Niño, deja eso y ponte a hacer deberes

A nadie se le escapa que los niños, hoy, tienen al alcance un montón de cosas divertidísimas para pasar el rato, como los videojuegos, Internet y la televisión, con sus infinitos canales. Generalmente, esto a los padres les parece muy pero que muy mal. Sus hijos deberían ser más conscientes e invertir su tiempo en hacer los deberes y asistir a clases extraescolares, porque, ya se sabe, cada vez hay que tener un nivel más alto de educación (en realidad, lo correcto sería decir ‘más títulos’) si se quiere ser alguien en la vida.

Tengo la oportunidad de escuchar hablar a muchos padres acerca de sus hijos y de cómo les va en el colegio. Me asombra y me repugna casi en el mismo porcentaje. Están obsesionados con los logros académicos de sus hijos. Los meten en clases particulares, aunque no haga falta. Compiten por ver quién es el más listo, quién es el mejor de la clase en matemáticas, si Ricardito o Martita. Se pavonean si le dicen que su hijo es casi superdotado. Se hunden y se enfurecen si su hijo ‘tiene problemas de aprendizaje’.

Siendo este el panorama, es lógico que se enfaden cuando sus hijos no hacen los deberes. Es normal que les apaguen la tele, les escondan la consola. Está perdiendo el tiempo. Que se ponga a estudiar. Y cuando termine con la tarea, que siga estudiando para el día del examen, para la evaluación final, para la PAU, para sacarse la carrera. ¡Que estudie hasta la muerte! No importa que estudiar sea aburrido, que el sistema educativo sea una basura, que la mayoría de los profesores no sepan enseñar. Lidia con todo eso, niño. Combate el aburrimiento mortal con el que te atizan durante ocho horas en el colegio, el instituto, la universidad.

De pequeña me gustaba más dibujar brujas que hacer los deberes, entre otras cosas.

Por supuesto, hay algunos padres más compasivos. Por Navidad regalan a sus hijos puzles y “juegos educativos”, para que el niño aprenda jugando en dichoso solaz. ¿Qué han hecho los pobres niños para merecer un ‘juego educativo’? Póngale carbón, señor padre, será más feliz, por lo menos podrá tirárselo a alguien a la cabeza. Los juegos didácticos son un engaño y el niño se da cuenta. Se trata de juegos que no son para jugar. En cuanto se percata de que la finalidad del juego no es el juego en sí mismo, sino aprender, el juego deja de ser un juego y se convierte en un embuste. Se pierde el interés por él. Es lo mismo por lo que la literatura didáctica del siglo XVIII me parece un bodrio. Deberíamos abandonar nuestra manía por el utilitarismo y adoptar una postura, parafraseando a Gautier, de juego por el juego.

No hay que preocuparse tanto porque los niños aprendan. Ya lo hacen, todo el tiempo. El problema es que quizás no están aprendiendo lo que el sistema considera que deben aprender, es decir, los conocimientos académicos que las instituciones públicas requieren y consideran necesarios. Sin embargo, ahí está la clave. El problema no es de los estudiantes, es de las escuelas, de la educación pública. Me indigna no solo porque no arreglen la situación, sino porque además hacen que los niños se sientan frustrados, estresados y culpables, porque están continuamente repitiéndoles que el problema lo tienen ellos, porque son tontos, indisciplinados y no valen para nada.

Eso es lo que realmente me molesta. Dejemos de engañarnos y de hacer sufrir a los estudiantes sin necesidad. Tener una carrera ni los vuelve más inteligentes ni les va a dar trabajo. Querido padre, sé que te preocupas, pero deja de meter a tu hijo en actividades extra-escolares. Lleve usted a su hijo al parque si le gusta el parque. Llévelo al cine si le gusta ir al cine. Se lo agradecerá. Una cosa es que el niño aprenda a tener responsabilidades. Eso está bien. Otra muy distinta es que lo agobie usted, sabiendo el sinsentido que supone hoy en día la educación tal como está concebida. Solo conseguirá dos cosas:

1)      Que su hijo odie estudiar.

2)      Que su hijo le odie a usted.

Por lo menos piense en ello.

Hablemos sobre ponis

Querido amigo brony,

Sé que alcanzas la treintena y que a veces el trabajo y las responsabilidades te agobian. Seguramente consideras tu nivel de masculinidad bastante aceptable. Supongo que te han dicho que los hombres no lloran, no llevan bolso y no se pintan las uñas. Cuando superaste la adolescencia y te convertiste en un “hombre” fuiste consciente de que a partir de entonces se acabaron los juegos, de que no podrías hacer cosas de niño nunca más: ni jugar, ni brincar, ni gritar, ni ver dibujos animados, ni comprar juguetes. Las mujeres pueden ser aniñadas, comportarse como si tuvieran diez años en lugar de treinta, seamos sinceros. Algunos lo encuentran sexy. Pero tú no puedes actuar así, porque eres un hombre, y los hombres no hacen esas cosas. Pensarían que eres ‘afeminado’ o un idiota. Sabes perfectamente cómo va a juzgarte la sociedad cuando descubran que dedicas tu tiempo libre a ver una serie animada llamada Mi pequeño pony.

Mi avatar pony

La palabra “brony” proviene de “bro” (en inglés hermano, colega, de “brother”) y “pony”. Se utiliza para referirse a hombres, de entre veinte y treinta y tantos años, que son adictos a la serie Mi pequeño pony, la magia de la amistad. Este show está dirigido a un público infantil. Concretamente, a niñas (es más apropiado que los niños se entretengan con Ben Ten y otras series más ‘varoniles’). La responsable de las mágicas aventuras de estos adorables ponies es Lauren Faust. Esta mujer de 36 años ha trabajado elaborando los storyboards de Las Supernenas, que cosechó asimismo un gran éxito entre el público adulto. Confiesa que se vio influenciada por Las Supernenas para reenfocar Mi pequeño pony y que quiso crear un espectáculo que también pudiesen disfrutar los adultos. Y lo ha conseguido. La red está repleta de fanarts, fanfics, cómics y material sobre los protagonistas de la serie, como Twilight Sparkle, Fluttershy o Rainbow Dash. Existe una página web, Equestria Daily, repleta de noticias y descargas para los fans.

Los bronies son auténticos fanáticos. No solamente siguen la serie con fruición, sino que adquieren merchandising, se disfrazan de los protagonistas de la serie, e incluso los hay que se tatúan su propia “cutiemark” (una marca que muestran los ponies en su flanco y que representa aquello que los define). Recientemente, una chica ha cambiado su nombre por el de un personaje de la serie. Sin embargo, Internet también está atestado de vídeos y comentarios ofensivos hacia aquellos hombres aficionados a My Little pony. Los tachan de frikis patéticos, infantiles y hasta de gays (no sé por qué a los gays habrían de gustarles más los ponies que al resto de la población, pero así lo creen muchos). Por mi parte, me parece  que un hombre capaz de admitir que ve una ‘serie para niñas’ es un hombre seguro de sí mismo. Me resulta admirable que un hombre adulto, en lugar de ver series de detectives o asesinatos para pasar el rato (que es lo que hacemos la mayoría, no hay más que echar un vistazo a la programación), se relaje con las aventuras de cinco carismáticos y divertidos ponies. Tal como yo lo veo, hay que atusarse la crin con orgullo.

Saludos, everypony, y hasta otra.