juan padecía de eso que hemos venido a llamar un olvido selectivo. Sin embargo, no sabemos si por falta de imaginación o si por alguna deformidad del cerebro, Juan no era realmente capaz de olvidar todo lo que quería. Solo le fue dada, por decirlo de alguna manera, la facultad de olvidar todos los miércoles de su vida. No pudo darnos ninguna información valiosa sobre por qué, de entre todos los días de la semana, de entre todas las posibilidades, había olvidado, precisamente, los miércoles. Por supuesto, no era capaz de decirnos si algo espantoso había sucedido un miércoles o si había algún miércoles en el que le hubiera pasado algo bueno, algún miércoles de su vida que no quisiera olvidar. Pero lo que verdaderamente nos interesaba, lo que nos hacía pasar las noches en vela era qué haría Juan ahora que sabía que iba a olvidar todos los miércoles. No quisimos darle nada a entender, para no condicionarlo. Simplemente nos dispusimos a vigilarle, a perseguirlo con una tenacidad científica. Instalamos algunas cámaras en su casa; Alfredo apostaba el coche cerca de su apartamento. Tenemos cientos de vídeos, recopilados a lo largo de años. Siempre lo mismo. Juan se sentaba en su sofá, casi a oscuras, y acariciaba a su gato. A veces encendía la televisión.

Decían

Decían

que podía leer

las arrugas de los pétalos,

que en secreto

se afilaba los pezones,

que tenía el corazón

apretado como una manzana.

Decían

que se frotaba las axilas

con melaza y pan de otoño,

que solo comía

fotografías y huevos,

que se cortaba el cabello

con trozos de espejo gris.

Yo,

cuando la conocí,

solo me fijé

en las flores rojas

sobre sus muñecas.

Sagaz

Admitámoslo. Hay demasiados escritores infestando nuestro planeta. Demasiada gente escribiendo. Por este motivo, Hilario decidió especializarse en una palabra. Concretamente, en la palabra “sagaz”. No “sagacidadnisagaces”. La única palabra que podía escribir era “sagaz”. ¡Y cómo la escribía! En el contexto adecuado, en el momento justo, su palabra “sagaz” abría un universo de nuevas e inimaginadas significaciones. En Sagaz, su autobiografía,  explica detalladamente el complicado proceso que suponía crear una obra de envergadura a través de una única palabra. A su vez, expone dichos métodos empleando exclusivamente la palabra “sagaz”. En su segunda novela, SaGaz, somos testigos de algunas técnicas que podrían calificarse como surrealistas. Hilario comienza a experimentar con la forma de la palabra “sagaz”. Así, mediante variaciones de tamaño, fuente o color, Hilario nos da cuenta de la conmovedora historia de un vate japonés atrapado en un refugio antiaéreo durante los bombardeos alemanes sobre la ciudad de Coventry (Gran Bretaña) en el año 1940. Ha pasado ya a los anales de la literatura el hermosísimo fragmento del capítulo VI,  “sAGaz”, que reproducimos a continuación:

sagaz

Lista de la compra

Lista de la compra:

 

Dos cartones de leche

tersa y pálida,

una lechuga espesa

que ondee al viento,

dos melones erguidos,

virginales y dulces,

un par de aceitunas

que no me abandonen,

dos tiras encendidas

de pimiento enamorado,

medio kilo de carne picada,

redonda y palpitante,

todo el pan caliente

que sea capaz de llevarme,

veinte paquetes bondadosos

de pañuelos suaves.

La ondina y el buzo

Al principio, la ondina se divertía ahogando a los jóvenes que se le antojaban hermosos. Una vez que dejaban de respirar, les adornaba las sienes con algas y les llenaba el cuerpo de flores y piedrecitas brillantes. Como no se movían resultaban aburridos y pronto se cansaba de ellos. Así, se veía obligada a renovar su colección con cierta frecuencia. Una noche, atisbó el cuerpo cristalino de un joven sobre el fondo del río. Al aproximarse, pudo comprobar que aún estaba vivo. Mordía un fruto que desprendía burbujas y a la espalda llevaba un caparazón duro y amarillo. Lo conquistó fácilmente. Los primeros días fueron maravillosos. Sin duda, con movimiento todo resultaba mucho más entretenido. Con el tiempo, descubrieron que podían comunicarse a través de los gestos. Durante unas horas no estuvo mal. Resultaba práctico, como mínimo. Luego empezaron las peleas. Era insoportable. Quizás ella insistió con demasiada rudeza en que él dejara de moverse. Su muerte fue un malentendido, en todo caso, pero resultó para bien. Ahora se llevan mucho mejor.

Serpiente dorada

Entre el estrépito de los mechones rubios

encontré una serpiente dorada.

Lucía unos pendientes jázaros

y conocía las palabras hundidas de los atlantes.

En los atardeceres viejos

inventaba números

y decía que las frutas

le sabían a planeta.

Me regaló la semilla elástica

de su ojo izquierdo

antes de perderse nuevamente

en el bullicio soleado de la cabeza.

Se ahogarán…

Se ahogarán tus hijos

en la luz viscosa

de mi luna craquelada.

Los hijos de tus hijos

tendrán la sangre blanca

y no conocerán los relojes.

Te besará los tobillos

una nube de crótalos.

Tu único cielo

será una panza de avispa

y te estallará la piel

con un estruendo de langostas.

El agua que bebas

se volverá sudor de moscas

y solo comerás

tu propia carne.

Un ardor de estrella quemará la oscuridad

durante cuarenta días

y yo perviviré

con mi hambre de cocodrilo

y mis palabras galácticas

y tú serás

un pedazo de olvido pútrido entre mis dientes.

Mi microrrelato “Fidelidad” ha sido publicado en la página de poesía “La bella voz”, coordinada por Freddy Secudino, en el periódico mensual El mollete literario (México). Los animo a descargarse la edición digital pinchando aquí.

 

 

 

Piel de tambor

Amor,

me pones la piel de tambor

cuando me tumbas y ronroneas

bum bum bombón bum bum.

Siento hambre de hombre y de sombra,

de tus bembas de bombón.

Bum bum bombón bum bum.

Tus manos umbrosas me cimbrean,

me camban, me comban, me abomban.

Bum bum bombón bum bum.

El borboteo de tu saliva

se me derrama en las orejas.

Bum bum bombón bum bum.

Cae bramando la tromba de tus dedos

hacia el timbre entre mis muslos.

Bum bum bombón bum bum.

Encumbro tarumba tu nombre,

se escapa el ámbar de mi cuerpo.

Bum bum bombón bum bum.