Bajo el sol de los muertos

Me acerqué a Bajo el sol de los muertos de Roberto A. Cabrera (ATTK editores) en un estado de casi total inocencia. No conocía al autor, aunque sí sabía que la editorial estaba radicada en Canarias. Casi libre de prejuicios, por tanto, comencé a caminar junto al profesor Elías C. en lo que al principio se me antojó un viaje parsimonioso, hasta que me asaltaron las frases concisas, las imágenes fuertes, atrevidas, las metáforas, el drama, en definitiva, de un hombre cuya esencia se resume magníficamente casi al principio de la novela:

Schopenhauer, recuerda haber leído Elías C., menciona un dibujo de Tischbein en el que aparece un hombre sin camisa frente a una chimenea. El hogar ilumina una habitación vacía. La sombra del sujeto comienza a sus pies y se alarga sobre toda la estancia. El propio Tischbein describe al hombre como un perfecto fracasado que se alegra de poder proyectar una sombra tan grande. El comentario, cáustico, despiadado, le parecía al profesor Elías C. destinado no a otro que a sí mismo.

El autor nos hace acompañar a Elías en un viaje externo e interno. El viaje externo consiste en un paseo del profesor, repleto de descripciones paisajísticas, mientras que el viaje interno nos lleva desde la infancia hasta la edad adulta del protagonista. La narración se desarrolla en varios niveles. Se utilizan diversos estilos y distintas personas narrativas. De forma fragmentaria, a saltos entre un mundo y otro, un tiempo y otro, asistiremos a la tragedia de Elías a través de sus lecturas, sus apuntes, sus memorias, las cartas escritas al amigo, Ricardo, y a un supuesto amor, unas sesiones de psicoterapia y los cuadernos de Laura Febles, la obra literaria inconclusa de Elías C. Bajo el sol de los muertos posee una hechura intrincada, compleja e inmensamente rica: un caos ordenado, semejante al propio fluir del pensamiento.

Uno de los aspectos sin duda mejor trabajados de la novela es el drama familiar que vive el pequeño Elías y cuyo epicentro lo constituye una madre querida y monstruosa, autoritaria y partidista. Se trata de una chantajista experta que somete a su voluntad al marido y al hijo y cuyas iras recaen siempre sobre la hija, objetivo predilecto de su vileza. Se da cuenta con profundidad de la relación con la hermana maltratada, a la que desprecia y a la que nunca socorre, y con un padre confidente que es a la vez víctima y verdugo, al convertirse en el consentidor del abuso. El retrato de la madre, que de pequeño lo adulaba y lo exhibía con orgullo, y contra la que intenta rebelarse al llegar a la adolescencia, es formidable.

La tacañería materna es genuina. La tacañería no es ahorro. No es administración prudente. Es el signo de una mezquindad extrema. Pero el niño que acaricia el cuero cabelludo de la madre no percibe la tacañería. Le falta la distancia necesaria. Le ciega la proximidad. Le ciegan los dedos enredados en los cabellos. El niño rasca el cuero cabelludo (porque así lo pide ahora la madre y debe obedecerla) y siente que una caspa grasienta se le acumula en las uñas. No sabe que la tacañería de la madre es el compendio de sus vicios. No sabe que esa tacañería es la expresión de un egoísmo que es un amor excluyente y absoluto. La madre sólo puede o sabe amarse a sí misma. Y fuera del amor desmedido de sí misma, todo en ella es raquítico, miserable, minúsculo, castrante. El niño no lo sabe. No es posible admitir la bajeza de una madre. No es posible para un niño reconocer lo vil e innoble en una madre. Y el niño rasca el cuero cabelludo en silencio. El niño porfía en las caricias. Sus dedos recorren una cabeza que no existe.

La novela trata numerosos temas. El sexo constituye también un elemento central. Este se descubre en la infancia y florece en la adolescencia, y es fuente de culpa, de suciedad, de placer, de rebelión, de libertad. Asimismo, la narración está plagada de reflexiones sobre el arte, la música, los artistas que lo son y los que lo pretenden, la religión, la política, la homosexualidad, el suicidio. El autor nos muestra la literatura como necesidad y dolor. Pasaremos de la arrogancia de un niño obsesionado con el Demian de Hermann Hesse, un niño que se atrevió a creerse especial, a la angustia de un adulto que se sabe roto, lleno de rencor, un adulto que se compadece y se desprecia a sí mismo. Elías se siente fracasado y quiere renunciar de una vez por todas porque nada, ni en la vida ni en la literatura, tiene sentido.

Al fin y al cabo, se dijo, si definitivamente enmudezco y clausuro mis cuadernos, tendré este jardín. Y entre indecisiones que lo iban malhumorando se aproximó a la puerta. Mientras dejaba el maletín a sus pies y buscaba la llave, admitió, como si necesitara de ese reconocimiento, que había llegado al fin. Y añadió: si es que puede decirse eso, si cabe afirmar, en propiedad, que se llega a algún sitio. El profesor hurgaba con la llave en la cerradura. Se oía decir confusamente que todo fin es la ocasión de un nuevo comienzo. Y eso, se reprochó de pronto, no es más que una tontería. Porque no ha habido ningún comienzo. Porque no se llega nunca a nada. A ningún sitio.

Bajo el sol de los muertos de Roberto A. Cabrera es una novela repleta de referencias, bien escrita, bien estructurada y que puede presumir de una profunda comprensión de la naturaleza y las relaciones humanas. Es una de esas novelas que dejan rastro.

Recomiendo su lectura (yo la compré en Amazon, además, por un precio muy razonable) sin un ápice de remordimiento.

Bajo el sol de los muertos

Entomofilia

He resultado finalista en el XIII certamen internacional de microcuento fantástico de la revista miNatura, con el microrrelato “Entomofilia”. Pueden descargarse la revista pinchando aquí y visitar la página web aquí. También pueden leerlo a continuación.

Entomofilia

Al principio no me fijé en ella. No era una mujer que llamase la atención. Tras su incorporación, insistió en encargarse de traer el café para todos en la oficina. Empecé a reparar en ella cuando Alberto me dijo que no paraba de mirarme. Ella no me gustaba. Era demasiado bajita y me desagradaban sus trajes de flores. Preferí no hacerle caso para no darle esperanzas. Pensaba que había pillado la indirecta. Entonces fue cuando comencé a sentir un cosquilleo en el estómago. No quise admitir que se trataba de algo especial, pero el cosquilleo se convirtió en un revoloteo frenético. Solo me ocurría cuando ella estaba cerca. Y, sin embargo, seguía sin atraerme. El revoloteo era ya doloroso. Tenía que averiguar qué era lo que me estaba pasando con esa mujer. La seguí hasta su casa una noche. Me abalancé sobre ella cuando abrió la puerta de su apartamento. La tenía agarrada por las muñecas encima de la barra de la cocina. Las paredes de su casa estaban cubiertas por unos inmensos terrarios repletos de gusanos de seda, crisálidas y mariposas.

—Me los metiste en el café —le dije.

Ella estiró el cuello y me besó. Noté cómo algo daba piruetas en mi interior y ascendía por mi esófago. Ella se retiró. Estaba sonriendo. Abrió la boca y vi una mariposa azul posada en su lengua. Agitó las alas y voló hasta mi nariz. Escuché un crujir de cristales y un ensordecedor aleteo. La habitación se transformó en un torbellino de colores. Era como si me hiriesen la piel con caricias.

Contra la gravedad

Mi microcuento “Contra la gravedad” ha sido seleccionado para formar parte de la revista El abreviadero, de La pulga editorial.  Échenle un vistazo a la revista, todos los microcuentos finalistas están bastante bien. El mío pueden leerlo a continuación.

Contra la gravedad

Por fin, después de treinta años, Elías había conseguido desarrollar el antídoto contra la gravedad. Esa gravedad odiosa, asfixiante, que lo había oprimido durante toda su vida. Sin pensarlo, se inyectó el antídoto. Al principio fue solo la risa, constante, rumorosa, que sustituyó a la respiración. Poco a poco, dejaron de importarle las probetas, las noticias, las facturas. Sus pies se elevaban ocho centímetros del suelo cuando se volvió indiferente al llanto de Elena. Al cabo de tres meses flotaba sin control y había olvidado los puñetazos de su padre. Se elevaba felizmente. Fue al dejar la atmósfera cuando se dio cuenta de que no había inventado un antídoto contra la muerte, pero no le importó.

Regreso

Estoy de vuelta después de un año. Como pueden observar, he dejado la web nuevecita. La he mudado de servidor y le he modificado el diseño. En Inicio pueden leer una breve autobiografía y el propósito de este blog. En Descargas pueden descargar en pdf algunos relatos publicados. Mis publicaciones pueden consultarlas aquí y contactarme a través de este formulario. Próximamente daré vida también a un nuevo proyecto, pero ya les informaré sobre ello más adelante.

He tenido un año ocupado, aunque no he dejado de escribir. He seguido colaborando con la revista Arte y Cultura, leyendo y escribiendo. Últimamente, además, he leído un montón de libros interesantes, como Bajo el sol de los muertos, de Roberto A. Cabrera, del que hablaré dentro de poco.

Una de las consecuencias de mi desenraizamiento o trasplante súbito al Reino Unido es que ya no tengo con quien hablar sobre literatura. Por suerte para mí, la humanidad inventó internet. Regreso a la tierra pródiga de la blogosfera para quedarme. Nos vemos cada mes.

Las antenas de los insectos…

Las antenas de los insectos

se levantan

proféticas

y las vacas no saben

adónde dirigir

la gelatina de sus ojos.

La tierra se arruga

con el paso de los lémures.

Los topos no quisieron ver

la verdad milenaria,

porque las hienas aseguran

que solo ellas

saldrán con vida.

Los hurones creyeron descifrar

una huida en la lluvia

y construyen,

bajo tierra,

un artefacto.

Solo los simios

disfrutan del sol

porque es más grande

su tristeza.

Invasión

Podría decirse que Rotcktr era una roca o, al menos, una especie de roca. Pero Rotcktr no era una roca cualquiera, como las que te encuentras al borde del camino o las que tiras al río. No. Rotcktr era una roca alienígena. No solo eso. Rotcktr, además, era malvado. Su plan, por supuesto, consistía en invadir el planeta Tierra y convertirse en el gobernador de la nueva colonia. De momento todo iba de maravilla. Los humanos aún no se habían dado cuenta de que su hogar se estaba llenando, poco a poco, de piedras alienígenas.

Diario de sombras

Natalio Sotomayor llevaba un diario de sombras. A tal diario podría tachárselo quizá de egocéntrico ya que, primordialmente, se trataba de apuntes sobre su propia sombra. Natalio apuntabas los ángulos que tomaba su sombra a diversas horas del día con precisión cartesiana. Sin embargo, sus inquietudes no eran meramente geométricas. También le interesaban la intensidad de la sombra, su color, su transparencia. Experimentaba con luz natural y con luz artificial. Jamás serían idénticas las sombras proyectadas por una farola que las proyectadas por la llama temblorosa de una vela. Asimismo, viajaba a diversos lugares del planeta para comprobar cómo luciría su sombra en el Gran Cañón, el Monte Kilimanjaro, el Mar Negro, la estepa rusa, las ruinas de Pompeya, la National Gallery de Londres. Probaba a expandir su sombra sobre diversas superficies: suelo de mármol, parqué, tierra, arena, agua de río, agua de mar, agua con cloro, rocas, fango, arenas movedizas. Sin duda, no era lo mismo una sombra proyectada contra la pared que una sombra arrojada al suelo. A menudo comparaba su sombra con la sombra de otras personas o con la sombra de objetos. En ocasiones incluso los estudiaba de manera individual. Lo más interesante, sin duda, son sus disertaciones. Por ejemplo, filosofaba sobre si la sombra del hombre era mejor que la de la vaca o qué tenían en común la sombra de la manzana y la sombra del árbol. Se preguntaba cómo habrían sido las sombras de Shakespeare o de Newton. Natalio Sotomayor sentía, además, una fascinación por el fenómeno de las sombras múltiples. Se preguntaba cuál de ella era la verdadera o si todas eran impostoras irredentas del mismo cuerpo. Lo entristecían las sombras cortadas y lo emocionaban profundamente las sombras que se tocaban. Sin embargo, sentía una profunda repugnancia hacia los espectáculos de sombras chinescas: los tachaba de antinaturales.

Lloro como la hierba

Lloro como la hierba

en las horas desconocidas de la mañana.

Las manos volaron hacia un domingo sonoro.

Oculto la tronchadura de mi médula melancólica

pero cuento sin pudor

cómo me talaron las piernas.

Durante los ocasos del color de mi frente

puedo convertirme en un líquido hediondo

y escapar casi cien años

del grito que siempre ha esperado por mí.